fabio morábito, ‘las cartas comerciales’

cuando tenía doce años mi padre se dio cuenta de que yo escribía mejor que él, así que me pidió que lo ayudara a redactar unas cartas para sus clientes. había comprado un manual para ello, que me dio a leer para que me familiarizara con el lenguaje de ese tipo de correspondencia. en él se recopilaba un gran número de ejemplos de cartas comerciales, clasificándolas según diferentes criterios, uno de los cuales era cómo reconvenir a la otra parte negociadora por algún incumplimiento, porque una sección completa estaba dedicada a los reclamos, todo ello sin perder la pulcritud de una carta de negocios. leí el libro de cabo a rabo y aprendí rápidamente a imitar el estilo desapegado de esas misivas, no exento de una fina obsequiosidad. confieso que me emocionaban más que muchos libros de aventuras. unos preámbulos me dejaban hechizado, como éste: “con la presente me permito distraer su valiosa atención para notificarle que su pedido…, etc.”. distraer su valiosa atención: ¡qué frase admirable! yo sabía que nadie creía sinceramente en la valiosa atención de su destinatario, pero intuía que esta y otras fórmulas de esmerada cortesía debían de incidir de algún modo en una negociación, y me apresuré a incorporarlas en las cartas que escribía para mi padre. mi soltura alcanzó tal grado de maestría ante sus ojos, que dejó de revisarlas. las respuestas de sus clientes eran a vuelta de correo y descubrí que algunas de las fórmulas que yo había extraído del manual aparecían ahora en sus contestaciones. sus secretarias las habían adoptado, sin duda cautivadas por los mismos motivos que a mí me había llevado a utilizarlas. de seguro lo habían hecho sin reparar demasiado en ello, con mera eficiencia secretarial, pero ese contagio estilístico me causó una alegría profunda. me sentí leído, una emoción inédita para mí. por debajo del trato comercial, pues, algo fluía entre ellas y yo, más sutil que la transacción en curso. no dije nada a mi padre. me regañaría por no enfocarme en lo esencial y andarme por las ramas, como era mi costumbre y como lo ha sido siempre.

[de fabio morábito. aparecido originalmente en clarín. también aparece en el idioma materno, editado por sexto piso.]

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civilización, barbarie y carne asada

si la civilización escogiera una serie de emblemas que la representaran al dedillo, pocas dudas albergo respecto a que uno de ellos sería un jugoso filete de carne bien asada. no hay que darle muchas vueltas: una investigación aparecida en proceedings of the national academy of sciences dio cuenta de ello recientemente, alegando mediante no sé qué estudios y comprobaciones craneales entre los homínidos de hace 2.5 millones de años y los de hace 1.9 millones de años, que el consumo de carne cocida proporcionó más energía a los que con cursilería se llama “nuestros ancestros”. esa energía, a su vez, permitió que se realizaran en relativo poco tiempo cambios evolutivos que necesitaban, digámoslo coloquialmente, traer el tanque más lleno. entre estos cambios estaban, previsiblemente, cierta ampliación en el tamaño de los cerebros y algún considerable incremento en la masa corporal. así, legitimada por la ciencia establecida, la carne bien podría erigirse como una de las instituciones que facilitaron los cambios evolutivos, las consecuentes mejoras de la especie y, casi por carambola, la civilización. (queda, sin embargo, la duda de cómo habría reaccionado ante la noticia josé vasconcelos, de quien se dice que dijo que la civilización terminaba donde comenzaba la cultura de la carne asada.)

no obstante, y con todos los métodos, ancestrales o novedosos, que existen para asar o cocer la carne a través de la venerable vía de la llama ardiente, el filete de carne asada también puede representar lo contrario. en las circunstancias correctas –apuntemos unas cuantas: un marinado apresurado, un parrillero torpe, un paquete al que se le borró la fecha de vencimiento, entre otras posibles desgracias gastronómicas–, la cocción de la carne no mejora la consistencia del tejido animal. al revés: de cumplir con alguna de esas características, o con otras tantas que aquí no se estipulan, la carne se pone tiesa, dura, correosa. cierto es que hay algunos tipos de carne que buscan esa condición adrede. algunas cecinas que comí en mi infancia, por ejemplo, orgullosamente traídas de oaxaca por mi padre, cumplían esa condición de resistencia al diente que se hincaba en ellas. con todo y eso, no es la dureza una de las características más comunes de la carne que se come y se procura en el día a día.

pensemos en una postal de la cotidianeidad: una joven pareja va a la carnicería. saludan cortésmente –son nuevos en el barrio y, como estipulan las normas sociales, desean agradar en los metros que rodean a su hogar recién estrenado. afablemente, piden una arrachera y, por un descuido del carnicero, se llevan una porción de chambarete de res. ninguno de los dos sabe distinguir entre uno y otro; han vivido a base de comidas corridas, pizza y hamburguesas los últimos años, lejos de casa; no han sido entrenados en las artes culinarias e ignoran cabalmente las diferencias de consistencia entre esos filetes. ante ellos, todo luce igual: tejido animal, rojo y ligeramente sanguinolento. llegan a casa y se dividen las labores de la cocina –un estudio afirma que las parejas jóvenes que viven juntas pero no están casadas suelen distribuir de manera más equitativa las ocupaciones caseras, una muestra de equidad admirable– : yo marino, dice él, entusiasta; yo aso, dice ella, convencida de sus dotes frente a la parrilla. el encargado de sazonar, entonces, se dirige a google y ‘cómo marinar arrachera voy a tener suerte’. encuentra un encabezado que lo convence en mexican-authentic-recipes.com y lo pone en práctica. prepara una salsa con naranja, limón, orégano, soya, salsa inglesa, aceite (que sustituye por aceite de oliva: sabe bien que el colesterol es, casi casi, sinónimo de barbarie y descuido) y media cucharadita de pimienta. baña bien la carne; a continuación, disfruta amasando y manipulando esa porción de tejido humedecido; después, la deja en un refractario. acto seguido, se va a leer a la sala.

