abuela

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no recuerdo el nombre de la madre de mi padre. no tengo a quién preguntar ese dato. sé que se apellidaba mayo, porque ese es el segundo apellido de mi padre; sé que venía de algún punto del estado de yucatán. sé que antes de casarse con mi abuelo, andrés reséndiz labias, estuvo casada con otro hombre. de esa relación nació una niña: una tía cuyo nombre también se pierde en mi brumosa memoria y que murió de alguna complicación derivada del alcoholismo que cubre a esa familia. no dispongo de más datos.

de mi abuela guardo dos imágenes. la primera fue en algún momento de mi niñez. mi padre solía llevarles comida y dinero cada 15 días. no permitía que nadie lo acompañara. ese día, me parece, insistí más que antes. accedió, pero ordenándome que me quedara en el auto una vez que llegáramos. mis abuelos paternos vivían en algo llamado kilómetro cinco: no recuerdo el nombre de la colonia. todo estaba sucio y jodido allí. parecía una sórdida selva en la que todo el mundo estaba triste. mi padre estacionó el automóvil en un camino de terracería y bajó con las bolsas de despensa. caminó hacia una casa grande pero mugrosa y triste rodeada de tierra. me ordenó permanecer, una vez más, en el auto. no hubiera sido un niño de haber obedecido. abrí la puerta y salí del vehículo, calladito, y miré a través de un arbusto: una anciana con aspecto de pordiosera, delgadísima y con el cuerpo cubierto tan sólo por una cosa que parecía una cortina, barría febrilmente el patio. mi padre comenzó a discutir con ella. “dónde están los vestidos que te traje?”, exclamaba, furioso. “se los llevó la bruja”, confesó mi abuela. “vino la bruja en la noche y los quemó todos”. “dónde está mi papá?”, preguntó mi padre. “no sé, se fue”. la anciana no parecía tener particular idea de quién era él. después de un rato de discusión, las bolsas de despensa terminaron dentro de la casa enorme y mugrosa. también algo de dinero. subí al auto, espantadísimo, sin comprender qué había pasado. mi padre me alcanzó en el vehículo y viajamos todo el trayecto a casa en un silencio que aún me pesa.

* * *

el segundo recuerdo en el que está presente mi abuela es uno que no la contiene directamente. mi padre tenía la costumbre de bolear sus zapatos los domingos: tenía millones de pares y todos se formaban en hilera en el patio hasta pasar por su lustrosa mano. (aborrezco bolear zapatos: tengo unos cuantos pares, todos tenis. espero no tener que bolear unos de nuevo.) aquel domingo se cumplía un aniversario de la muerte de mi abuela. (de la que tampoco guardo memoria.) mi padre boleaba sus zapatos en el patio con esa dureza casi militar que lo caracterizaba. yo venía de la parte con pasto del patio: quizá jugaba fútbol o corría con mi perro. caminé frente a él y lo vi llorar en silencio. la imagen me acompañará por siempre: un hombre al que por obligación temía; el hombre hacia el cual solo sentía un profundo respeto motivado por el régimen del terror, con el rostro cubierto de lágrimas. lágrimas mudas que corrían por sus mejillas. pasé caminando sin hacer ruido frente a él, que no se movió un centímetro. entré a la cocina y mi madre lavaba fruta o cocinaba algo. “mi papá está llorando”, le dije. “hoy se murió su mamá”, me contestó. cuánta soledad había en esa alma, pienso ahora.

descargar/escuchar: ancora qui—ennio morricone & elisa toffoli

(la foto es de las escolleras de coatzacoalcos.)

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