cruz azul, subcampeón

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la derrota está presente, me parece, en todos los sentimientos y situaciones devastadoras. el truene, la muerte, el abandono, la orfandad: derrotas todas. la derrota es destructiva porque no se parece a un golpe, a un moretón; al contrario, es un virus que se extiende por el miembro infectado, que contagia a otros miembros, que invade con su filtración la carne del huésped y la carcome hasta reducirla a una masa putrefacta, apestosa, desprovista de forma.

cruz azul, entre varias cosas, es un aviso de la derrota como bestia agazapada, acechante. sus partidos son esperanzadores; su juego, en sus mejores momentos, luminoso; sus figuras son robustas, brillantísimas. ver jugar al chaco giménez en estos momentos es una lección de entrega, de vivacidad y fuerza; las atajadas de jesús corona son las mismas, mágicas, del gato marín: elogios de la vitalidad, la elasticidad y el cuerpo. cosas parecidas pueden decirse de los ratos más inspirados de torrado, orozco, perea: una muestra grandísima de amor y arrebato. pese a esto, cruz azul está tan lejos de tocar la gloria como lejos estaba ícaro del sol. cada torneo tiene una narrativa similar: la máquina, la poderosa máquina, emprende una marcha forzadísima cuesta arriba; en determinado momento, todo parece perdido –o todo parece ganado— y entonces cruz azul saca lo mejor de sí y arrasa con lo que encuentra a su paso; aplasta, destruye; muestra poca misericordia y sí varios asomos de irrefrenable vida. eso es el juego de la máquina en sus puntos más altos: una demostración de aferre a la existencia, a la esperanza. es la encarnación de la esperanza –o de alguna clase de esperanza.

el final de los torneos, sin embargo, también tiene una narrativa ya vista. ha sucedido desde que yo era un niño y mi padre me sentaba a ver los juegos del azul con una gorra que me quedaba enorme y un plato de mango picado con salsa chamoy mientras él se tomaba una cerveza; sucedió mientras yo crecía; sucedió cuando dejé de ver fútbol porque, en un arrebato digno del peor idiota, pensé que era mejor que él. siguió sucediendo cuando el fútbol me recibió de nuevo, tonto hijo pródigo, y no ha dejado de pasar desde entonces. cruz azul llega a la final de un torneo en alguna situación que permite creer que será ganador –es, eso ya se sabe, el equipo mexicano que más finales ha alcanzado: quince, de las cuales ha ganado apenas ocho— y algo sucede. algo trunca la esperanza, algo destruye las posibilidades; algo –a veces, en más de una ocasión, el mismo cruz azul— nos recuerda que no hay nada seguro, que todo es inestable, que todo, todo, puede ser peor.

alguien decía que cruz azul es un equipo perdedor. francamente, lo dudo muchísimo. es algo más –y menos— que eso. la derrota es definitiva, ya lo decía: es podredumbre y es muerte y es dolor. nunca ha sido cruz azul derrotado de forma definitiva; nunca ha descendido, rara vez ha llegado al fondo de la tabla –recuerdo solo una ocasión, devastadora, en la que sucedió—. la derrota no permite la esperanza; su sola presencia la anula; cruz azul no es, entonces, un equipo derrotado, sino algo infinitamente peor: es un equipo mediocre. la mediocridad, toda ella tibieza, tolera la esperanza, o la idea de esperanza; alberga la ilusión, la fomenta, pero no la concreta. el dolorísimo apodo de subcampeonísimo, una vez más resucitado entre la afición, resume esto que digo: es mejor que todos, pero no es mejor que el campeón. este limbo espantoso en el que habitamos los seguidores del cruz azul es también nuestra definición, es nuestra –válgase la redundancia— cruz y nuestro calvario irrenunciable: es el recordatorio, perenne, doloroso e indeleble, de que la gloria solo pertenece a algunos, pero ciertamente no a nosotros.

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