dos horas después, ella corta la carne y la pone a la parrilla mientras vigila con esmero. el olor se alza como un incienso carnívoro y glotón y sacude los apetitos de ambos; unos cuantos minutos después, la carne está lista. la sirven, acompañándola con guacamole y tortillas de harina pasadas por el sartén; acto seguido, se sientan a comer en una mesa de diseñador mientras sus ojos bailan con lujuria alrededor de sus respectivos filetes. comienzan a cortar y pese a encontrar cierta dureza, continúan; una vez que liberan una porción de suculento filete, se lo introducen a la boca solo para encontrarse con una enconada resistencia en los dientes. se miran a los ojos, preocupados, y notan que esta carne es difícil: dura, con tendones y fibras, es, pese al buen sabor, complicada de cortar. se encogen los hombros y es allí, en medio de muebles de diseñador, en un departamento en un tercer piso con varios relucientes artículos comprados a crédito; es allí, pues, en el centro mismo de la civilización contemporánea, que esta joven pareja se aproxima sin saberlo a los albores de la raza humana: mientras trabajosamente mastican y arrancan las proteínas a mordidas a la correosa carne asada, es casi imposible distinguir si estamos frente a unos oficinistas del siglo xxi o a unos primigenios cromañones que recién descubren las conveniencias de domar al fuego. ~

los últimos dinosaurios

manganelli dijo que un día –a lo mejor un jueves lluvioso– un dinosaurio genio llegó a la conclusión de que ser dueños de un mundo incomprensible exigía demasiado trabajo; y entonces comenzaron todos, de común acuerdo, a morir. a mí se me hace que no. los dinosaurios no murieron de común acuerdo; a los dinosaurios me los mataron. poquito a poco; no sé cuándo ni sé cómo, pero sé que me los mataron. acaso fuera una nave extraterrestre, nodriza y arrogante, la que disparó fulgurantes rayos láser que dejaron huellas de meteoros por todo el mundo; acaso fue un crononauta despistado el que tropezó y provocó una reacción en cadena que pudo deformar la continuidad de tiempo y espacio y destruir todo nuestro universo, pero que se conformó con matar a los dinosaurios.

sé con la certeza de un condenado a muerte que a los dinosaurios alguien me los mató: tímidos y pensativos como eran, no los creo capaces del suicidio.

* * *

no es capaz la raza humana de profesar un amor más puro que el que un niño siente hacia los dinosaurios.

dos balas perdidas

la gente se come los mocos, sorbe sus lágrimas, se muerde las uñas: está claro que el hombre muere de ganas por (auto) canibalizarse.

* * *

en pocas ocasiones se desvanece tanto la propia dignidad como al esperar en una fila, cargado de maletas. la dignidad es el deseo de no ser atrapado a mitad de una acción vergonzosa. es, digamos, el temor paralizante al sonrojo público. así, poca gente auténticamente digna: en realidad lo que hay es una escala de uno a diez del desparpajo.

holanda-méxico

holanda-méxico

1. (previa)

naturalmente, la superioridad holandesa intimidaba; méxico venía de menos a más y la esperanza, aunque creciente gracias al desempeño cada vez mejor de la selección, no puede despojarse en unas semanas de su calidad de flor de un día. el optimismo nacional siempre pende de un hilo: la zurda de un mediocampo, los reflejos de un portero, el impredecible esquema de un director técnico.

1.1   (postal de la memoria)

(del holanda-méxico de francia ’98 tengo varios recuerdos: los maestros de la lic. benito juárez donde estudié llevaron televisiones; las televisiones se pusieron en los pasillos de la escuela; todos vimos el partido al aire libre, vimos a ricardo pélaez y a luis hernández. los niños corrimos por toda la escuela con banderas de méxico: el júbilo a los diez años es una cosa nueva y fascinante que no se entera de ridículos.)

2. (primer tiempo)

el partido comenzó con una endeble superioridad mexicana, y la cosa no pudo pintar mejor cuando de jong salió apenas al minuto nueve, después de lastimarse de forma idiota y autónoma ante una impecable bicicleta del mexicano herrera. así, con ochenta minutos de juego por delante, holanda ya había consumido un cambio de a gratis. sucedió el primer tiempo: méxico dominaba, creaba jugadas, se animaba a tirar de afuera del área (quizá la mejor forma de anotarle a los holandeses). hacia el final de esa mitad, la desgracia inaugural: héctor moreno se lesionó después de una fuerte llegada sobre robben —un penal legítimo que el árbitro no marcó y que, quizá fortuitamente, selló el destino del equipo mexicano—. su lesión no fue cualquier cosa: una fractura de tibia que lo mantendrá lejos de la cancha durante cuatro o seis meses.

