holanda-méxico

holanda-méxico

1. (previa)

naturalmente, la superioridad holandesa intimidaba; méxico venía de menos a más y la esperanza, aunque creciente gracias al desempeño cada vez mejor de la selección, no puede despojarse en unas semanas de su calidad de flor de un día. el optimismo nacional siempre pende de un hilo: la zurda de un mediocampo, los reflejos de un portero, el impredecible esquema de un director técnico.

1.1   (postal de la memoria)

(del holanda-méxico de francia ’98 tengo varios recuerdos: los maestros de la lic. benito juárez donde estudié llevaron televisiones; las televisiones se pusieron en los pasillos de la escuela; todos vimos el partido al aire libre, vimos a ricardo pélaez y a luis hernández. los niños corrimos por toda la escuela con banderas de méxico: el júbilo a los diez años es una cosa nueva y fascinante que no se entera de ridículos.)

2. (primer tiempo)

el partido comenzó con una endeble superioridad mexicana, y la cosa no pudo pintar mejor cuando de jong salió apenas al minuto nueve, después de lastimarse de forma idiota y autónoma ante una impecable bicicleta del mexicano herrera. así, con ochenta minutos de juego por delante, holanda ya había consumido un cambio de a gratis. sucedió el primer tiempo: méxico dominaba, creaba jugadas, se animaba a tirar de afuera del área (quizá la mejor forma de anotarle a los holandeses). hacia el final de esa mitad, la desgracia inaugural: héctor moreno se lesionó después de una fuerte llegada sobre robben —un penal legítimo que el árbitro no marcó y que, quizá fortuitamente, selló el destino del equipo mexicano—. su lesión no fue cualquier cosa: una fractura de tibia que lo mantendrá lejos de la cancha durante cuatro o seis meses.

3. (medio tiempo)

no teníamos nada para ofrecerle a los invitados (ni a ellos parecía interesarles comer algo), así que picamos unos modestos cacahuates y bebimos una variedad de refrescos cuya enumeración es prescindible. joviales, nos lanzamos a la tienda por otras botanas: llevaba yo mi playera negra de la selección. en la calle había otros esperanzados: con la playera roja, con la verde, con la del sol azteca. era lo de menos: el chiste radica en sumarse a la colectividad del entusiasmo aunque sea por un día. el medio tiempo sirvió para contrastar ángulos en nuestra tribuna de cuatro asistentes: había quien no sentía el menor compromiso con el juego (“sirve para enmascarar cualquier otra deficiencia del gobierno en turno”, y la postura, aunque aguafiestas, no es precisamente mentirosa); había quien, mitad alemán y mitad mexicano, se sabía seguro: aunque méxico pierda, siempre tendrá de equipo alterno a la alemania, esa máquina asesina. los otros éramos conversos, dos escépticos del inicio del mundial: dos a quienes convenció el planteamiento del piojo, aunque el piojo nos desagrade; dos que aprendimos a estimar a layún y su ímpetu y su imposibilidad de concretar un centro; dos que decidimos darle la confianza a rafael márquez en su cuarto mundial. dos que, ese día, creíamos en el equipo mexicano sin pensar en televisoras o en imposiciones o en federaciones: dos que, despojados ya de ambages y prejuicios, sólo queríamos verlos ganar.

4. (segundo tiempo)

