dedicar canciones

dedicar canciones, parafraseando a rob gordon (que es john cusack y que es nick hornby en high fidelity) es un arte delicado. o peligroso. o algo así. tomar poesía ajena para expresar cosas (no aspiremos a sentimientos) propios es, casi casi, un salto al vacío. a veces tomas una canción que suena bien y no piensas en la letra y la regalas, sin que te pertenezca realmente; esas canciones (como a las personas a las que se las dedicas) se van rápido. (de tu vida; de la de ellos; de tu ipod.) otras suceden (las canciones, como la vida, acontecen, pasan, existen casi por impulso propio: tienen cierto estímulo eléctrico que les insufla una existencia independiente del sujeto que las escucha) y se van. o se quedan un rato y después se van. son el siguiente paso de aquellas que sólo están de pasada. hay otras, claro, acaso las más importantes: las que reconoces como expresamente tuyas – la letra, la música, la voz agonizante de un vocalista sincero, ciertos movimientos o detalles o sorpresas escondidas en el minuto 2.20 del .mp3 que suena en tu winamp justo ahorita – y, en un arrebato, las regalas. y se van, sí; con suerte, se quedarán un rato (no aspiremos, tampoco, a la permanencia) en los oídos del otro y ambos tendrán una canción, un momento de una canción, en común. y luego, como todo, ese momento se irá. ya qué.

descargar: lover i don’t have to love · bowl of oranges, bright eyes.

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