distancias

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entre los muchos lugares comunes que nos ha ido legando el internet –como el de gente que escribe en blogs lo que no puede articular en conversaciones– se encuentra el de las distancias que se acortan. basta googlear ‘distancias acortan internet’ (no es tampoco que sea yo un dechado de ingenio para las búsquedas de google, o para cualquier otra cosa) y los resultados que arroje el motor de búsqueda confirmarán lo que ya sospechábamos. una y otra vez, en diferentes contextos, la frase salta.

no es que no sea verdadera o al menos parcialmente cierta: el frenesí de las redes sociales –disculparán el lugar común– sí ha contribuido a que gente estreche lazos a través de una computadora con conexión a internet. las variantes de esta comunicación son infinitas y no carentes de interés: el lejano compañero de banca de la escuela primaria lic. benito juárez que, súbitamente, vuelve no en forma de fichas sino de solicitud de amistad en facebook (y frecuentemente acompaña su retorno con frases del tipo “nunk te lo dije pero siempre supe que te iria super bien”); la tía lejana que solía llegar a la cena de navidad con sus tres hijos y su  panzón esposo en la mejor imitación nunca antes vista de ‘marabunta’ y que jura haber abierto su facebook ‘para recuperar el contacto’ (lo que quizá signifique que espera renovadas invitaciones a cenas abundantes); el desconocido que te agrega ‘porque tenían amigos en común’ y que termina siendo un excelente/indeseable prospecto para coger/salir a comer/suicidarse.

de igual forma, las consecuencias de las variantes son ricas y abarcan una amplia gama de acontecimientos: existen las reuniones con excompañeros de primaria que, al menos en mi caso, terminan como un interesante recuento de los kilos acumulados en tejido adiposo alrededor del abdomen a lo largo de varias décadas; existe también la variante de la tía que, en efecto, logra extraer una invitación a una renovada cena familiar, a la que se presenta en actitud idéntica a las recordadas, con una salvedad: sus hijos son ya individuos robustos que acarrean a la propia prole, lo que convierte al asunto ya no en un parodia de marabunta tanto como en una recreación de aquella enorme esfera de terror y voracidad que formaban los critters en critters 2. la variante del desconocido que se presenta como opción romántica –la soledad es cabrona en el siglo xxi– tiene también varios posibles finales: enamoramientos platónicos seguidos de citas desastrosas, sexo frustrado o casual o regular y, las menos afortunadas, matrimonio.

negar la posibilidad del internet y sus herramientas como métodos efectivos para acercar gente entre sí –aunque la consecuencia directa de la convivencia a través de smartphones sean restaurantes cada vez más poblados de gente sola– sería pecar de miopía. (o de vargas llosa, pero eso es materia de otra discusión.) empero, no en todas las circunstancias internet sirve para aliviar las distancias: preguntemos si no al feliz ciudadano que se apersona a pagar el impuesto predial solo para salir de las oficinas con la felicidad inicial considerablemente disminuida; podríamos preguntar también al viajante apurado que, preso en medio de un vagón de metro que avanza (es un decir) con notable lentitud, se ve atacado por un repentino impulso de orinar. ¿internet acorta distancias? preguntemos al conductor neurótico que observa el flujo del tráfico en paseo de la reforma un miércoles a las nueve de la mañana.

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6 comentarios en “distancias

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