3. (medio tiempo)

no teníamos nada para ofrecerle a los invitados (ni a ellos parecía interesarles comer algo), así que picamos unos modestos cacahuates y bebimos una variedad de refrescos cuya enumeración es prescindible. joviales, nos lanzamos a la tienda por otras botanas: llevaba yo mi playera negra de la selección. en la calle había otros esperanzados: con la playera roja, con la verde, con la del sol azteca. era lo de menos: el chiste radica en sumarse a la colectividad del entusiasmo aunque sea por un día. el medio tiempo sirvió para contrastar ángulos en nuestra tribuna de cuatro asistentes: había quien no sentía el menor compromiso con el juego (“sirve para enmascarar cualquier otra deficiencia del gobierno en turno”, y la postura, aunque aguafiestas, no es precisamente mentirosa); había quien, mitad alemán y mitad mexicano, se sabía seguro: aunque méxico pierda, siempre tendrá de equipo alterno a la alemania, esa máquina asesina. los otros éramos conversos, dos escépticos del inicio del mundial: dos a quienes convenció el planteamiento del piojo, aunque el piojo nos desagrade; dos que aprendimos a estimar a layún y su ímpetu y su imposibilidad de concretar un centro; dos que decidimos darle la confianza a rafael márquez en su cuarto mundial. dos que, ese día, creíamos en el equipo mexicano sin pensar en televisoras o en imposiciones o en federaciones: dos que, despojados ya de ambages y prejuicios, sólo queríamos verlos ganar.

4. (segundo tiempo)

el juego se reanudó con reyes en lugar de moreno; tres minutos de dominación mexicana desembocaron en un golazo desde fuera del área de giovani dos santos. gio, el más inconsistente de nuestros héroes, anotaba lo que parecía un temprano gol de la victoria. trece minutos después, ante la mirada atónita de [desconozco cifra y no pienso ponerme a investigar, así que calculen a ojo de buen cubero cuál es el rating de un partido de octavos de final de copa del mundo] de televidentes, el piojo herrera sacó a dos santos y metió, válgame dios, a javier aquino, lo que significaba una claudicación expresa de la delantera. con aquino, acostumbrado a jugar ligeramente más atrás que dos santos, parecía que herrera no pretendía reforzar la delantera ni generar más jugadas sino, quizá, frenar el avance holandés. el cambio se antojó prematuro; un tantito medroso; detener la ofensiva mexicana en un momento en el que holanda era menos no lucía como la mejor de las opciones. sin embargo, qué hacerle: en el partido anterior, contra croacia, herrera metió a javier hernández y, aunque muchos le mentaron la madre, el cambio surtió efecto: derivó en un gol y en una jugada de gol. habría que esperar y darle la confianza al piojo. a fin de cuentas, no quedaba de otra.

pero el cambio no resultó afortunado. todo lo contrario: el mensaje fue escuchado fuerte y claro por el equipo mexicano, que no dudó en echarse atrás y ceder, maldita sea, el control de la pelota a holanda. una y otra vez, como al compás de un amenazante crescendo wagneriano, los oranjes comenzaron a disparar con firmeza a la portería resguardada por el casi canonizado ochoa. nada lo traspasaba: paco memo era un muro, era una fortaleza, era un castillo medieval. pero es imposible defender una fortaleza por siempre, por muy bien cimentados que estén sus muros: a dos minutos del final —dos míseros minutos; ciento veinte segundos en los que, de no hablar de un partido de futbol, poco o nada pasaría— sobrevino una segunda desgracia: sneijder pescó un balón al vuelo y lo fustigó con el empeine de su pie derecho. digámoslo sin romanticismos: esa pelota no flotó, no se sostuvo en el aire, no fue contemplada por la defensa sin que pudiera hacer nada. pocos la vieron y aún menos reaccionaron; el balón pasó como diablo entre los jugadores y acabó, sin que ochoa alcanzara siquiera a pestañear, en el fondo de las redes. a dos minutos del final, la pesadilla: el empate. holanda, que hacía un minuto se ahogaba en desesperación, ahora hundía a méxico en una negrura insondable. si el marcador se sostenía así, tiempos extra y a ver quién aguanta más. el panorama era oscurísimo.

4.1 (reajuste emocional)

(hablemos de la descompensación de ganar un partido en un minuto y empatarlo —o, peor aún, perderlo— al siguiente. conozco la sensación: cruz azul me la ha suministrado en varias ocasiones. recuerdo la final de concachampions de 2010, contra pachuca. cruz azul había ganado el partido de ida, jugado en el azul, dos goles contra uno, y empataba el de vuelta, jugando en el hidalgo, cero a cero, lo que le daba la victoria por marcador global. en el minuto 92—de tres que se agregaron—, benítez se dio una imprevisible vuelta en el área de cruz azul y fustigó a corona. gol de visitante vale doble, los tuzos del pachuca ganaban la concachampions. algo parecido pasó con la final cruz azul-américa del 2013, aquella del célebre festejo del piojo, carne de meme donde las haya. el empate en último minuto implica un reacomodo del corazón y los nervios para el que pocos están preparados. esos goles saben horrible: son la evidencia de que todo en lo que creíamos hacía apenas unos minutos era puro polvo, puro humo, pura pinche sombra.)

