las penas con panini son buenas

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1.

vivimos en un mundo —en una parte del mundo, al menos— que condena el ocio con intensidad. día a día vemos autoridades en sus más diversas encarnaciones señalar con índice de fuego a los huevones, a los holgazanes, a todos aquellos que, permítanme las comillas, “pierden el tiempo”. “no pierdas el tiempo”, nos dicen mientras se acomodan las corbatas y salen, marchando, a tomar el autobús que los lleve a sus cubículos, modernas galeras en las que pasarán toda la mañana remando gustosamente. curioso giro del destino el que nos embargó, haciéndonos felices esclavos; jubilosos jornaleros que acuden, sonrientes, a las tiendas de raya que decoran las grandes avenidas. la hueva está castigada, no por los códigos penales del mundo, sino por otra ley: la social, la que establecemos todos los días en el cotidiano trajinar.

y, sin embargo, la hueva también es premio. la pereza es símbolo de distinción; en méxico el flojo pobre es un holgazán y el flojo rico, un bon vivant. el entorno de la pereza lo es todo: un hombre haraganeando encima de un montón de llantas de hule en un taller mecánico será, muy probablemente, un huevonazo que no está cumpliendo con su chamba; otro, recostado en la misma posición en un diván estilo luis xvi mientras sonríe con apostura para la portada de la quién, será un socialité.

así es la dualidad de la pereza: los mismo la condenamos que la aplaudimos. la flojera, el bostezo, la hueva, la haraganería, el ganduleo, la poltronería, la dejadez, el descuido, la desidia, la vagancia: formas todas del ocio; y de todas estas manifestaciones del desgano, pocas tan fascinantes como las que ejerce el desempleado voluntario. así era mi amigo je1: un huevón convencido, un perezoso por convicción.

2.

je fue un flojo empedernido desde que nos conocimos. estudiamos en la misma secundaria y en la misma preparatoria; ambos poseíamos un promedio similar —bajísimo, como es natural— y disfrutábamos de saltarnos clases para perder el tiempo en la escuela y sus alrededores de las más diversas formas. la diferencia entre je y yo es una sola: aunque ambos somos haraganes sin remedio, a mí se me maldijo desde temprana edad con una severa educación de cristiano protestante. en mi familia los flojos no son bien vistos, y muy a mi pesar y con inmenso dolor, me he visto impelido a trabajar. una y otra vez lo he intentado: me he endeudado con el banco, he intentado vivir a expensas de otros, he dejado de pagar la renta por varios meses, he renunciado a trabajos solo por dormir un rato más. es una misión imposible de cumplir: siempre vuelvo arrastrándome, con aún menos dignidad de la que de por sí tenía al momento de desentenderme; siempre me invade la misma potente y quemante sensación de culpa. termino pagando las deudas en medio de disculpas y con largos periodos de diferencia2 entre cada pago; termino tomando otro trabajo, más jodido que el anterior, termino arrepintiéndome profundamente y pidiéndole a algún ser más poderoso que yo que por favor me perdone —eso porque, además, soy la peor clase de cristiano protestante posible: cristiano protestante ateo.

mi amigo je no es así. él duerme el sueño de los justos con las tarjetas de crédito a tope; puede pasar temporadas enteras huyendo de la casera y volver de cuando en cuando para, con una sonrisa, prolongar su de por sí extendida prórroga. mago de las extensiones, maestro de las faltas, amo de las concesiones. je sabe cómo vivir cómodamente a expensas de los demás y no siente culpa por ello. acaso sea por su educación católica, me he dicho infinidad de veces mientras me corroe la envidia —y el estrés, los comienzos de calvicie, las ojeras que subrayan no los ojos sino el mentón, la piel deteriorada por efecto del mal funcionamiento de mi estropeado sistema nervioso. yo pertenezco a la clase trabajadora que no quiere trabajar pero que no tiene de otra, formo parte del grupo social de los descontentos que se levantan temprano a fuerzas.

