una biblioteca

sueño a menudo con una biblioteca. se lo he hecho saber a mi psicóloga. digo biblioteca porque es la palabra más comúnmente usada para referirnos a una colección abundante de impresos, pero lo cierto es que libros tiene más bien escasos. básicamente, lo que puebla a esta biblioteca son comics de superhéroes.

el origen de estos comics no me es incierto en modo alguno, o es lo que he contado a mi terapeuta: sé que la mayoría de ellos vienen de un momento específico de mi infancia, en el que –por razones que prefiero no clarificar pero que, deducirá el lector que haya vivido algo similar, se debieron en mayor medida a mis padres– me vi obligado a deshacerme de una colección entera de ellos: mi primera antología personal. en aquel momento el suceso me pareció triste pero seguramente superficial, y volví a compilar una segunda colección que también se vio perdida. algunos años después me fui de la ciudad en la que vivía.

una vez lejos del yugo paterno y del yugo materno, me vi en libertad de formar, otra vez, una colección de comics. esta fue un poco más perdurable que la anterior. una parte importante se extravió en una mudanza. de otra me deshice voluntariamente. el resto se expandió, le salieron brazos y piernas; gradualmente, dio a luz al germen de la colección, bastante más amplia, que actualmente habita mis libreros.

(esta nueva antología personal es, no crea el lector otra cosa, un montón de papel sin valor alguno: hay pocas obras reconocidas allí; las que hay son, en su mayoría, ediciones nacionales en español o alguna de las infinitas reimpresiones en inglés, poco valiosas por naturaleza. a últimas fechas se les han sumado algunas de las llamadas novelas gráficas, compilaciones de runs que considero interesantes, números sueltos que por curiosidad o extravagancia decido adquirir. es una colección acéfala, con más tentáculos que cerebro; una compilación desordenada de gustos que van y vienen pero que tienen en común el medio en que se imprimen.)

esta colección, sin embargo, no me quita el sueño. la veo todos los días y sé que no se irá. no: lo que me perturba por las noches no es lo que tengo, sino lo que tuve y perdí. soy, como un porcentaje importante del género humano, un adicto a la añoranza, y encuentro en esas hojas de papel couché engrapado un motivo para extrañar. por las noches, pues, extraño a mis comics de infancia, y sueño con ellos: sueño que están todos en un mismo sitio; me veo caminando por los pasillos de una biblioteca de modestas proporciones y hojeo, veo sus páginas, toco sus portadas. horas después despierto, inoculado de melancolía, y hago ingenuos esfuerzos por conseguir esos títulos antes de volver a dormir. en escasas ocasiones fructifican, y entonces sucede algo que gustoso calificaría como mágico: el volumen que adquirí durante el día ya no está en la biblioteca de mi sueño. intento buscarlo y no: ha desaparecido; una mano invisible lo ha extraído de su lugar y lo ha llevado a otro: previsiblemente, al librero en mi estudio. la biblioteca entonces se desvanece, y sigo durmiendo en el acto o despierto, y no vuelvo a soñar con ella sino hasta unas semanas después.

alguien poco brillante quizá podría deducir que en esos volúmenes de papel ilusorio se acumula, con un peso incalculable porque solo existe en la fantasía del sueño, mi infancia extraviada. mi terapeuta, por cierto, no coincide con esa tesis. ~

[imagen vía]

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