cruz azul, campeón

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apoyo al cruz azul desde que tengo memoria. no es broma. mi padre era un fascinado por su juego en los años setenta que, hasta la fecha, son la época dorada del equipo. él venía de contemplar a un conjunto glorioso que conquistó todo lo conquistable mientras “el gato” marín defendía el arco como un felino bastante más salvaje que el de su apodo y, al parecer, decidió que la mejor manera de demostrar ese afecto era trasladárselo a su único hijo varón: desde que nací y comencé a desarrollar la motricidad fina me fue inculcado un profundo y reverencial amor hacia el equipo.  en mi casa existían prioridades, y el fútbol ocupaba un lugar importante entre ellas. cada fin de semana había dos actividades principales: ir a la iglesia los domingos y mirar el juego del cruz azul el día que tocara. la segunda siempre fue infinitamente más religiosa que la primera.

el último campeonato de cruz azul –el primero y único que vi hasta la pasada noche—fue el de 1997, frente al club león. tenía nueve años y experimenté un sentimiento de angustia y dolorosa expectación que revivo en el colmo del masoquismo cada que la máquina llega a la final de algún torneo. vi a carlos hermosillo, entonces máxima estrella azul, ser arteramente golpeado por ángel comizzo, portero del león, y herido en la cabeza. nadie sabía que, además, el delantero jugaba de infiltrado: tenía una costilla recién operada al momento de entrar al juego. sangrante y con el cráneo vendado, como titánico émulo de platko e histórica premonición de julio gómez, hermosillo volvió a la cancha a cobrar el penal de frente a comizzo –que, oh contradicciones del arbitraje mexicano, no fue expulsado. (arturo brizio, árbitro del partido, jura que palencia le gritó al momento de marcar el penal, lo distrajo, y le impidió ver la patada que lastimó a hermosillo. no sé si creerle.) el marcador global era uno a uno. el gigante herido anotó al minuto cien el entonces válido gol de oro ante un marrullero portero argentino que terminó en el suelo, derrotado: mi equipo, el equipo de mi padre, ganaba su octava estrella. conocí una forma de felicidad a la que me hice tan adicto que no me importó esperar años antes de volver a ver al cruz azul alzarse con el trofeo de una competición.

(entre las escasas anécdotas pletóricas de felicidad que tengo en mi haber se encuentra aquella en la que estreché la mano de carlos hermosillo en un aeropuerto de veracruz: íbamos a buscar a rossana reguillo, famosa antropóloga que debería darnos algunos consejos para escribir artículos académicos, cuando vi al héroe de cerro azul salir por una de las puertas de llegada. la comitiva académica me importó poco y me acerqué a saludarlo: su estatura, leo en wikipedia, es de 1.88 metros, que sacan considerables 18 centímetros frente a mis escasos 1.70. pero esas alturas, las mesurables, son polvo de carretera cuando se contrastan con las que se derivan de la admiración pura y sin ambages.)

no estuvieron estos quince años del todo exentos de alegrías: cómo olvidar a la poderosa encarnación del cruz azul que, cuatro años después de la victoria frente a león, supo plantarle cara al no menos imponente boca júniors, en su casa, en la bombonera argentina; cómo olvidar que el mismísimo cardozo jugó en nuestro equipo y contribuyó a llevarlo a lo más alto de la copa libertadores; cómo omitir que mauro camoranesi, campeón del mundo con italia, vistió la casaca azul; cómo dejar de pensar en “matute” morales y en “conejo” pérez y en “chelito” delgado y en “borrego” torrado. pero de pequeñas alegrías no vive nadie –al menos no en el fútbol—; el título no llegaba y la fe decaía: cada final jugada se convirtió en sinónimo de frustración y de dolor; cada torneo comenzado era la prueba viva de que la esperanza, en efecto, es lo último que muere. los malos manejos al interior del equipo han hecho berrear de coraje a más de un aficionado; el américa se enseñoreó de los cementeros durante ocho años y contribuyó a negarnos ese pírrico triunfo: el de ganar, si no un torneo, al menos un partido frente al enemigo más odiado.

esta sequía duró quince años. la maldición parecía ya interminable: no tocar una copa; pasar cerca de ella pero no aferrarla; llegar a las finales pero jamás concretarlas. el cruz azul se convirtió en la encarnación física del “ya merito”; del tipo que hace todo bien –menos lo que debería hacer de verdad bien. la pereza los rodeaba; se había convertido la máquina en un equipo pusilánime y mezquino; pichicatos, se apoquinaban en los momentos importantes y nomás ilusionaban. como una novia abusiva, daban una alegría una noche para arrebatarla sin caridad a la mañana siguiente; con cruz azul conocí una de las formas más miserables de la infelicidad. sobrevinieron la derrota y el oprobio; el chiste fácil y la carcajada cruel en consecuencia: apareció también el dolorosísimo apodo de “subcampeonísimo”. ser cruzazulino se convirtió en sinónimo de mediocridad, de malhechez, de tibieza y medianía. no sin razón.

no fue la victoria de anoche una que tuviera que ver con el heroísmo o la épica o la idea de gloria: sabemos todos que la copa mx es más bien un torneo al que los equipos llamados “grandes” le prestan en realidad poca atención; estamos conscientes de que su nivel futbolístico no es el más alto y que, en realidad, cruz azul no está jugando a su máxima capacidad, que no está siendo la mejor versión del equipo que, a juzgar por la calidad de los elementos que lo conforman, podría ser. nada de esto importa: como tantas otras pasiones, es el amor al fútbol –concretamente: el amor a un equipo— una manifestación de terquedad, ceguera y rabioso afecto incondicional. su origen no es relevante: puede ser, como en mi caso, una herencia criminal y vulgar, o puede ser un afecto nato. es lo de menos: como tantas otras pasiones, la alegría que se deriva de su realización es necia, intransigente y evasiva. ni modo: celebremos el campeonato por el que esperamos quince años. ya vendrán otros títulos y otras victorias; tendrán ese mismo dulce sabor a triunfo efímero, a flor de un día, y el tiempo se encargará de llevárselos.

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