Imaginemos un atardecer. De esos intensamente naranjas. O no naranjas, sino de los que precisamente por poseer una paleta de colores amplísima son bellos, de los que recorren desde el más poderoso tono de rojo hasta llegar al rosa más acariciante. De aquellos que se quedan grabados en la memoria de quien los ve con una nitidez asombrosa.
Bien, ahora que se tiene la escena más que identificada, pensemos en una joven, casi niña, caminando apresuradamente por una calle, a punto de correr, con un portapapeles en la mano, jadeante, y lo más importante, con la mirada fija en el suelo, sin voltear a ver hacia lo que sucede sobre ella, o más bien dicho, a su alrededor. Se aleja cada vez más hasta perderse en el horizonte, en medio de autos, gente, perros y uno que otro globero.
Lucy, caminando por la calle. Su vestido, blanco y con lunares rojos, hace juego con sus rojas zapatillas. Su paso, neurótico, resulta estresante a quien camine cerca de ella. Se detiene frente a una puerta y toca con brío.
– ¡Lucy! Es bueno verte. Pasa, pasa.
– No puedo irme tarde, Roberto. Mañana me levanto temprano para ir a la escuela.
– No pasa nada, Lucy, querida. Pasa, pasa.
Roberto abre la puerta y el ruido contenido en la sala sale por un momento al cielo nocturno, una mezcla de rock, risas y buena fiesta, flota un momento y se entremezcla con todos los demás sonidos que la noche alberga a diario.
– ¡Lucy! Milagro, milagro. Siéntate por favor.
– No puedo quedarme mucho, Jorge, no puedo. Mañana entro temprano.
– Oh, tranquila. Tú… tú… nada más relájate y apaga tu mente. Es un buen consejo.
Lucy le echó una mirada despectiva y se sentó entre cojines.
– ¿Y… qué hacen?
– Nada, Lucy. Por allá anda Pepe, bailando como loco, y Mary está preparando algo de verdad rico.
– Tienen la música muy fuerte.
– Lucy, por dios, deja ese papel de señora casada, engañada y divorciada después de un día de limpieza y relájate un poquito, ¿no?
– No soy eso, eso que dices…
– Claro que no, dijo una voz desconocida para Lucy. Miró hacia ariba y se topó con unos ojos que parecían reflejar una multitud de colores al mismo tiempo, aunque bien podría ser un efecto óptico producido por el humo del cigarro y por la escasa iluminación de la habitación.
– Ah, claro. Lucy, Ana. Ana. Lucy.
– Que tal– dijo Lucy mecánicamente, sin poder despegar la vista de los ojos en apariencia multicolores de Ana.
– Hola. Tú eres Lucy. Es un gusto, en serio… Jorge habla mucho de ti.
– Ah, sí. Hola, hola.
Una voz entusiasta se dejó oír desde la cocina.
– ¡Esto ya está listo!
El regocijo se hizo evidente en la habitación. Todos se incorporaron y se aproximaron a Mary con ansia. Esta le quitó la tapa al plato que llevaba entre las manos y lo colocó en la mesa de centro con cuidado.
Un extraño olor llegó a la nariz de Lucy.
– ¿Lo van a comer? Huele raro.
– ¿Qué es eso?
– Magic pie, bromeó Roberto.
Todos rieron estruendosamente, celebrando el chiste.
– Algo muy rico y que en verdad quieres probar.
Lucy titubeó un momento. Miró a todos, entusiastas, comiendo cada uno su trozo de pastel, y decidió intentarlo.
– Eh… Ana, pásame un pedazo.
– Claro, claro. Toma.
Lo analizó meticulosamente antes de probarlo. No parecía ser algo inusual.
Cerró los ojos, contuvo la respiración y se lo metió a la boca.
No percibió ningún efecto fuera de lo común. Las cosas parecían continuar dentro de la monótona normalidad. Lucy caminó unos metros y se dejó caer en un cojín.
El mundo se convulsionó en un espasmo recién nacido.
Su vista recorrió la habitación. Sus amigos tenían una sonrisa serena en el rostro y movían la cabeza rítmicamente mientras la música sonaba fortísima, palpitante.
Los ojos de Ana brillaron, multicolores, en medio de la sala mal iluminada. El sol de un atardecer pleno se dejaba ver desde el fondo de sus pupilas.
Enormes cubos de sonido danzaban alegremente en el aire, y Lucy escuchó claramente como su nombre era susurrado desde los vértices del cuarto, en cuatro direcciones distintas.
Volteó hacia donde creía que se había originado el susurro y en su vistazo no descubrió nada.
Todos bailaban en algodones, hiperactivos, las notas flotaban divertidas en el aire, llenándolo todo.
Los colores, antes pálidos, demacrados, ojerosos, reían regocijados mientras chocaban entre sí, amalgamándose entre ellos, destilando haces de luz fosforescentes.
Lucy, confundida, veía apresuradamente en todas direcciones, las luces se convertían en manchas borrosas, sus amigos eran adolescentes fluorescentes, los ojos de Ana brillando, titilando ferozmente, de manera casi agresiva, en medio de la noche, el aire limpio, las estrellas cayendo a montones,/ El apetito aumenta, los colores pueden parecer más brillantes, los sonidos más intensos. La marihuana generalmente alivia la tensión y aporta una sensación de bienestar en muchos de los que la consumen; aunque en otros casos la experiencia es desagradable, y el sujeto puede padecer náuseas o reacciona vomitando (sin que por ello se reduzca así el principio activo), en cuyo caso la experiencia, lejos de ser buena, resulta altamente negativa y el sujeto no vuelve a probar la sustancia/ todo dio vueltas, la realidad se retorcía en una caleidoscópica alteración.
Una nube apareció frente a sus ojos, las cerezas florecían en sus manos.
Lucy salió tambaleándose. El mundo aun era físicamente inestable. Observó el gris pavimento y no se sintió satisfecha con él. Se soltó los zapatos y el aire frío sacudió su cabello, estrellándolo contra sus ojos. Subía velozmente al firmamento, rodeada de diamantes. Miró abajo, con la cabeza en las nubes y los pies descalzos dibujándose contra el cielo intensamente azul.
Los zapatos rojos estaban allí, en medio de la calle, contemplando el cielo.

