desidiario personal

jueves. no sé si estoy procrastinando por desidia o por depresión. a lo mejor se trata de una ecuación de la que, como buen ignorante de las artes matemáticas que siempre he sido, me sé incapaz de despejar. no quiero trabajar, también, porque el tema de mi trabajo –una engorrosísima corrección de una tesis de derecho– me aburre y me fastidia. a veces, una anotación aquí, un apartado acá, un inciso más allá; una pincelada que se aleja de la cuadratura académica de la jerga leguleya, emite un resplandor que termina por deslumbrarme, acostumbrado como estoy a líneas y párrafos de una estremecedora opacidad. parpadeo, lampareado como un venado de la carretera, sólo para, unas letras después, sufrir el atropello de un camión de doble remolque cargado de legislación y derechos y reglamentos y títulos. me quedo tendido así en el asfalto del doloroso aburrimiento, incapaz de ponerme en pie pero odiándome profundamente por estar allí desparramado.

viernes. repita la anotación anterior, pero incluya hipérboles que intensifiquen las sensaciones allí descritas.

sábado. uno quisiera que el tedio y la desidia dieran, como pago, algo de sofisticación. no pasa así, y uno no sufre ni se aburre como sufren o se aburren los protagonistas de melancólicas películas francesas; nada sería más perfecto que lucirse de alguna manera mientras se fastidia. no sucede de esa forma y yo, lejos de parecerme a un pensativo louis garrel que mira al horizonte mientras lo filma bernardo bertolucci, luzco más bien como un prematuro cuarentón, abotagado y de torpes formas. (léase aquí formas tanto como manierismos, expresiones, como con criterio morfológico.) mi escritorio, por mucho que intente ponerlo en orden, sigue exhibiendo un caótico cuadro que acaso sea reflejo de la bruma mental que me aqueja: una taza vacía que solía albergar una porción de café con leche pero en la que ahora sólo anida un tímido charquito de líquido marrón; un platito en el que habitaron unas galletas polvorones pero de las que ahora nomás quedan unas moronas (o boronas o morusas); unas monedas sueltas que, sin necesidad de hacer un rastreo concienzudo, sé que provienen del primer adelanto que recibí de la corrección que, en medio de este pandémonium del que las monedas forman parte, mi cerebro se rehúsa a terminar. queda confirmado que a la realidad le gustan las simetrías.

domingo. el plazo para entregar vence mañana. es probable que debiera escribir que estoy desesperado, que he tomado conciencia del tiempo y que lo he hecho demasiado tarde, que no dormiré con tal de terminar. mentiría: lo cierto es que me importa más bien poco, aunque sé que tendría que importarme; la realidad es que estoy tan despreocupado, tan inerme como si mañana lunes fuera un día feriado. no lo es y debo trabajar. lo intento, que no se diga que no; me siento en el escritorio –que, al fin y sin saber de dónde saqué las fuerzas para hacerlo, he limpiado; tomo una ducha con agua fría a fin de desperezarme, abro el word –libreoffice, en realidad, soy un pobre con ideales y le instalé un sistema de código abierto a mi computadora a fin de tener todo mi software gratuito. comienzo a seguir con la vista esa hilera de incansables letras que caminan una tras de sí al agotador ritmo de los análisis legales y no puedo más. decido rendirme y me echo, apoltronado y calmoso, decididamente disperso, a ver una película de terror de la hammer. la disfruto con creces y, al terminar, comienza el milagro: el caldo culposo que he alojado en la base del estómago empieza a desprender sus primeros hervores y me impulsa a intentar trabajar. leo una: dos: tres líneas, un párrafo, pero no puedo seguir y me detengo: esta sopa todavía no está lista. tomo plena conciencia de mi chambonería y me echo a la cama a mirar seinfeld por el resto del día. hice una pausa, eso sí, antes de dormir: me fui a cenar unas alitas y una hamburguesa. penosamente, y tal vez como castigo de los dioses del trabajo ante mi incorregible holgazanería, la hamburguesa parecía hecha de carne vieja. esforzándome por sacar algo en claro de la desgracia, se la doy a comer a mi perra, que la engulle con algarabía y termina echada en la cama con la mirada perdida mientras digiere.

lunes. desperté a las seis a.m. no desprovisto de rigor militar. preparé café con presteza; saqué la basura y di una vuelta a la manzana con mi perra. el frío de la mañana probablemente contribuyó a ponerme en forma. al volver a casa, me tomé una taza de café negro y encendí la computadora. entonces lo noté: ya no había más pereza. finalmente, se acabó la desidia por trabajar, pero también el plazo. ni modo: escribo a mi comprensivo empleador para solicitarle, como un preso condenado a la silla eléctrica, más tiempo. pedir prórroga es, en este caso, una celebración del ánimo de trabajar: ahora sí estoy chambeando, reza la línea con la que termino mi correo petitorio. ~

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