4.2 (últimos minutos)

vino la compensación —seis minutos que se antojaban como todo un partido nuevo, como un reinicio, vaya: como una eternidad— y, al minuto noventa y tres, la tragedia: arjen robben se dejaba caer después de un inexistente contacto con rafael márquez en el área mexicana. el árbitro le recetó a márquez su segunda tarjeta amarilla del torneo y decretó penal, que es lo mismo que anunciar que la propia cabeza le sirve de habitación a un aneurisma a punto de estallar.

4.3 (volver al futuro)

otra breve interrupción: conocí el resultado de la jugada —que tardó unos instantes en volverse penal— gracias a tuiter. nuestro streaming iba retrasado por un minuto o dos, así que, desesperado, consulté con mi teléfono y supe, gracias a un despiadado tuit de sopitas o de faitelson o alguno de esos inefables, que el árbitro había decidido que sí, que era penal, y que ese penal había sido transformado en el gol de la victoria holandesa y en el de la descalificación mexicana. dejé el teléfono sobre la mesa y enterré la mirada en el piso de la habitación. aunque éramos tan sólo cuatro, los ánimos bullían a tal grado que sólo pudo notarlo mi novia, quien me regaló una solidaria mano en la rodilla mientras los hechos sucedían en nuestra pantalla, diferidos e inalterables.

4.4 (dos a uno)

vi el penal de huntelaar nomás por no dejar. vi el balón girar en las redes, vi caer a paco memo, vi cómo los cuartos de final se nos desmoronaban en literales cinco minutos. el partido acabó y la pantalla mostró el marcador final: dos a uno. nuestros invitados se fueron, con los hombros encogidos pero indemnes. me habló gabriel: la voz se le adelgazaba por momentos, se le deshacía en risas forzadas en otros. javier, josé y víctor, mis perennes amigos de la preparatoria, se lamentaban amargamente en “mundialito”, el grupo de whatsapp en el que platicamos todo lo que sucede en brasil 2014. yo andaba igual. me fui a tirar a un sillón. la realidad no me dolía: más bien sentía el cráneo embotado, como si todo alrededor mío fuera bruma o agua evaporándose muy lentamente. como si estuviera rodeado por una densa nube de cenizas flotantes.

5. (arjen robben)

apareció un video en internet: una cámara siguió a arjen robben durante tres minutos que incluyen su clavado —al inicio del video— y su posterior reacción ante el penal, el momento en que le cede el balón a huntelaar para cobrar y cómo responde al gol de la victoria. leí varios comentarios al respecto, incluyendo algunos que apelaban al lenguaje corporal —“en el minuto 2:18 hace el gesto casual de un hijo de la chingada”, dijo alguien— y a la ausencia de celebración del jugador. yo no veo eso. no creo que robben le haya vendido el alma al diablo con ese clavado; no creo tampoco que, arrepentido por su acción, se haya visto imposibilitado para celebrar. el futbol no es así. si acaso, robben sabrá que márquez no lo tocó, pero entenderá —como entendería el mismo márquez, como debería entender el piojo herrera— que para ganar a veces hay que hacer trampa, jugar sucio, y que eso es, acaso irónicamente, un elemento muy válido del juego. la culpa no es de robben ni de su clavado; para entender esa actuación habría quizá que ahondar en la derrota de holanda a manos de españa en la final hace cuatro años; la culpa no es tampoco de la decisión del árbitro; para entender esa tarjeta amarilla y ese penal habría que remontarnos tal vez al primer tiempo del juego, en el que el silbante dejó de marcar un penal, jugada que, seguramente, vio en repetición durante el medio tiempo y que acaso lo empujó a marcar esa segunda jugada como falta y penal. la pantalla y la repetición nos hacen creer que conocemos el juego a fondo, que comprendemos lo que sucede en el campo, pero eso es sólo otro producto de la televisión, creada expresamente para mostrar ilusiones. la cámara lenta, el zoom, la repetición, el análisis detallado con gráficas y efectos especiales: sofisticadas mentiras para hacernos sentir expertos. por muchas pulgadas de largo que tenga la pantalla de nuestra sala, nunca tendrá los (más o menos) cien metros de la cancha oficial. por más alta que sea la definición de nuestra transmisión, jamás nos hará sentir las briznas del pasto que volaron con la caída de robben, el sudor de huntelaar antes de cobrar, el viento que desprendió ochoa al saltar hacia la derrota, el ruido que hizo el balón al revolcarse entre las redes de la portería, el llanto de miguel layún al escuchar el silbatazo final.

en fin. cuatro años para ver la película otra vez. rolling credits. fade to black. ~

 

[póster salido de acá.]

flujo interrumpido

back-to-the-future-

1.

alguien lo dejó sobre la mesita del cubículo que por entonces solía yo ocupar en la redacción de una revista de divulgación científica: marcado con plumón rojo, un rincón del diario anunciaba, con un encabezado de letras gruesas y mayúsculas, “viajar en el tiempo es posible”. la nota giraba en torno a un ingeniero, recién egresado de la universidad nacional autónoma de méxico, que afirmaba haber encontrado la clave del desplazamiento temporal. con todo y que el contenido parecía salido de una novela de ciencia ficción de aquellas que a principios del siglo xx se imprimían con tintas baratas sobre papel grueso, la noticia lucía fidedigna; el científico, real; sus ambiciones, firmes. acicateado por la posibilidad de una gran noticia en la que pocos hubieran reparado, decidí investigar más: copié el nombre del entusiasta ingeniero que se creía capaz de hacer retroceder el flujo de un reloj y marqué el número del instituto de investigaciones espacio-temporales de la unam. concertar una entrevista me tomó  tan sólo un par de transferencias a oscuras extensiones burocráticas.

