fabio morábito, ‘las cartas comerciales’

cuando tenía doce años mi padre se dio cuenta de que yo escribía mejor que él, así que me pidió que lo ayudara a redactar unas cartas para sus clientes. había comprado un manual para ello, que me dio a leer para que me familiarizara con el lenguaje de ese tipo de correspondencia. en él se recopilaba un gran número de ejemplos de cartas comerciales, clasificándolas según diferentes criterios, uno de los cuales era cómo reconvenir a la otra parte negociadora por algún incumplimiento, porque una sección completa estaba dedicada a los reclamos, todo ello sin perder la pulcritud de una carta de negocios. leí el libro de cabo a rabo y aprendí rápidamente a imitar el estilo desapegado de esas misivas, no exento de una fina obsequiosidad. confieso que me emocionaban más que muchos libros de aventuras. unos preámbulos me dejaban hechizado, como éste: “con la presente me permito distraer su valiosa atención para notificarle que su pedido…, etc.”. distraer su valiosa atención: ¡qué frase admirable! yo sabía que nadie creía sinceramente en la valiosa atención de su destinatario, pero intuía que esta y otras fórmulas de esmerada cortesía debían de incidir de algún modo en una negociación, y me apresuré a incorporarlas en las cartas que escribía para mi padre. mi soltura alcanzó tal grado de maestría ante sus ojos, que dejó de revisarlas. las respuestas de sus clientes eran a vuelta de correo y descubrí que algunas de las fórmulas que yo había extraído del manual aparecían ahora en sus contestaciones. sus secretarias las habían adoptado, sin duda cautivadas por los mismos motivos que a mí me había llevado a utilizarlas. de seguro lo habían hecho sin reparar demasiado en ello, con mera eficiencia secretarial, pero ese contagio estilístico me causó una alegría profunda. me sentí leído, una emoción inédita para mí. por debajo del trato comercial, pues, algo fluía entre ellas y yo, más sutil que la transacción en curso. no dije nada a mi padre. me regañaría por no enfocarme en lo esencial y andarme por las ramas, como era mi costumbre y como lo ha sido siempre.

[de fabio morábito. aparecido originalmente en clarín. también aparece en el idioma materno, editado por sexto piso.]

civilización, barbarie y carne asada

si la civilización escogiera una serie de emblemas que la representaran al dedillo, pocas dudas albergo respecto a que uno de ellos sería un jugoso filete de carne bien asada. no hay que darle muchas vueltas: una investigación aparecida en proceedings of the national academy of sciences dio cuenta de ello recientemente, alegando mediante no sé qué estudios y comprobaciones craneales entre los homínidos de hace 2.5 millones de años y los de hace 1.9 millones de años, que el consumo de carne cocida proporcionó más energía a los que con cursilería se llama “nuestros ancestros”. esa energía, a su vez, permitió que se realizaran en relativo poco tiempo cambios evolutivos que necesitaban, digámoslo coloquialmente, traer el tanque más lleno. entre estos cambios estaban, previsiblemente, cierta ampliación en el tamaño de los cerebros y algún considerable incremento en la masa corporal. así, legitimada por la ciencia establecida, la carne bien podría erigirse como una de las instituciones que facilitaron los cambios evolutivos, las consecuentes mejoras de la especie y, casi por carambola, la civilización. (queda, sin embargo, la duda de cómo habría reaccionado ante la noticia josé vasconcelos, de quien se dice que dijo que la civilización terminaba donde comenzaba la cultura de la carne asada.)

no obstante, y con todos los métodos, ancestrales o novedosos, que existen para asar o cocer la carne a través de la venerable vía de la llama ardiente, el filete de carne asada también puede representar lo contrario. en las circunstancias correctas –apuntemos unas cuantas: un marinado apresurado, un parrillero torpe, un paquete al que se le borró la fecha de vencimiento, entre otras posibles desgracias gastronómicas–, la cocción de la carne no mejora la consistencia del tejido animal. al revés: de cumplir con alguna de esas características, o con otras tantas que aquí no se estipulan, la carne se pone tiesa, dura, correosa. cierto es que hay algunos tipos de carne que buscan esa condición adrede. algunas cecinas que comí en mi infancia, por ejemplo, orgullosamente traídas de oaxaca por mi padre, cumplían esa condición de resistencia al diente que se hincaba en ellas. con todo y eso, no es la dureza una de las características más comunes de la carne que se come y se procura en el día a día.

