garzas

ayer salimos a caminar casi toda la tarde. el día padeció la esquizofrenia ambiental típica de xalapa: calor, frío, sol quemante durante unos cuantos minutos, nublado, viento helado, calor de nuevo, clima templado. lo de siempre, vaya. dimos un montón de vueltas por varios puntos de la ciudad – había varias cosas por hacer – y, cuando ya no quedaba nada, nos sentamos en las escaleras de los lagos artificiales. había gente: niños que corrían y perdían el control de las bicicletas; perros gordos y sonrientes trotando, jalando correas que jalaban dueñas que caminan en pants; chicas que gritaban cuando se dejaban caer por la tirolesa. el cielo, grisáceo; las nubes, pálidas. miré la superficie quieta del agua por largo tiempo. mira, las garzas van llegando al árbol, anunciaste. cuántas veces no las he visto: al dormir en esa habitación, platicando en la cama. discutiendo. las garzas, blanquísimas, duermen en el enorme árbol que se puede ver a través de tu ventana con tela de mosquitero. son enormes. aletean. ¿te gustan mucho?, pregunté. no, contestaste; me gusta el asunto de que sean tantas y tan blancas y tan grandes y lleguen a dormir justo allí. me tranquiliza verlas. me gusta escucharlas platicar, dijiste. más tarde, ya de noche, me recosté en la cama mientras me platicabas del wey que ganó el pritzker este año. tus palabras volaron por todo el departamento, salieron por la ventana y atravesaron el mosquitero. seguramente se posaron en alguna rama, junto a alguna garza. no sé si conversaron.

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