2.

frente a mí se encontraba un hombre (si fuera más preciso debería escribir muchacho) que no superaba mi edad; lampiño, de rostro franco y afable, emisor de sonrisas sin mucho esfuerzo. su laboratorio, de impolutas paredes blancas, alojaba muy pocos objetos: de un lado, un escritorio minúsculo atiborrado de planos; en el otro extremo, una cabina de color azul en la que con facilidad podría introducirse un hombre adulto de pie. el doctor —tenía ya el título gracias a un método de estudio voraz y totalizante que me hizo preguntarme si mi carrera como periodista sin título tendría alguna clase de futuro— hablaba con soltura y explicaba a toda velocidad sus teorías. «no es tan difícil: si lo piensas un momento, el viaje en el tiempo existe y se realiza a diario: su velocidad es de un segundo por segundo hacia el futuro. todo el tiempo estamos avanzando hacia el futuro, desplazándonos en el tiempo. esa es la fuerza, digámoslo así, “natural” con la que el tiempo se mueve. sin embargo, hemos logrado doblegar otras fuerzas a través de la tecnología: hemos cambiado el rumbo de ríos; hemos manipulado las corrientes de viento a nuestra voluntad y hemos separado el átomo. frente a eso, cambiar de dirección y acelerar la velocidad a la que el tiempo se desplaza parece un reto más: ni mayor ni menor», culminaba, entusiasmado, casi jadeante. su discurso lo dejaba bien claro: el doctor era lo que se llama un true believer, un creyente convencido de su propia causa. dentro de él yacía una fuerza y un entusiasmo capaz de doblegar por sí mismo el curso del tiempo. al preguntarle por la motivación de su experimento, el joven doctor no titubeó: «pues como todos, ¿no? de niño vi volver al futuro y quedé fascinado. nomás que yo —a diferencia de la mayoría de los niños de mi edad, supongo— llevé mi obsesión hasta sus últimas consecuencias. me encantaría viajar en el tiempo y visitar la filmación de esa película», concluyó mientras calibraba unos controles ubicados en la parte posterior de la cabina. asentí con vigor: el periodismo científico me ha emborronado esa afición, pero yo mismo soy un fanático irredento de volver al futuro.

3.

poco más de un año después de esa entrevista, el resultado de las investigaciones del científico aficionado a volver al futuro apareció en primera plana nacional. después de que la gaceta de la unam anunciara que uno de los miembros del instituto de investigaciones espacio-temporales intentaría, finalmente, un viaje en el tiempo, la prensa del país se volcó sobre el laboratorio que yo había conocido tiempo atrás. en una conferencia a los medios, el joven doctor explicó con peras y manzanas el funcionamiento de su máquina, incluido el de un motor diminuto (“condensador de flujo”, lo llamó) que generaría un agujero de gusano en el que la cabina azul se despeñaría, “cayendo” —o “deslizándose”, porque caer implica un movimiento vertical, de espacio, y el movimiento sería más bien horizontal, de tiempo, por decirlo de una forma burda e inexacta— hasta aparecer en otra época, una no muy lejana, situada tan solo veintinueve años atrás: 1985. el doctor fijó la fecha para el inicio del viaje —o del intento del viaje—: sería transmitido en cadena nacional y con científicos invitados de toda parte del mundo. súbitamente, nuestro país se convirtió en el ombligo del mundo.

4.

delante de un cúmulo notable de políticos, redactores, fotógrafos y científicos de diversas nacionalidades —se rumoraba incluso que stephen hawking estaba siguiendo el experimento a través de una transmisión remota, pero nunca pudo corroborarse—, el científico aspirante a crononauta cruzó una línea azul dibujada en el suelo de su laboratorio. las notas de prensa consignan el relato con cierta claridad: el silencio se impuso en la habitación, mientras los flashes de las cámaras titilaban aquí y allá; los reporteros encargados de la transmisión por televisión guardaban también un respetuoso e inusual mutis; las crónicas reportaban gente en sus casas que torcía la boca en una mueca asimétrica que apenas y alcanzaría a tragarse el asombro despertado ante la posibilidad de viajar en el tiempo. los ratings televisivos superaron a los de la llegada a la luna e, incluso, los de la primera aparición de los beatles con ed sullivan. el crimen descendió hasta casi desaparecer. el índice de actividad de las oficinas burocráticas llegó al cero exacto (y algunos avezados periodistas reportaron que llegó aun más bajo). el metro de la ciudad circuló sin contratiempos durante el tiempo que duró el experimento. de alguna forma, el experimento ya había logrado su cometido antes de iniciar: alterar, a través de la suspensión, el flujo del tiempo.