3.

permítaseme trazar el retrato de je con una anécdota:

como tantos otros perezosos consumados, je experimenta un auténtico fanatismo por el fútbol. esta afición desmedida se ha visto manifestada en diferentes formas: compras impulsivas de balones, jerseys y demás parafernalia futbolera; clases saltadas con tal de perseguir el balón en una pequeña cancha de concreto con porterías de tubos oxidados; tardes enteras consumidas frente al televisor con la compañía de unas cuantas caguamas, una bolsa enorme de sabritas y una botella de tamaño considerable de salsa valentina. la última y más reciente encarnación del cariño de je por el fútbol fue una fijación casi enfermiza por terminar de coleccionar las estampitas del álbum panini del mundial de brasil 2014.

apenas se anunció el lanzamiento del álbum y je ya deambulaba con el ímpetu de un león hambriento alrededor de los kioscos de su ciudad. cada una de las fibras de su ser experimentó así una intensa concentración. a partir de la aparición de los primeros sobres de estampitas, je cambió: ya no era el hombre apático con el que yo crecí, el joven flojonazo con el que había convivido toda mi vida. en su mirada se adivinaba la ferocidad de un depredador en plena cacería, el furioso filo de la espada de un guerrero. je era, ahora, un hombre con una misión: completar ese álbum, llenar sus hojas de papel barato con esas pequeñas figuras rectangulares de couché delgado que llevaban impresas las fotografías de famosos jugadores. ante el asombro de propios y extraños, je transformó su apatía en impulso, su flojera en causa, su pereza en energía vital.

enrachado, mi amigo se unió a un grupo de facebook en el que la gente se ponía de acuerdo para intercambiar estampitas3 en diversos puntos de la ciudad. no tardó mucho en tomar el liderazgo del grupo de facebook y en comandarlo hacia la victoria. je era ahora un tipo ocupado: parte importante del día se le iba en coordinar reuniones en plazas, en parques, en lugares públicos de la índole más diversa; después de acudir a una reunión corría como ejecutivo estresado a vender las estampitas repetidas en la pizzería más cercana a un desconocido con el que había quedado en su grupo virtual; sin comer, marchaba decidido al punto de la siguiente reunión, donde intercambiaba otro montón de estampitas y, con suerte, vendía otras tantas; acto seguido, abría su teléfono solo para contestar preguntas, acordar nuevas reuniones, concretar nuevos tratos. al final, llegada la noche, se recogía en su diminuto cuarto de estudiante —aunque je tiene ya más de 25 años, la ausencia de sueldo constante lo ha hecho acomodarse muy a gusto en una pequeña habitación usualmente destinada a universitarios recién egresados de la preparatoria— y hacía cuentas: marcaba sus nuevas estampitas, tachaba las que ya tenía, acomodaba sus repetidas, colocaba con primor y pegamento sus más recientes adquisiciones. una vez hecho esto se percataba de que, como sherlock holmes cuando cazaba a un criminal, había olvidado probar bocado en todo el día, inserto como estaba en el frenesí de la recolección de estampitas. acto seguido, je dormía, dormía sin pensar en las deudas o en la renta o en la novia que lo dejó por no conseguir trabajo. je dormía y soñaba, y soñaba con el álbum panini.

la locura duró cerca de un mes. sus amigos lo instaban a desistir, sus padres amenazaron con cortar el ya escaso flujo de depósitos que aún seguían enviándole a su pequeño cuclillo. cada día que pasaba era un día en el que je estaba más lejos de la humanidad pero más cerca de llenar el álbum.

un día, mientras caminaba por una avenida del centro de su ciudad —a tan solo cinco estampitas de terminar su misión—, je se encontró con un kiosco en el que ponían en una cartulina verde fosforescente se cambia estampitas albun panini. su corazón dio un mortal en reversa ante la noticia y se acercó, sigiloso como un zorro, a preguntar. una señora de no pocas carnes y voz aguda le dijo que sí, que allí se cambiaban estampitas y que por favor le dijera cuáles le interesaban. je le pasó su lista con mano temblorosa. la tendera le echó un despreocupado ojo al trémulo papelito y mañana te las tengo, dijo con la ligereza de quien espanta una mosca. mi amigo estalló en alegría y marchó corriendo hacia su pequeña habitación, donde no pudo conciliar el sueño a fuerza de puros nervios. por la tarde, je fue a la facultad de derecho —a la que tenía, para efectos prácticos, abandonada— a vender otras de las estampitas que le sobraban, pero casi no conserva recuerdo de esto: vivía ya en una ensoñación gloriosa, en una cálida ilusión, en una suave porción de esperanza. al día siguiente el álbum estaría lleno, se dijo, y todo estaría en orden con el mundo.

