nómadas

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uno. va una tesis: es imposible conectar con lo que algunos llaman las grandes tragedias de la humanidad. ¿el holocausto? ¿el derrumbe de las torres gemelas? ¿plaza de tlatelolco, méxico, dos de octubre de 1968? no, nada, lo siento pero no siento nada: como si me pincharan con una aguja un miembro muerto. mi alma no reacciona, mi corazón no se reblandece, en mis ojos no asoma ni una solitaria lágrima ni –mucho menos– un caudal incontenible de llanto. no conecto porque, simplemente, esas tragedias están muy lejos, son muy grandes, me rebasan: yo, aquí en mi rinconcito del mundo, no soy más que un insípido hilo mugroso en un tapete persa.

va otra tesis: buena parte de lo que algunos llaman la humanidad es igual que yo.

dos. lo que sí me pega, digamos, lo que de verdad me estremece, son las tragedias chiquitas. tragedias en miniatura, tristezas personales o privadas o si se quiere locales. cirugías menores del cuerpo que todos conformamos. un niño al que se le perdió un perro. un padre al que se le murió un hijo. una madre a la que le robaron la quincena. esas cosas sí las siento cercanas. acaso sea porque crecí en un barrio donde esas escenas pesaban y calaban hondo; donde vi a un par de amigos acomodarse una madriza considerable nomás porque uno se burló del renqueo de la abuela del otro; una cuadra en la que uno de mis vecinos abrazó a su perro atropellado a media calle mientras sollozaba como nunca en mi vida he escuchado sollozar a nadie más. son estas pequeñas tristezas las que me duelen, esos pálidos lloriqueos en el muro de los lamentos de la historia.

tres. hace poco vi desarrollarse una pequeña tragedia. fue tan minuciosa y tan paulatina que me da la impresión de que la bordaron a mano.

a dos cuadras de mi casa había dos perros. uno, capaz de brincar muros de un solo salto, era apodado “el volador”. el otro, idéntico al primero sólo que sin los dones aéreos, era conocido como “el falso volador”. “el falso”, una vez en contexto y para evitarse la fatiga de enunciar una palabra de tres sílabas. ambos canes yacían comúnmente bajo una barda gris y fea que lo mismo resguardaban que les servía de hogar. allí se sentaban a contemplar la existencia con esa mirada sabia y estúpida que tienen los perros. allí llegaba la gente a darles de comer. de vez en vez, ambas bestias recorrían un poco el mundo: correteaban dos cuadras a la redonda, olisqueaban a otros perros, jadeaban por allí, se metían a terrenos baldíos a olfatear las plantas. su vida era intrascendente, y en esa intrascendencia, en ese pasar nada, estaba su felicidad.

hace un mes comenzaron a derrumbar la construcción que tenía la barda de los voladores alrededor. el proceso inició desde la casa del terreno, fea y en apariencia vacía, carente de pintura de tanto descuido. poco a poco, la destrucción de la casa alcanzó a la barda de los perros. sin mucha alharaca, un día no estaba allí. era un montón de cascajo que fueron a botar junto con el de la casa a quién sabe dónde. la barda desapareció y, con ella, los perros.

pero los perros siguen en la ciudad. los he visto. una vez, muy lejos de su antiguo hogar. me sorprendí mucho; mi novia también. qué raro, me dijo, nunca los había visto tan lejos de la barda. no supe qué contestar. otro día, a unas cuadras muy al sur del pueblo. son exploradores, diagnosticó mi novia, no encuentran dónde estar. y era verdad. los perros vagaban pero no desahuciados; al contrario, parecían trotar con alguna premura. pero, ¿a dónde iban, si no tienen barda, si nunca los veo ya en el mismo lugar, si están perdidos en este pueblito de la provincia mexicana?

cuatro. ayer los volví a ver. me dirigía a la tienda de la esquina donde solía estar su barda. ellos estaban en la otra cuadra, sentados en la acera, flacos y quizá hambrientos, mirando con fijeza el sitio en el que antes se echaban a guarecerse del sol. ya no hay barda, y juraría que esos perros tenían algo de melancolía en la mirada, algo de extrañamiento, algo de incomprensión. es probable que me equivoque. ~

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