pensemos en una postal de la cotidianeidad: una joven pareja va a la carnicería. saludan cortésmente –son nuevos en el barrio y, como estipulan las normas sociales, desean agradar en los metros que rodean a su hogar recién estrenado. afablemente, piden una arrachera y, por un descuido del carnicero, se llevan una porción de chambarete de res. ninguno de los dos sabe distinguir entre uno y otro; han vivido a base de comidas corridas, pizza y hamburguesas los últimos años, lejos de casa; no han sido entrenados en las artes culinarias e ignoran cabalmente las diferencias de consistencia entre esos filetes. ante ellos, todo luce igual: tejido animal, rojo y ligeramente sanguinolento. llegan a casa y se dividen las labores de la cocina –un estudio afirma que las parejas jóvenes que viven juntas pero no están casadas suelen distribuir de manera más equitativa las ocupaciones caseras, una muestra de equidad admirable– : yo marino, dice él, entusiasta; yo aso, dice ella, convencida de sus dotes frente a la parrilla. el encargado de sazonar, entonces, se dirige a google y ‘cómo marinar arrachera voy a tener suerte’. encuentra un encabezado que lo convence en mexican-authentic-recipes.com y lo pone en práctica. prepara una salsa con naranja, limón, orégano, soya, salsa inglesa, aceite (que sustituye por aceite de oliva: sabe bien que el colesterol es, casi casi, sinónimo de barbarie y descuido) y media cucharadita de pimienta. baña bien la carne; a continuación, disfruta amasando y manipulando esa porción de tejido humedecido; después, la deja en un refractario. acto seguido, se va a leer a la sala.

dos horas después, ella corta la carne y la pone a la parrilla mientras vigila con esmero. el olor se alza como un incienso carnívoro y glotón y sacude los apetitos de ambos; unos cuantos minutos después, la carne está lista. la sirven, acompañándola con guacamole y tortillas de harina pasadas por el sartén; acto seguido, se sientan a comer en una mesa de diseñador mientras sus ojos bailan con lujuria alrededor de sus respectivos filetes. comienzan a cortar y pese a encontrar cierta dureza, continúan; una vez que liberan una porción de suculento filete, se lo introducen a la boca solo para encontrarse con una enconada resistencia en los dientes. se miran a los ojos, preocupados, y notan que esta carne es difícil: dura, con tendones y fibras, es, pese al buen sabor, complicada de cortar. se encogen los hombros y es allí, en medio de muebles de diseñador, en un departamento en un tercer piso con varios relucientes artículos comprados a crédito; es allí, pues, en el centro mismo de la civilización contemporánea, que esta joven pareja se aproxima sin saberlo a los albores de la raza humana: mientras trabajosamente mastican y arrancan las proteínas a mordidas a la correosa carne asada, es casi imposible distinguir si estamos frente a unos oficinistas del siglo xxi o a unos primigenios cromañones que recién descubren las conveniencias de domar al fuego. ~

flujo interrumpido

back-to-the-future-

1.

alguien lo dejó sobre la mesita del cubículo que por entonces solía yo ocupar en la redacción de una revista de divulgación científica: marcado con plumón rojo, un rincón del diario anunciaba, con un encabezado de letras gruesas y mayúsculas, “viajar en el tiempo es posible”. la nota giraba en torno a un ingeniero, recién egresado de la universidad nacional autónoma de méxico, que afirmaba haber encontrado la clave del desplazamiento temporal. con todo y que el contenido parecía salido de una novela de ciencia ficción de aquellas que a principios del siglo xx se imprimían con tintas baratas sobre papel grueso, la noticia lucía fidedigna; el científico, real; sus ambiciones, firmes. acicateado por la posibilidad de una gran noticia en la que pocos hubieran reparado, decidí investigar más: copié el nombre del entusiasta ingeniero que se creía capaz de hacer retroceder el flujo de un reloj y marqué el número del instituto de investigaciones espacio-temporales de la unam. concertar una entrevista me tomó  tan sólo un par de transferencias a oscuras extensiones burocráticas.

