hemorragia

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cuando era niño, me sangraba la nariz constantemente. una y otra vez; con frío o con calor; después de hacer deporte o sentado en el pupitre. era normal: allí, a media clase, doce del día, alzaba el rostro y pedía permiso para salir. pasaba largos minutos enjuagando profusamente mi nariz, de la que no dejaba de manar un chorro caliente de sangre que se perdía en el desagüe. mis padres jamás me llevaron al médico. no parecía grave.

* * *

desde que llegué al df, el mal ha vuelto, aunque de forma distinta: la nariz ya no me sangra, pero sí se forman costras dentro de ella. al limpiarme la nariz, la sangre está allí: costrificada, seca, dura. es un proceso rápido e indoloro, pero incómodo. intuyo que se debe al frío o a la resequedad, aunque tampoco ha sido tan molesto como para hacer algo más al respecto.

* * *

nunca he sido bravucón: siempre he querido serlo. mi padre era un tipo sin miedo: lo vi pelear muchas veces con gente mucho más grande que él, y ganar la pelea –o al menos no salir tan malherido. la última vez que lo vi, en un fin de año, en una cantina a la orilla del río de coatzacoalcos, golpeó a un borracho impertinente con una botella en la cabeza y le pateó el tórax hasta que lo sacó del lugar. después de eso volvió a sentarse, feliz, a seguir bromeando.

* * *

otro de los males que conocí al llegar al df fueron sus conductores. nunca he conocido peores débiles mentales al volante: carecen de inteligencia, sensatez, habilidad, tacto. uno, peatón eterno, aprende en esta ciudad –a las malas– que no es más que un objeto que debe moverse con presteza ante la posibilidad de ser arrollado por un vehículo.

* * *

al salir de la oficina, a media tarde, un auto rojo estuvo cerquísima de arrollarme. le golpeé el cofre y seguí caminando. el sonido de una puerta que se abría y una mentada de madre que me hablaba hicieron que volteara: un tipo enorme, 20 centímetros más alto y 20 kilogramos más pesado que yo alzaba los puños y me retaba a una pelea. me acerqué y traté de hablar: voy pasando, wey, tienes que detener el auto cuando alguien pase. su pesado cráneo de toro tomó impulso y estrelló su frente contra mi nariz. sentí como si mi cerebro rebotara dentro de su cráneo; un dolor agudísimo se concentró en mi rostro y moqueé un poquito. retrocedí un paso, mientras el toro alzaba los puños, llamándome a pelear. pensé en formas de golpearlo: pensé en patearlo en una pierna, cosa que parecía factible; pensé en embestirlo contra el auto; pensé en reaccionar. no lo hice. lo empujé contra el auto con toda la fuerza que me fue posible, le grité un último “fíjate, pendejo”, y me fui caminando, consciente de que el tipo no abandonaría su auto. moqueé un poco más y toqué mi nariz: estaba sangrando profusamente. qué risa. me limpié con el dorso de la chamarra y seguí caminando, riendo calladamente. la risa no cedió hasta que volví a la oficina.

descargar: teenage riot – sonic youth

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