en el laboratorio se facilitaron unas gafas oscuras a todos los asistentes, a fin de protegerlos de la radiación que emitiría la cabina al comenzar el procedimiento; el científico daba unas últimas indicaciones previas al inicio de su travesía. miró a su alrededor —acaso se despedía; tal vez buscaba conservar en la memoria el brillo metálico de la mirada de los hombres en esta época— y, tras unos segundos de expectación, agitó la mano en señal de despedida, abrió la puerta de su cabina y se introdujo sin mayor preámbulo. la cabina no giró sobre sí misma, no desprendió haces de luz, no emitió ninguna clase de olor: solo permaneció allí, inerte. quince minutos pasaron para que el resto del equipo se acercara a la puerta, que opuso casi nula resistencia y reveló, al abrirse, una cabina vacía, deshabitada. del científico solo quedaba un diminuto cúmulo de cenizas; sus colaboradores dieron por sentado que la energía de la operación había sido excesiva, y que habría terminado por calcinar cualquier cuerpo dentro de la cabina. las notas de prensa no supieron explicar el vacío los momentos siguientes; decepcionados, los redactores se limitaron a afirmar que el experimento había sido un fracaso, que el científico jamás sería visto de nuevo, que el viaje del tiempo nunca dejó de ser una imposible quimera perseguida por algunos cuantos necios. cabizbajos, los reporteros internacionales volvieron a sus países con la noticia de una derrota.

méxico, d.f., 2014

post scríptum de septiembre de 2015. si bien el relato anterior apareció en un número dedicado a los viajes en el tiempo de la revista de divulgación en la que solía trabajar, la última parte de la historia  no está contada de primera mano por la sencilla razón de que cuando sucedió yo ya no estaba en el equipo de aquella publicación. un par de semanas después de entrevistar al fallido crononauta, pedí mi transferencia a una revista de cine que pertenecía a los mismos dueños que la publicación en la que me encontraba, y estos aceptaron gustosos. así, mediante la intervención de este joven científico a quien nunca pude agradecer por encauzarme de nuevo hacia mis auténticos gustos, me encontré en poco tiempo viendo películas, escribiendo crítica, entrevistando a directores y actores. no tardé en adaptarme, y más pronto que tarde ascendí en el equipo editorial. hace apenas dos meses se conmemoraron los treinta años del lanzamiento de volver al futuro, y la revista, movida en parte por mis impulsos, lanzó un número dedicado a la película. me correspondió escribir una crítica de aquella cinta, responsable en gran parte de mi obsesivo amor al cine, así que tuve que revisarla. instalado en el sillón de mi departamento, con una libreta para anotar a un lado, comencé a verla después de varios años. tuve que detenerla cuando noté, en la escena en la que marty mcfly escapa de biff tannen, deslizándose sobre una patineta por todo hill valley, un rostro conocido: en medio de la multitud que resplandecía en mi pantalla, se encontraba el joven crononauta que todo el mundo daba por muerto. pausé la película en el acto y me concentré en lo que veía: su cara, extática, estaba semicongelada en una expresión de júbilo y dicha inconmensurable. puse pausa, retrocedí y volví a correr la escena: esa expresión franca me era totalmente familiar; sus vítores eran casi más audibles que los del grupo de extras que lo acompañaban, y me resultaba entonces claro que aquel científico de la unam había logrado cabalmente su cometido. por supuesto, no puedo contar esto a nadie sin que parezca que me chiflé por completo, y es por ello que prefiero relatar los hechos en esta posdata: mi historia peca, entre otras cosas, de ser absolutamente imposible de comprobar, y sus formas se parecen más a las de un relato fantástico que a las de una crónica, aunque los hechos estén más cerca de la realidad que de la ficción. ~

las penas con panini son buenas

panini-64-118

1.

vivimos en un mundo —en una parte del mundo, al menos— que condena el ocio con intensidad. día a día vemos autoridades en sus más diversas encarnaciones señalar con índice de fuego a los huevones, a los holgazanes, a todos aquellos que, permítanme las comillas, “pierden el tiempo”. “no pierdas el tiempo”, nos dicen mientras se acomodan las corbatas y salen, marchando, a tomar el autobús que los lleve a sus cubículos, modernas galeras en las que pasarán toda la mañana remando gustosamente. curioso giro del destino el que nos embargó, haciéndonos felices esclavos; jubilosos jornaleros que acuden, sonrientes, a las tiendas de raya que decoran las grandes avenidas. la hueva está castigada, no por los códigos penales del mundo, sino por otra ley: la social, la que establecemos todos los días en el cotidiano trajinar.

y, sin embargo, la hueva también es premio. la pereza es símbolo de distinción; en méxico el flojo pobre es un holgazán y el flojo rico, un bon vivant. el entorno de la pereza lo es todo: un hombre haraganeando encima de un montón de llantas de hule en un taller mecánico será, muy probablemente, un huevonazo que no está cumpliendo con su chamba; otro, recostado en la misma posición en un diván estilo luis xvi mientras sonríe con apostura para la portada de la quién, será un socialité.

así es la dualidad de la pereza: los mismo la condenamos que la aplaudimos. la flojera, el bostezo, la hueva, la haraganería, el ganduleo, la poltronería, la dejadez, el descuido, la desidia, la vagancia: formas todas del ocio; y de todas estas manifestaciones del desgano, pocas tan fascinantes como las que ejerce el desempleado voluntario. así era mi amigo je1: un huevón convencido, un perezoso por convicción.