2.

frente a mí se encontraba un hombre (si fuera más preciso debería escribir muchacho) que no superaba mi edad; lampiño, de rostro franco y afable, emisor de sonrisas sin mucho esfuerzo. su laboratorio, de impolutas paredes blancas, alojaba muy pocos objetos: de un lado, un escritorio minúsculo atiborrado de planos; en el otro extremo, una cabina de color azul en la que con facilidad podría introducirse un hombre adulto de pie. el doctor —tenía ya el título gracias a un método de estudio voraz y totalizante que me hizo preguntarme si mi carrera como periodista sin título tendría alguna clase de futuro— hablaba con soltura y explicaba a toda velocidad sus teorías. «no es tan difícil: si lo piensas un momento, el viaje en el tiempo existe y se realiza a diario: su velocidad es de un segundo por segundo hacia el futuro. todo el tiempo estamos avanzando hacia el futuro, desplazándonos en el tiempo. esa es la fuerza, digámoslo así, “natural” con la que el tiempo se mueve. sin embargo, hemos logrado doblegar otras fuerzas a través de la tecnología: hemos cambiado el rumbo de ríos; hemos manipulado las corrientes de viento a nuestra voluntad y hemos separado el átomo. frente a eso, cambiar de dirección y acelerar la velocidad a la que el tiempo se desplaza parece un reto más: ni mayor ni menor», culminaba, entusiasmado, casi jadeante. su discurso lo dejaba bien claro: el doctor era lo que se llama un true believer, un creyente convencido de su propia causa. dentro de él yacía una fuerza y un entusiasmo capaz de doblegar por sí mismo el curso del tiempo. al preguntarle por la motivación de su experimento, el joven doctor no titubeó: «pues como todos, ¿no? de niño vi volver al futuro y quedé fascinado. nomás que yo —a diferencia de la mayoría de los niños de mi edad, supongo— llevé mi obsesión hasta sus últimas consecuencias. me encantaría viajar en el tiempo y visitar la filmación de esa película», concluyó mientras calibraba unos controles ubicados en la parte posterior de la cabina. asentí con vigor: el periodismo científico me ha emborronado esa afición, pero yo mismo soy un fanático irredento de volver al futuro.

3.

poco más de un año después de esa entrevista, el resultado de las investigaciones del científico aficionado a volver al futuro apareció en primera plana nacional. después de que la gaceta de la unam anunciara que uno de los miembros del instituto de investigaciones espacio-temporales intentaría, finalmente, un viaje en el tiempo, la prensa del país se volcó sobre el laboratorio que yo había conocido tiempo atrás. en una conferencia a los medios, el joven doctor explicó con peras y manzanas el funcionamiento de su máquina, incluido el de un motor diminuto (“condensador de flujo”, lo llamó) que generaría un agujero de gusano en el que la cabina azul se despeñaría, “cayendo” —o “deslizándose”, porque caer implica un movimiento vertical, de espacio, y el movimiento sería más bien horizontal, de tiempo, por decirlo de una forma burda e inexacta— hasta aparecer en otra época, una no muy lejana, situada tan solo veintinueve años atrás: 1985. el doctor fijó la fecha para el inicio del viaje —o del intento del viaje—: sería transmitido en cadena nacional y con científicos invitados de toda parte del mundo. súbitamente, nuestro país se convirtió en el ombligo del mundo.

4.

delante de un cúmulo notable de políticos, redactores, fotógrafos y científicos de diversas nacionalidades —se rumoraba incluso que stephen hawking estaba siguiendo el experimento a través de una transmisión remota, pero nunca pudo corroborarse—, el científico aspirante a crononauta cruzó una línea azul dibujada en el suelo de su laboratorio. las notas de prensa consignan el relato con cierta claridad: el silencio se impuso en la habitación, mientras los flashes de las cámaras titilaban aquí y allá; los reporteros encargados de la transmisión por televisión guardaban también un respetuoso e inusual mutis; las crónicas reportaban gente en sus casas que torcía la boca en una mueca asimétrica que apenas y alcanzaría a tragarse el asombro despertado ante la posibilidad de viajar en el tiempo. los ratings televisivos superaron a los de la llegada a la luna e, incluso, los de la primera aparición de los beatles con ed sullivan. el crimen descendió hasta casi desaparecer. el índice de actividad de las oficinas burocráticas llegó al cero exacto (y algunos avezados periodistas reportaron que llegó aun más bajo). el metro de la ciudad circuló sin contratiempos durante el tiempo que duró el experimento. de alguna forma, el experimento ya había logrado su cometido antes de iniciar: alterar, a través de la suspensión, el flujo del tiempo.

