una semilla

 

platiqué con una amiga: su padre, recién retirado, gusta de sembrar y cosechar. es su máxima afición. durante más de treinta años hizo otra cosa. una que jamás le gustó pero que le dejó dinero. bienes. seguridad financiera o, lo que es lo mismo en el siglo walmart, felicidad. se casó. tuvo hijos. siempre hizo bien su trabajo. pertenece a esa generación de hombres y mujeres que hicieron lo que tenían que hacer, no lo que les gustaba, y jamás se quejaron. sólo lo hicieron. ahora está jubilado: puede dedicar sus horas de vejez, las más temidas pero, tal vez, las más disfrutables, a cuidar su enorme jardín. está poblado de grandes plantas y árboles y flores y da frutas y verduras y varias cosas más. él confiesa a su hija que jamás gustó del trabajo que les permitió tener todo lo que han tenido hasta ahora. su hija entiende ahora las horas en el jardín. el brillo de sus ojos al mirar las inalcanzables copas de los árboles y las hojas brillantes de las plantas; aquella semilla de durazno que retiró de sus manos cuando tenía ocho años para colocarla amorosamente en la tierra negra del patio trasero.

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