dormir acompañado

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fui a casa de una amiga hace unos días. nos alcanzó un amigo. no hicimos otra cosa que no fuera perder el tiempo y conversar. compramos una pizza, bebimos vino, brandy, coca cola. escuchamos música y hablamos de películas y de la escuela y de los libros que no hemos leído. reímos un montón y jugamos con su perro. nadie quería dormirse y, al tiempo, todos queríamos hacerlo. más tarde, ya de madrugada, como niños pequeños, contamos historias de terror. cosas que habíamos oído y aquí y allá. nuestra amiga es especialmente miedosa; nuestro amigo comenzó a contar una historia quescuchó en un viejo programa de radio. daba un poco de miedo. sólo un poco, pero nuestra amiga sufrió un poco más de temor. sencerró un rato en su cuarto y volvió para cuando la historia terminó. eran las cuatro de la mañana. nos quedamos dormidos, tapados por la misma cobija, en el viejo colchón que tiró en la sala. no hacía nada de frío. al día siguiente, nos despedimos. llegué a mi casa después de una larga y calurosa caminata. miré la cama: nadie había dormido en ella y parecía triste allí, sola, desarreglada. entendí su tristeza perfectamente.

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