en el laboratorio se facilitaron unas gafas oscuras a todos los asistentes, a fin de protegerlos de la radiación que emitiría la cabina al comenzar el procedimiento; el científico daba unas últimas indicaciones previas al inicio de su travesía. miró a su alrededor —acaso se despedía; tal vez buscaba conservar en la memoria el brillo metálico de la mirada de los hombres en esta época— y, tras unos segundos de expectación, agitó la mano en señal de despedida, abrió la puerta de su cabina y se introdujo sin mayor preámbulo. la cabina no giró sobre sí misma, no desprendió haces de luz, no emitió ninguna clase de olor: solo permaneció allí, inerte. quince minutos pasaron para que el resto del equipo se acercara a la puerta, que opuso casi nula resistencia y reveló, al abrirse, una cabina vacía, deshabitada. del científico solo quedaba un diminuto cúmulo de cenizas; sus colaboradores dieron por sentado que la energía de la operación había sido excesiva, y que habría terminado por calcinar cualquier cuerpo dentro de la cabina. las notas de prensa no supieron explicar el vacío los momentos siguientes; decepcionados, los redactores se limitaron a afirmar que el experimento había sido un fracaso, que el científico jamás sería visto de nuevo, que el viaje del tiempo nunca dejó de ser una imposible quimera perseguida por algunos cuantos necios. cabizbajos, los reporteros internacionales volvieron a sus países con la noticia de una derrota.

méxico, d.f., 2014

post scríptum de septiembre de 2015. si bien el relato anterior apareció en un número dedicado a los viajes en el tiempo de la revista de divulgación en la que solía trabajar, la última parte de la historia  no está contada de primera mano por la sencilla razón de que cuando sucedió yo ya no estaba en el equipo de aquella publicación. un par de semanas después de entrevistar al fallido crononauta, pedí mi transferencia a una revista de cine que pertenecía a los mismos dueños que la publicación en la que me encontraba, y estos aceptaron gustosos. así, mediante la intervención de este joven científico a quien nunca pude agradecer por encauzarme de nuevo hacia mis auténticos gustos, me encontré en poco tiempo viendo películas, escribiendo crítica, entrevistando a directores y actores. no tardé en adaptarme, y más pronto que tarde ascendí en el equipo editorial. hace apenas dos meses se conmemoraron los treinta años del lanzamiento de volver al futuro, y la revista, movida en parte por mis impulsos, lanzó un número dedicado a la película. me correspondió escribir una crítica de aquella cinta, responsable en gran parte de mi obsesivo amor al cine, así que tuve que revisarla. instalado en el sillón de mi departamento, con una libreta para anotar a un lado, comencé a verla después de varios años. tuve que detenerla cuando noté, en la escena en la que marty mcfly escapa de biff tannen, deslizándose sobre una patineta por todo hill valley, un rostro conocido: en medio de la multitud que resplandecía en mi pantalla, se encontraba el joven crononauta que todo el mundo daba por muerto. pausé la película en el acto y me concentré en lo que veía: su cara, extática, estaba semicongelada en una expresión de júbilo y dicha inconmensurable. puse pausa, retrocedí y volví a correr la escena: esa expresión franca me era totalmente familiar; sus vítores eran casi más audibles que los del grupo de extras que lo acompañaban, y me resultaba entonces claro que aquel científico de la unam había logrado cabalmente su cometido. por supuesto, no puedo contar esto a nadie sin que parezca que me chiflé por completo, y es por ello que prefiero relatar los hechos en esta posdata: mi historia peca, entre otras cosas, de ser absolutamente imposible de comprobar, y sus formas se parecen más a las de un relato fantástico que a las de una crónica, aunque los hechos estén más cerca de la realidad que de la ficción. ~

las penas con panini son buenas

panini-64-118

1.

vivimos en un mundo —en una parte del mundo, al menos— que condena el ocio con intensidad. día a día vemos autoridades en sus más diversas encarnaciones señalar con índice de fuego a los huevones, a los holgazanes, a todos aquellos que, permítanme las comillas, “pierden el tiempo”. “no pierdas el tiempo”, nos dicen mientras se acomodan las corbatas y salen, marchando, a tomar el autobús que los lleve a sus cubículos, modernas galeras en las que pasarán toda la mañana remando gustosamente. curioso giro del destino el que nos embargó, haciéndonos felices esclavos; jubilosos jornaleros que acuden, sonrientes, a las tiendas de raya que decoran las grandes avenidas. la hueva está castigada, no por los códigos penales del mundo, sino por otra ley: la social, la que establecemos todos los días en el cotidiano trajinar.

y, sin embargo, la hueva también es premio. la pereza es símbolo de distinción; en méxico el flojo pobre es un holgazán y el flojo rico, un bon vivant. el entorno de la pereza lo es todo: un hombre haraganeando encima de un montón de llantas de hule en un taller mecánico será, muy probablemente, un huevonazo que no está cumpliendo con su chamba; otro, recostado en la misma posición en un diván estilo luis xvi mientras sonríe con apostura para la portada de la quién, será un socialité.

así es la dualidad de la pereza: los mismo la condenamos que la aplaudimos. la flojera, el bostezo, la hueva, la haraganería, el ganduleo, la poltronería, la dejadez, el descuido, la desidia, la vagancia: formas todas del ocio; y de todas estas manifestaciones del desgano, pocas tan fascinantes como las que ejerce el desempleado voluntario. así era mi amigo je1: un huevón convencido, un perezoso por convicción.

