abuelo

coatza_

el padre de mi madre, andrés colorado burgos, fue un soldador que pasó toda su vida laboral atado a una fábrica de producción que ya no existe en coatzacoalcos. nunca viajó fuera del país y apenas salió del estado de veracruz durante toda su vida. sus padres, según creo recordar por algunos relatos que se diluyen en el tiempo, eran inmigrantes españoles: no puedo decirlo de cierto pero no me suena descabellado. recuerdo poco de él, como recuerdo poco de mi familia—es probable que sea un olvido voluntario. algunas cosas que permanecen en mi memoria: su biblioteca, de unos tres metros de alto por unos cinco de largo. (en mi memoria infantil me parece que es la biblioteca de borges, así que las medidas son un esbozo conservador de lo que recuerdo.)

cristiano evangélico presbiteriano acérrimo, mi abuelo andrés estaba orgulloso de su militancia en la causa: en una de las piedras que conforman la iglesia “el mesías”, en coatzacoalcos, hay un frasco enorme de vidrio que tiene los nombres de los fundadores: en teoría, allí debería estar, anotado en un papelito, su nombre. otras cosas que recuerdo: su infinita paciencia. cuando niños, mis primos solían ser desmadrosos y maleducados a manos iguales. (mi hermana menor y yo no podíamos darnos esos lujos: a nosotros sí nos daban de madrazos.) mi abuelo, pacientísimo, les hablaba varias veces con esa voz gruesa pero calmada cuyo eco, a veces, aún suena en mi cabeza. “daniel, gabriel, gamaliel”, decía a mis tres primos, “éstense quietos”. y luego clavaba los ojos negros como carbunclos en las diminutas melenas que, invariablemente, volvían a la acción después de algunos minutos inmóviles.

el recuerdo que vuelve con más viveza a mi memoria es, también, el mejor: una tarde fresca, algo poco común en coatzacoalcos, mi hermana y yo jugamos escondite con él. aún estaba muy vivo: corría, brincaba, se escondía de verdad en el enorme patio cubierto de árboles de su casa. parecía disfrutar el juego. ya estaba jubilado, y dedicaba sus ratos libres a fabricar cosas con sus manos (era pésimo carpintero, pero amaba reparar cosas, condiciones ambas que creo haber heredado: nunca reparo un carajo, pero disfruto muchísimo intentarlo). supongo que esa tarde decidió que era un buen momento para pasarlo con sus nietos. debió ser divertidísimo, puesto que no lo olvido.

mi abuelo enfermó poco tiempo después. nunca he sabido con certeza cuál fue la causa de su muerte y no pude estar con él. yo vivía en xalapa, solo; tenía alrededor de un año que no hablaba con mi madre. en esos días, era telefonista en una empresa de cobranza: trabajo culero es culero. recibí una llamada de mi padre y viajé pronto a coatzacoalcos. mi madre no me avisó de su muerte. pasé dos días con mi familia y no pude visitar su tumba: todos lloraban y se lamentaban pero en el fondo yo creía que nadie jamás podía haberlo querido como yo lo quería. no he vuelto a verlos, a ninguno de ellos, desde entonces. pero a mi abuelo lo pienso seguido. lo extraño mucho, o creo que lo extraño, o quizá sólo me levanté hoy extrañándolo y miro hacia atrás y pienso que no ha dejado de hacerme falta.

descargar: the killing moon—echo and the bunnymen

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