tras una noche intranquila en la que tuvo un par de terribles pesadillas en las que su preciado tesoro caía en las manos menos adecuadas, je emprendió el camino al centro de la ciudad. casi le molestó el aire prosaico con el que la vendedora le quitó dos estampitas de más porque es que esa de los estadios que te falta está bien difícil de conseguir, chavo, pero cedió en la negociación: los hombres saben recibir, pero los hombres de verdad saben también dar. al fin lo había logrado: el álbum estaba completo. como un mapache triunfante que acaba de arrebatarle un cangrejo al río, je corrió cuesta abajo por las calles, esquivó obras en construcción, evadió vendedores ambulantes, se escurrió por encima de la barda con tal de que no lo viera la casera. abrió la puerta de su cuarto y se abalanzó sobre su álbum, besándole los ribetes mientras destapaba su pritt y colocaba con fervor las recién adquiridas estampitas. después de un mes de empeño y tesón, su álbum panini tenía los 648 cromos que lo completaban. y ahora que ya acabaste el álbum qué vas a hacer, le pregunté mientras nos comíamos una pizza que él había invitado con las ganancias de una venta particularmente buena de estampitas. no sé, contestó mientras masticaba con fruición y miraba la final de la champions en el televisor de la pizzería, supongo que conseguir trabajo.

4.

a manera de epílogo:

la relación de je con el álbum panini no terminó allí. después de un periodo de dos días de reflexión, en el que mi amigo meditó profusamente acerca de todo lo que había perdido con tal de llenar ese cúmulo de papel —que ahora adornaba la parte más alta de su mejor estante de plástico reciclado—, je recibió un llamado inesperado. un compañero de generación, abogadillo hijo de abogado, le anunció vía whatsapp que su padre, poseedor de un despacho en uno de los mejores edificios del centro de la ciudad, quería ver sus estampitas repetidas, a ver si alguna le servía. je, que es flojo pero no idiota, vio allí su oportunidad de oro, y acudió con presteza a la cita con una camisa nueva, bien fajado y con un corte de cabello recién hecho. una vez en el despacho —un cuartote de paredes forradas con duela, alfombra roja y rancios títulos universitarios con marcos dorados colgados por doquier—, je le mostró al licenciado las estampitas que le sobraban. resultó que varias le sirvieron al abogadazo, quien enseguida trabó conversación con mi amigo respecto al fútbol, primero, y al ejercicio del derecho, después. la cosa está bien difícil, mi lic, comenzó je, fíjese que ando busque y busque y nomás no sale nada. cómo va a ser, le respondió, indignado, el leguleyo, ¿en qué le gustaría desempeñarse a usted? pues a mí me gusta el derecho en lo general pero el laboral en lo particular, aventuró mi amigo. no se diga más, joven colega, véngase para acá el lunes y seguro le conseguimos algo, total que se acaba de ir el asistente del litigante laboral y andamos cazando a ver si sale otro…

hace dos semanas que vi a je, en un restorán en el que mi licenciado amigo me invitó un fino corte de arrachera, lo encontré hecho ya un abogado litigante, encargado de delegar un montón de casos para que su asistente le hiciera la chamba y se pudiera cobrar a gusto y sin mayores complicaciones. en lo que cortaba su filete, admirado de la suavidad de la carne, je reía complacido, y yo por dentro no podía menos que maldecirlo mientras me devanaba los sesos pensando en cómo iba a entrar a mi departamento sin que la casera se diera cuenta. ~


1 las iniciales son verdaderas; el nombre lo omito porque, aunque huevón, je no es cínico. o sí, pero no al grado tal de dejar que su nombre aparezca completito.

2 debo no niego, pago no tengo”, como dice el famoso refrán que aprende uno apenas pone un pie en cualquier facultad de derecho.

3las microsociedades salvarán al mundo”, dijo spinoza en algún momento, y esos grupos de facebook son quizá la mejor prueba.


una versión de este ensayo será publicada en el número 34 de revista clarimonda, en morelia.

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