2.

je fue un flojo empedernido desde que nos conocimos. estudiamos en la misma secundaria y en la misma preparatoria; ambos poseíamos un promedio similar —bajísimo, como es natural— y disfrutábamos de saltarnos clases para perder el tiempo en la escuela y sus alrededores de las más diversas formas. la diferencia entre je y yo es una sola: aunque ambos somos haraganes sin remedio, a mí se me maldijo desde temprana edad con una severa educación de cristiano protestante. en mi familia los flojos no son bien vistos, y muy a mi pesar y con inmenso dolor, me he visto impelido a trabajar. una y otra vez lo he intentado: me he endeudado con el banco, he intentado vivir a expensas de otros, he dejado de pagar la renta por varios meses, he renunciado a trabajos solo por dormir un rato más. es una misión imposible de cumplir: siempre vuelvo arrastrándome, con aún menos dignidad de la que de por sí tenía al momento de desentenderme; siempre me invade la misma potente y quemante sensación de culpa. termino pagando las deudas en medio de disculpas y con largos periodos de diferencia2 entre cada pago; termino tomando otro trabajo, más jodido que el anterior, termino arrepintiéndome profundamente y pidiéndole a algún ser más poderoso que yo que por favor me perdone —eso porque, además, soy la peor clase de cristiano protestante posible: cristiano protestante ateo.

mi amigo je no es así. él duerme el sueño de los justos con las tarjetas de crédito a tope; puede pasar temporadas enteras huyendo de la casera y volver de cuando en cuando para, con una sonrisa, prolongar su de por sí extendida prórroga. mago de las extensiones, maestro de las faltas, amo de las concesiones. je sabe cómo vivir cómodamente a expensas de los demás y no siente culpa por ello. acaso sea por su educación católica, me he dicho infinidad de veces mientras me corroe la envidia —y el estrés, los comienzos de calvicie, las ojeras que subrayan no los ojos sino el mentón, la piel deteriorada por efecto del mal funcionamiento de mi estropeado sistema nervioso. yo pertenezco a la clase trabajadora que no quiere trabajar pero que no tiene de otra, formo parte del grupo social de los descontentos que se levantan temprano a fuerzas.

3.

permítaseme trazar el retrato de je con una anécdota:

como tantos otros perezosos consumados, je experimenta un auténtico fanatismo por el fútbol. esta afición desmedida se ha visto manifestada en diferentes formas: compras impulsivas de balones, jerseys y demás parafernalia futbolera; clases saltadas con tal de perseguir el balón en una pequeña cancha de concreto con porterías de tubos oxidados; tardes enteras consumidas frente al televisor con la compañía de unas cuantas caguamas, una bolsa enorme de sabritas y una botella de tamaño considerable de salsa valentina. la última y más reciente encarnación del cariño de je por el fútbol fue una fijación casi enfermiza por terminar de coleccionar las estampitas del álbum panini del mundial de brasil 2014.

apenas se anunció el lanzamiento del álbum y je ya deambulaba con el ímpetu de un león hambriento alrededor de los kioscos de su ciudad. cada una de las fibras de su ser experimentó así una intensa concentración. a partir de la aparición de los primeros sobres de estampitas, je cambió: ya no era el hombre apático con el que yo crecí, el joven flojonazo con el que había convivido toda mi vida. en su mirada se adivinaba la ferocidad de un depredador en plena cacería, el furioso filo de la espada de un guerrero. je era, ahora, un hombre con una misión: completar ese álbum, llenar sus hojas de papel barato con esas pequeñas figuras rectangulares de couché delgado que llevaban impresas las fotografías de famosos jugadores. ante el asombro de propios y extraños, je transformó su apatía en impulso, su flojera en causa, su pereza en energía vital.