2.

je fue un flojo empedernido desde que nos conocimos. estudiamos en la misma secundaria y en la misma preparatoria; ambos poseíamos un promedio similar —bajísimo, como es natural— y disfrutábamos de saltarnos clases para perder el tiempo en la escuela y sus alrededores de las más diversas formas. la diferencia entre je y yo es una sola: aunque ambos somos haraganes sin remedio, a mí se me maldijo desde temprana edad con una severa educación de cristiano protestante. en mi familia los flojos no son bien vistos, y muy a mi pesar y con inmenso dolor, me he visto impelido a trabajar. una y otra vez lo he intentado: me he endeudado con el banco, he intentado vivir a expensas de otros, he dejado de pagar la renta por varios meses, he renunciado a trabajos solo por dormir un rato más. es una misión imposible de cumplir: siempre vuelvo arrastrándome, con aún menos dignidad de la que de por sí tenía al momento de desentenderme; siempre me invade la misma potente y quemante sensación de culpa. termino pagando las deudas en medio de disculpas y con largos periodos de diferencia2 entre cada pago; termino tomando otro trabajo, más jodido que el anterior, termino arrepintiéndome profundamente y pidiéndole a algún ser más poderoso que yo que por favor me perdone —eso porque, además, soy la peor clase de cristiano protestante posible: cristiano protestante ateo.

mi amigo je no es así. él duerme el sueño de los justos con las tarjetas de crédito a tope; puede pasar temporadas enteras huyendo de la casera y volver de cuando en cuando para, con una sonrisa, prolongar su de por sí extendida prórroga. mago de las extensiones, maestro de las faltas, amo de las concesiones. je sabe cómo vivir cómodamente a expensas de los demás y no siente culpa por ello. acaso sea por su educación católica, me he dicho infinidad de veces mientras me corroe la envidia —y el estrés, los comienzos de calvicie, las ojeras que subrayan no los ojos sino el mentón, la piel deteriorada por efecto del mal funcionamiento de mi estropeado sistema nervioso. yo pertenezco a la clase trabajadora que no quiere trabajar pero que no tiene de otra, formo parte del grupo social de los descontentos que se levantan temprano a fuerzas.

3.

permítaseme trazar el retrato de je con una anécdota:

como tantos otros perezosos consumados, je experimenta un auténtico fanatismo por el fútbol. esta afición desmedida se ha visto manifestada en diferentes formas: compras impulsivas de balones, jerseys y demás parafernalia futbolera; clases saltadas con tal de perseguir el balón en una pequeña cancha de concreto con porterías de tubos oxidados; tardes enteras consumidas frente al televisor con la compañía de unas cuantas caguamas, una bolsa enorme de sabritas y una botella de tamaño considerable de salsa valentina. la última y más reciente encarnación del cariño de je por el fútbol fue una fijación casi enfermiza por terminar de coleccionar las estampitas del álbum panini del mundial de brasil 2014.

apenas se anunció el lanzamiento del álbum y je ya deambulaba con el ímpetu de un león hambriento alrededor de los kioscos de su ciudad. cada una de las fibras de su ser experimentó así una intensa concentración. a partir de la aparición de los primeros sobres de estampitas, je cambió: ya no era el hombre apático con el que yo crecí, el joven flojonazo con el que había convivido toda mi vida. en su mirada se adivinaba la ferocidad de un depredador en plena cacería, el furioso filo de la espada de un guerrero. je era, ahora, un hombre con una misión: completar ese álbum, llenar sus hojas de papel barato con esas pequeñas figuras rectangulares de couché delgado que llevaban impresas las fotografías de famosos jugadores. ante el asombro de propios y extraños, je transformó su apatía en impulso, su flojera en causa, su pereza en energía vital.

enrachado, mi amigo se unió a un grupo de facebook en el que la gente se ponía de acuerdo para intercambiar estampitas3 en diversos puntos de la ciudad. no tardó mucho en tomar el liderazgo del grupo de facebook y en comandarlo hacia la victoria. je era ahora un tipo ocupado: parte importante del día se le iba en coordinar reuniones en plazas, en parques, en lugares públicos de la índole más diversa; después de acudir a una reunión corría como ejecutivo estresado a vender las estampitas repetidas en la pizzería más cercana a un desconocido con el que había quedado en su grupo virtual; sin comer, marchaba decidido al punto de la siguiente reunión, donde intercambiaba otro montón de estampitas y, con suerte, vendía otras tantas; acto seguido, abría su teléfono solo para contestar preguntas, acordar nuevas reuniones, concretar nuevos tratos. al final, llegada la noche, se recogía en su diminuto cuarto de estudiante —aunque je tiene ya más de 25 años, la ausencia de sueldo constante lo ha hecho acomodarse muy a gusto en una pequeña habitación usualmente destinada a universitarios recién egresados de la preparatoria— y hacía cuentas: marcaba sus nuevas estampitas, tachaba las que ya tenía, acomodaba sus repetidas, colocaba con primor y pegamento sus más recientes adquisiciones. una vez hecho esto se percataba de que, como sherlock holmes cuando cazaba a un criminal, había olvidado probar bocado en todo el día, inserto como estaba en el frenesí de la recolección de estampitas. acto seguido, je dormía, dormía sin pensar en las deudas o en la renta o en la novia que lo dejó por no conseguir trabajo. je dormía y soñaba, y soñaba con el álbum panini.

