testimonios de la invasión-archivo desclasificado 002

coatzacoalcos.

reviso mi blog de diciembre del año pasado y veo que me encontraba, no premonitoriamente, en un estado de particular interés en el apocalipsis. digamos que encontré este texto:

mi fascinación por el apocalipsis nació en la iglesia evangélica presbiteriana a la que mi madre me arrastró durante 12 años: en algún momento de mi temprana infancia, un presbítero hizo una lectura ilustrativa del apocalipsis de san juan. asombroso: había dragones y fuego y muerte y destrucción y abismos insondables en donde se perdían las almas. desde entonces he visto y vivido varios fines del mundo, pero mi preferido sigue siendo este: salir al centro del df con una resaca terrible, en una mañana de día de asueto, con calles habitadas apenas por fantasmas cocainómanos y gimme shelter de los rolling stones sonando tétricamente desde algún departamento desconocido.

y luego este otro:

(ni modo: el pinche mundo no se acabó en 2012, qué carajo. pero cada fin de año es en sí un simulacro de un fin del mundo; cosas mueren y se pudren y se queman y se van y nunca vuelven. no veamos el 2013 como la oportunidad de comenzar de nuevo sino como lo que es: una última vagancia por esta tierra quemada, poblada de zombis; sucia y desahuciada.)

acaso méxico, incluso antes de la invasión, era ya una tierra quemada, sucia y desahuciada. el mundo lleva ya varios años acabándose.

* * *

pensaba lanzar una generalización aquí:  tenía en mi mente una idea que se me ocurrió podía atañer a todos los seres humanos e, irreflexivamente, quise ponerla por escrito. pero no es cierto: no tengo los datos, no tengo las pruebas, y mi pensamiento no es aplicable a todos, sino tan sólo a mi reducidísima parcela de realidad, al fragmento de existencia que me fue dado contemplar. así, pues, tendré que mostrar cautela al escribir la siguiente frase; tendré que ser prudente en pos de alcanzar, aunque sea con la punta de los dedos, cierto grado de precisión, esa abstracción inaferrable, imposible. ¿quién puede decir que su escritura es precisa? ¿quién puede jactarse de la precisión de su comunicación, de lo atinado de la formulación de sus frases, de lo agudo de su selección verbal? forzosamente han de perderse detalles en esa traducción de la mente a la lengua, de la lengua al oído, del oído al cerebro. pensaba, entonces, que todos los seres humanos habitan mentalmente en el presente; luego pensé que no, que forzosamente habría que hacer excepciones –considerándome yo mismo una de ellas— y decir que la mayoría de las personas viven mentalmente en el presente y algunas pocas en el pasado y el presente; instantes después reculé: no podía estimar si es una mayoría o una minoría, porque esos números no existen o si existen están fuera de mi alcance, o no los conozco y no sé dónde encontrarlos, así que finalmente tuve que acercarme a la afirmación más precisa de la que fui capaz: algunas personas viven mentalmente en el presente y algunas otras viven mentalmente en el presente y en el pasado. entonces me percaté que tampoco eso era del todo preciso, porque algunas personas pueden vivir mentalmente en el presente, otras en el presente y el pasado y aún otras en el presente, el pasado y el futuro –o cualquier otra combinación posible que resulte de esas tres. dicho lo cual, enunciaré lo siguiente con la convicción de saberme fallido, impreciso, incapaz de transmitir puntualmente lo que pienso:

algunas personas habitan mentalmente el presente. algunas otras, el presente, pero también el pasado y/o el futuro, o el pasado y el futuro, e incluso algún estado mental atemporal –aunque forzosamente deba estar enclavado en el presente. podríamos decir que es imposible no estar en el presente: lo habitamos físicamente, y nuestros pensamientos, aunque quizá no se encuentren centrados en el presente, inevitablemente parten de alguna forma de allí, para viajar sin atadura –o con ella, yo qué sé— por la, imagino, infinita posibilidad de tiempos de los que sea capaz la propia mente.

lo digo porque pertenezco decididamente al número de gente que no vive plenamente en el presente. es decir: nunca he sentido el vértigo de estar aquí ahora, de saber que ese momento solo durará un momento y que una vez terminado se habrá ido para siempre. habito una zona borrosa entre el presente y cualquier otro tiempo; añoro con constancia el futuro; exijo de él que sea mejor que el presente; deseo con fervor que se parezca al pasado. el presente no me entusiasma tanto, crudo como está. al presente le hacen falta capas de pasado o salpicaduras de futuro para que me parezca interesante.

todo lo anterior era cierto hasta la invasión, día en el que se convirtió en parcialmente cierto: una vez que los extraterrestres y los soldados irrumpieron en el edficio, me vi en la necesidad vital de no prestar atención a ningún tiempo que no fuera el presente: de ello dependía mi vida y, contra todo lo que había pensado en los años que me condujeron allí, no quería perderla.

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