enrachado, mi amigo se unió a un grupo de facebook en el que la gente se ponía de acuerdo para intercambiar estampitas3 en diversos puntos de la ciudad. no tardó mucho en tomar el liderazgo del grupo de facebook y en comandarlo hacia la victoria. je era ahora un tipo ocupado: parte importante del día se le iba en coordinar reuniones en plazas, en parques, en lugares públicos de la índole más diversa; después de acudir a una reunión corría como ejecutivo estresado a vender las estampitas repetidas en la pizzería más cercana a un desconocido con el que había quedado en su grupo virtual; sin comer, marchaba decidido al punto de la siguiente reunión, donde intercambiaba otro montón de estampitas y, con suerte, vendía otras tantas; acto seguido, abría su teléfono solo para contestar preguntas, acordar nuevas reuniones, concretar nuevos tratos. al final, llegada la noche, se recogía en su diminuto cuarto de estudiante —aunque je tiene ya más de 25 años, la ausencia de sueldo constante lo ha hecho acomodarse muy a gusto en una pequeña habitación usualmente destinada a universitarios recién egresados de la preparatoria— y hacía cuentas: marcaba sus nuevas estampitas, tachaba las que ya tenía, acomodaba sus repetidas, colocaba con primor y pegamento sus más recientes adquisiciones. una vez hecho esto se percataba de que, como sherlock holmes cuando cazaba a un criminal, había olvidado probar bocado en todo el día, inserto como estaba en el frenesí de la recolección de estampitas. acto seguido, je dormía, dormía sin pensar en las deudas o en la renta o en la novia que lo dejó por no conseguir trabajo. je dormía y soñaba, y soñaba con el álbum panini.

la locura duró cerca de un mes. sus amigos lo instaban a desistir, sus padres amenazaron con cortar el ya escaso flujo de depósitos que aún seguían enviándole a su pequeño cuclillo. cada día que pasaba era un día en el que je estaba más lejos de la humanidad pero más cerca de llenar el álbum.

un día, mientras caminaba por una avenida del centro de su ciudad —a tan solo cinco estampitas de terminar su misión—, je se encontró con un kiosco en el que ponían en una cartulina verde fosforescente se cambia estampitas albun panini. su corazón dio un mortal en reversa ante la noticia y se acercó, sigiloso como un zorro, a preguntar. una señora de no pocas carnes y voz aguda le dijo que sí, que allí se cambiaban estampitas y que por favor le dijera cuáles le interesaban. je le pasó su lista con mano temblorosa. la tendera le echó un despreocupado ojo al trémulo papelito y mañana te las tengo, dijo con la ligereza de quien espanta una mosca. mi amigo estalló en alegría y marchó corriendo hacia su pequeña habitación, donde no pudo conciliar el sueño a fuerza de puros nervios. por la tarde, je fue a la facultad de derecho —a la que tenía, para efectos prácticos, abandonada— a vender otras de las estampitas que le sobraban, pero casi no conserva recuerdo de esto: vivía ya en una ensoñación gloriosa, en una cálida ilusión, en una suave porción de esperanza. al día siguiente el álbum estaría lleno, se dijo, y todo estaría en orden con el mundo.

tras una noche intranquila en la que tuvo un par de terribles pesadillas en las que su preciado tesoro caía en las manos menos adecuadas, je emprendió el camino al centro de la ciudad. casi le molestó el aire prosaico con el que la vendedora le quitó dos estampitas de más porque es que esa de los estadios que te falta está bien difícil de conseguir, chavo, pero cedió en la negociación: los hombres saben recibir, pero los hombres de verdad saben también dar. al fin lo había logrado: el álbum estaba completo. como un mapache triunfante que acaba de arrebatarle un cangrejo al río, je corrió cuesta abajo por las calles, esquivó obras en construcción, evadió vendedores ambulantes, se escurrió por encima de la barda con tal de que no lo viera la casera. abrió la puerta de su cuarto y se abalanzó sobre su álbum, besándole los ribetes mientras destapaba su pritt y colocaba con fervor las recién adquiridas estampitas. después de un mes de empeño y tesón, su álbum panini tenía los 648 cromos que lo completaban. y ahora que ya acabaste el álbum qué vas a hacer, le pregunté mientras nos comíamos una pizza que él había invitado con las ganancias de una venta particularmente buena de estampitas. no sé, contestó mientras masticaba con fruición y miraba la final de la champions en el televisor de la pizzería, supongo que conseguir trabajo.