la locura duró cerca de un mes. sus amigos lo instaban a desistir, sus padres amenazaron con cortar el ya escaso flujo de depósitos que aún seguían enviándole a su pequeño cuclillo. cada día que pasaba era un día en el que je estaba más lejos de la humanidad pero más cerca de llenar el álbum.

un día, mientras caminaba por una avenida del centro de su ciudad —a tan solo cinco estampitas de terminar su misión—, je se encontró con un kiosco en el que ponían en una cartulina verde fosforescente se cambia estampitas albun panini. su corazón dio un mortal en reversa ante la noticia y se acercó, sigiloso como un zorro, a preguntar. una señora de no pocas carnes y voz aguda le dijo que sí, que allí se cambiaban estampitas y que por favor le dijera cuáles le interesaban. je le pasó su lista con mano temblorosa. la tendera le echó un despreocupado ojo al trémulo papelito y mañana te las tengo, dijo con la ligereza de quien espanta una mosca. mi amigo estalló en alegría y marchó corriendo hacia su pequeña habitación, donde no pudo conciliar el sueño a fuerza de puros nervios. por la tarde, je fue a la facultad de derecho —a la que tenía, para efectos prácticos, abandonada— a vender otras de las estampitas que le sobraban, pero casi no conserva recuerdo de esto: vivía ya en una ensoñación gloriosa, en una cálida ilusión, en una suave porción de esperanza. al día siguiente el álbum estaría lleno, se dijo, y todo estaría en orden con el mundo.

tras una noche intranquila en la que tuvo un par de terribles pesadillas en las que su preciado tesoro caía en las manos menos adecuadas, je emprendió el camino al centro de la ciudad. casi le molestó el aire prosaico con el que la vendedora le quitó dos estampitas de más porque es que esa de los estadios que te falta está bien difícil de conseguir, chavo, pero cedió en la negociación: los hombres saben recibir, pero los hombres de verdad saben también dar. al fin lo había logrado: el álbum estaba completo. como un mapache triunfante que acaba de arrebatarle un cangrejo al río, je corrió cuesta abajo por las calles, esquivó obras en construcción, evadió vendedores ambulantes, se escurrió por encima de la barda con tal de que no lo viera la casera. abrió la puerta de su cuarto y se abalanzó sobre su álbum, besándole los ribetes mientras destapaba su pritt y colocaba con fervor las recién adquiridas estampitas. después de un mes de empeño y tesón, su álbum panini tenía los 648 cromos que lo completaban. y ahora que ya acabaste el álbum qué vas a hacer, le pregunté mientras nos comíamos una pizza que él había invitado con las ganancias de una venta particularmente buena de estampitas. no sé, contestó mientras masticaba con fruición y miraba la final de la champions en el televisor de la pizzería, supongo que conseguir trabajo.

4.

a manera de epílogo:

la relación de je con el álbum panini no terminó allí. después de un periodo de dos días de reflexión, en el que mi amigo meditó profusamente acerca de todo lo que había perdido con tal de llenar ese cúmulo de papel —que ahora adornaba la parte más alta de su mejor estante de plástico reciclado—, je recibió un llamado inesperado. un compañero de generación, abogadillo hijo de abogado, le anunció vía whatsapp que su padre, poseedor de un despacho en uno de los mejores edificios del centro de la ciudad, quería ver sus estampitas repetidas, a ver si alguna le servía. je, que es flojo pero no idiota, vio allí su oportunidad de oro, y acudió con presteza a la cita con una camisa nueva, bien fajado y con un corte de cabello recién hecho. una vez en el despacho —un cuartote de paredes forradas con duela, alfombra roja y rancios títulos universitarios con marcos dorados colgados por doquier—, je le mostró al licenciado las estampitas que le sobraban. resultó que varias le sirvieron al abogadazo, quien enseguida trabó conversación con mi amigo respecto al fútbol, primero, y al ejercicio del derecho, después. la cosa está bien difícil, mi lic, comenzó je, fíjese que ando busque y busque y nomás no sale nada. cómo va a ser, le respondió, indignado, el leguleyo, ¿en qué le gustaría desempeñarse a usted? pues a mí me gusta el derecho en lo general pero el laboral en lo particular, aventuró mi amigo. no se diga más, joven colega, véngase para acá el lunes y seguro le conseguimos algo, total que se acaba de ir el asistente del litigante laboral y andamos cazando a ver si sale otro…

hace dos semanas que vi a je, en un restorán en el que mi licenciado amigo me invitó un fino corte de arrachera, lo encontré hecho ya un abogado litigante, encargado de delegar un montón de casos para que su asistente le hiciera la chamba y se pudiera cobrar a gusto y sin mayores complicaciones. en lo que cortaba su filete, admirado de la suavidad de la carne, je reía complacido, y yo por dentro no podía menos que maldecirlo mientras me devanaba los sesos pensando en cómo iba a entrar a mi departamento sin que la casera se diera cuenta. ~


1 las iniciales son verdaderas; el nombre lo omito porque, aunque huevón, je no es cínico. o sí, pero no al grado tal de dejar que su nombre aparezca completito.

2 debo no niego, pago no tengo”, como dice el famoso refrán que aprende uno apenas pone un pie en cualquier facultad de derecho.

3las microsociedades salvarán al mundo”, dijo spinoza en algún momento, y esos grupos de facebook son quizá la mejor prueba.


una versión de este ensayo será publicada en el número 34 de revista clarimonda, en morelia.