el juego se reanudó con reyes en lugar de moreno; tres minutos de dominación mexicana desembocaron en un golazo desde fuera del área de giovani dos santos. gio, el más inconsistente de nuestros héroes, anotaba lo que parecía un temprano gol de la victoria. trece minutos después, ante la mirada atónita de [desconozco cifra y no pienso ponerme a investigar, así que calculen a ojo de buen cubero cuál es el rating de un partido de octavos de final de copa del mundo] de televidentes, el piojo herrera sacó a dos santos y metió, válgame dios, a javier aquino, lo que significaba una claudicación expresa de la delantera. con aquino, acostumbrado a jugar ligeramente más atrás que dos santos, parecía que herrera no pretendía reforzar la delantera ni generar más jugadas sino, quizá, frenar el avance holandés. el cambio se antojó prematuro; un tantito medroso; detener la ofensiva mexicana en un momento en el que holanda era menos no lucía como la mejor de las opciones. sin embargo, qué hacerle: en el partido anterior, contra croacia, herrera metió a javier hernández y, aunque muchos le mentaron la madre, el cambio surtió efecto: derivó en un gol y en una jugada de gol. habría que esperar y darle la confianza al piojo. a fin de cuentas, no quedaba de otra.

pero el cambio no resultó afortunado. todo lo contrario: el mensaje fue escuchado fuerte y claro por el equipo mexicano, que no dudó en echarse atrás y ceder, maldita sea, el control de la pelota a holanda. una y otra vez, como al compás de un amenazante crescendo wagneriano, los oranjes comenzaron a disparar con firmeza a la portería resguardada por el casi canonizado ochoa. nada lo traspasaba: paco memo era un muro, era una fortaleza, era un castillo medieval. pero es imposible defender una fortaleza por siempre, por muy bien cimentados que estén sus muros: a dos minutos del final —dos míseros minutos; ciento veinte segundos en los que, de no hablar de un partido de futbol, poco o nada pasaría— sobrevino una segunda desgracia: sneijder pescó un balón al vuelo y lo fustigó con el empeine de su pie derecho. digámoslo sin romanticismos: esa pelota no flotó, no se sostuvo en el aire, no fue contemplada por la defensa sin que pudiera hacer nada. pocos la vieron y aún menos reaccionaron; el balón pasó como diablo entre los jugadores y acabó, sin que ochoa alcanzara siquiera a pestañear, en el fondo de las redes. a dos minutos del final, la pesadilla: el empate. holanda, que hacía un minuto se ahogaba en desesperación, ahora hundía a méxico en una negrura insondable. si el marcador se sostenía así, tiempos extra y a ver quién aguanta más. el panorama era oscurísimo.

4.1 (reajuste emocional)

(hablemos de la descompensación de ganar un partido en un minuto y empatarlo —o, peor aún, perderlo— al siguiente. conozco la sensación: cruz azul me la ha suministrado en varias ocasiones. recuerdo la final de concachampions de 2010, contra pachuca. cruz azul había ganado el partido de ida, jugado en el azul, dos goles contra uno, y empataba el de vuelta, jugando en el hidalgo, cero a cero, lo que le daba la victoria por marcador global. en el minuto 92—de tres que se agregaron—, benítez se dio una imprevisible vuelta en el área de cruz azul y fustigó a corona. gol de visitante vale doble, los tuzos del pachuca ganaban la concachampions. algo parecido pasó con la final cruz azul-américa del 2013, aquella del célebre festejo del piojo, carne de meme donde las haya. el empate en último minuto implica un reacomodo del corazón y los nervios para el que pocos están preparados. esos goles saben horrible: son la evidencia de que todo en lo que creíamos hacía apenas unos minutos era puro polvo, puro humo, pura pinche sombra.)

4.2 (últimos minutos)

vino la compensación —seis minutos que se antojaban como todo un partido nuevo, como un reinicio, vaya: como una eternidad— y, al minuto noventa y tres, la tragedia: arjen robben se dejaba caer después de un inexistente contacto con rafael márquez en el área mexicana. el árbitro le recetó a márquez su segunda tarjeta amarilla del torneo y decretó penal, que es lo mismo que anunciar que la propia cabeza le sirve de habitación a un aneurisma a punto de estallar.