4.

a manera de epílogo:

la relación de je con el álbum panini no terminó allí. después de un periodo de dos días de reflexión, en el que mi amigo meditó profusamente acerca de todo lo que había perdido con tal de llenar ese cúmulo de papel —que ahora adornaba la parte más alta de su mejor estante de plástico reciclado—, je recibió un llamado inesperado. un compañero de generación, abogadillo hijo de abogado, le anunció vía whatsapp que su padre, poseedor de un despacho en uno de los mejores edificios del centro de la ciudad, quería ver sus estampitas repetidas, a ver si alguna le servía. je, que es flojo pero no idiota, vio allí su oportunidad de oro, y acudió con presteza a la cita con una camisa nueva, bien fajado y con un corte de cabello recién hecho. una vez en el despacho —un cuartote de paredes forradas con duela, alfombra roja y rancios títulos universitarios con marcos dorados colgados por doquier—, je le mostró al licenciado las estampitas que le sobraban. resultó que varias le sirvieron al abogadazo, quien enseguida trabó conversación con mi amigo respecto al fútbol, primero, y al ejercicio del derecho, después. la cosa está bien difícil, mi lic, comenzó je, fíjese que ando busque y busque y nomás no sale nada. cómo va a ser, le respondió, indignado, el leguleyo, ¿en qué le gustaría desempeñarse a usted? pues a mí me gusta el derecho en lo general pero el laboral en lo particular, aventuró mi amigo. no se diga más, joven colega, véngase para acá el lunes y seguro le conseguimos algo, total que se acaba de ir el asistente del litigante laboral y andamos cazando a ver si sale otro…

hace dos semanas que vi a je, en un restorán en el que mi licenciado amigo me invitó un fino corte de arrachera, lo encontré hecho ya un abogado litigante, encargado de delegar un montón de casos para que su asistente le hiciera la chamba y se pudiera cobrar a gusto y sin mayores complicaciones. en lo que cortaba su filete, admirado de la suavidad de la carne, je reía complacido, y yo por dentro no podía menos que maldecirlo mientras me devanaba los sesos pensando en cómo iba a entrar a mi departamento sin que la casera se diera cuenta. ~


1 las iniciales son verdaderas; el nombre lo omito porque, aunque huevón, je no es cínico. o sí, pero no al grado tal de dejar que su nombre aparezca completito.

2 debo no niego, pago no tengo”, como dice el famoso refrán que aprende uno apenas pone un pie en cualquier facultad de derecho.

3las microsociedades salvarán al mundo”, dijo spinoza en algún momento, y esos grupos de facebook son quizá la mejor prueba.


una versión de este ensayo será publicada en el número 34 de revista clarimonda, en morelia.

genealogía abreviada de la cocaína en méxico

cocaine

 

1.

 la benzoilmetilecgonina es un alcaloide cristalino derivado de la planta quechua conocida como kuka. los efectos de esta yerba eran de sobra conocidos por los habitantes de la zona –que incluso la consumían desde antes del auge de la civilización inca—; al acto de introducir un montón de hojas en la boca y con ellas formar un bolo que se mastica y chupa con fruición se le conoce como chacchar, pillar o acullicar. en un inicio reservada a las clases gobernantes, la llegada de los conquistadores españoles –que tardaron más bien poco en notar sus cualidades estimulantes— en el siglo xvi a la zona la popularizó con un fin un tanto terrible, incipientemente capitalista: extender las jornadas de trabajo de los indígenas locales. al hábito de masticar las hojas de la kuka constantemente se le llama cocaísmo y, sorprendentemente, no genera adicción. algún paralelismo se podrá trazar entre las larguísimas jornadas de trabajo de los indígenas colonizados de los andes y las larguísimas jornadas de fiesta de los consumidores contemporáneos.

la sustancia ganó popularidad y fue rápidamente adoptada entre conquistadores y conquistados, unidos ahora por un delgado hilo de afición y vicio. la planta, como todas las novedades descubiertas en américa, fue llevada al viejo continente para ser estudiada y, con el tiempo, para fascinar a los científicos que entraban en contacto con ella. hay cierto dejo de venganza en la exportación de la kuka: ellos llegaron a fascinar a los indígenas con falsas promesas de divinidad; los indígenas los fascinaron con falsas promesas de vitalidad. el ataque español fue rápido y devastador, pero la revancha inca ha perdurado por siglos, encarnada en un fino polvo blanco que se ha filtrado por igual a través de las narices de actrices y presidentes.