4.3 (volver al futuro)

otra breve interrupción: conocí el resultado de la jugada —que tardó unos instantes en volverse penal— gracias a tuiter. nuestro streaming iba retrasado por un minuto o dos, así que, desesperado, consulté con mi teléfono y supe, gracias a un despiadado tuit de sopitas o de faitelson o alguno de esos inefables, que el árbitro había decidido que sí, que era penal, y que ese penal había sido transformado en el gol de la victoria holandesa y en el de la descalificación mexicana. dejé el teléfono sobre la mesa y enterré la mirada en el piso de la habitación. aunque éramos tan sólo cuatro, los ánimos bullían a tal grado que sólo pudo notarlo mi novia, quien me regaló una solidaria mano en la rodilla mientras los hechos sucedían en nuestra pantalla, diferidos e inalterables.

4.4 (dos a uno)

vi el penal de huntelaar nomás por no dejar. vi el balón girar en las redes, vi caer a paco memo, vi cómo los cuartos de final se nos desmoronaban en literales cinco minutos. el partido acabó y la pantalla mostró el marcador final: dos a uno. nuestros invitados se fueron, con los hombros encogidos pero indemnes. me habló gabriel: la voz se le adelgazaba por momentos, se le deshacía en risas forzadas en otros. javier, josé y víctor, mis perennes amigos de la preparatoria, se lamentaban amargamente en “mundialito”, el grupo de whatsapp en el que platicamos todo lo que sucede en brasil 2014. yo andaba igual. me fui a tirar a un sillón. la realidad no me dolía: más bien sentía el cráneo embotado, como si todo alrededor mío fuera bruma o agua evaporándose muy lentamente. como si estuviera rodeado por una densa nube de cenizas flotantes.

5. (arjen robben)

apareció un video en internet: una cámara siguió a arjen robben durante tres minutos que incluyen su clavado —al inicio del video— y su posterior reacción ante el penal, el momento en que le cede el balón a huntelaar para cobrar y cómo responde al gol de la victoria. leí varios comentarios al respecto, incluyendo algunos que apelaban al lenguaje corporal —“en el minuto 2:18 hace el gesto casual de un hijo de la chingada”, dijo alguien— y a la ausencia de celebración del jugador. yo no veo eso. no creo que robben le haya vendido el alma al diablo con ese clavado; no creo tampoco que, arrepentido por su acción, se haya visto imposibilitado para celebrar. el futbol no es así. si acaso, robben sabrá que márquez no lo tocó, pero entenderá —como entendería el mismo márquez, como debería entender el piojo herrera— que para ganar a veces hay que hacer trampa, jugar sucio, y que eso es, acaso irónicamente, un elemento muy válido del juego. la culpa no es de robben ni de su clavado; para entender esa actuación habría quizá que ahondar en la derrota de holanda a manos de españa en la final hace cuatro años; la culpa no es tampoco de la decisión del árbitro; para entender esa tarjeta amarilla y ese penal habría que remontarnos tal vez al primer tiempo del juego, en el que el silbante dejó de marcar un penal, jugada que, seguramente, vio en repetición durante el medio tiempo y que acaso lo empujó a marcar esa segunda jugada como falta y penal. la pantalla y la repetición nos hacen creer que conocemos el juego a fondo, que comprendemos lo que sucede en el campo, pero eso es sólo otro producto de la televisión, creada expresamente para mostrar ilusiones. la cámara lenta, el zoom, la repetición, el análisis detallado con gráficas y efectos especiales: sofisticadas mentiras para hacernos sentir expertos. por muchas pulgadas de largo que tenga la pantalla de nuestra sala, nunca tendrá los (más o menos) cien metros de la cancha oficial. por más alta que sea la definición de nuestra transmisión, jamás nos hará sentir las briznas del pasto que volaron con la caída de robben, el sudor de huntelaar antes de cobrar, el viento que desprendió ochoa al saltar hacia la derrota, el ruido que hizo el balón al revolcarse entre las redes de la portería, el llanto de miguel layún al escuchar el silbatazo final.

en fin. cuatro años para ver la película otra vez. rolling credits. fade to black. ~

 

[póster salido de acá.]

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