fue en 1859 cuando la cocaína nació en forma, al lograr albert niemann extraerla de la planta de la coca. no pasó mucho tiempo para que cierto psiquiatra de renombre, sigmund freud, se introdujera en las posibilidades de aquellas partículas níveas. el doctor pasó largo tiempo explorando sus profundidades; escaló sus montañas e inhaló de ella todo lo posible. ante él se desplegó la pureza del producto, envidiable y poco relacionada con la rebajadísima cocaína, cortada con cualquier clase de porquería, disponible a la venta en los presentes tiempos. freud se entusiasmó particularmente con la sustancia; escribió un tratado al respecto —über coca, en 1884: apenas veintitantos años después de la síntesis de niemann— y la recomendó a varios amigos. los libros de freud, se sabe, fueron quemados públicamente, pero una copia de über coca llegó, salvada dramáticamente de las llamas por un soldado curioso, a manos de paul joseph goebbels, ministro de propaganda del tercer reich. goebbels, conocido narcisista desenfrenado y principal orquestador de las campañas de publicidad del führer, guardó la información con celo en esa libreta escrita con tinta indeleble que era su memoria, y cuando a sus manos llegó un plan para contaminar con drogas a la población joven estadounidense, propuesto por algún comandante en jefe cuyo nombre la gran historia no guardó, pensó de inmediato en la cocaína como cebo perfecto.

 

2.

las rutas del narcotráfico en méxico no fueron trazadas por los modernos cárteles surgidos en los sesenta, sino por los traficantes chinos de opio que desembarcaron en el puerto de mazatlán a finales del siglo xix. como en más de una ocasión en la historia ha ocurrido, no era la suya una expedición con fines criminales: el opio era consumido de forma socialmente aceptable en su lugar natal, y parecía normal que también lo fuera en méxico. (las drogas no son criminales por sí mismas, y su criminalización dura lo que dura la moral de la sociedad que las condena: una vez derribada esta, las drogas vuelven a ser plantas, o sustancias, o inofensivos entes.) inicialmente, tampoco había condenas para el consumo de opio en su nueva tierra; el opio no era del todo distinto a la adormidera blanca, cuyo consumo era aceptado sin ningún inconveniente en el estado de sinaloa, y el cáñamo indio, conocido en épocas recientes como mariguana o mota, que despedía un humo dulzón que no espantaba a nadie.

mazatlán fue uno de los grandes centros de los fumaderos de opio de principios de siglo. su auge duró hasta bien entrada la década de los sesenta, y se extendieron por varios estados, teniendo en el distrito federal una capital importante de consumo –algunos hechos de esta índole son retratados en el complot mongol, de rafael díaz bernal—. fue en algún momento entre la década de 1910 y 1920 –seguramente, durante la segunda, una vez pasado el borlote de la revolución— cuando los inmigrantes descubrieron que algunas zonas de sinaloa eran particularmente aptas para el cultivo de opio. fue en este momento indefinido –la historia no sucede siempre en grandes y delineados momentos, sino en procesos largos e imperceptibles— en el que comenzó el trazado de las rutas de tráfico de opio para irrigar a todo el país.

el 28 de julio de 1922 apareció una nota en el demócrata sinaloense con un encabezado que rezaba: “no se permitirá la plantación de adormideras en sinaloa”. el titular, más parecido a una profecía incumplida que a un pronunciamiento oficial, daba pie a una nota en la que se hablaba indirectamente sobre los inmigrantes chinos, al asegurar que se combatiría a “ciertos elementos extranjeros” dedicados a la siembra y venta ilegal de “sustancias tóxicas como el opio y la mariguana’’. apenas cuatro años después, aunque ya no auguraba con vehemencia el fin de la adormidera –y con ella, del opio y la mariguana—, el demócrata sinaloense sí denunciaba a voz en cuello la existencia de un fumadero en mazatlán en el que los adictos al delicioso veneno eran protegidos incluso por las mismas autoridades.

ya para 1940 era un hecho incontrovertible que los fumaderos de opio existían en varios sitios del país, alimentados por el tráfico de drogas sin regulación proveniente de sinaloa, y algunos oficiales del gobierno federal comenzaron a apurar a las instancias de procuración de justicia a hacer algo para combatir el adormecimiento de la juventud mexicana y las contraposiciones a las buenas costumbres. el gobierno mexicano parecía dispuesto a que nadie, nunca más, pronunciara sobre el opio las palabras que pronunció de quincey: “esta era la panacea de todos los males humanos; aquí estaba, descubierto de un golpe, el secreto de la felicidad sobre el que disputaron los filósofos a través de las edades”.

 

3.

la joven actriz hilda krüger fue dotada de una belleza natural que sorprendía incluso a los germanos, acostumbrados a tratar con diversas encarnaciones de lo hermoso. goebbels, de quien se sabe que era constantemente hechizado por este tipo de manifestaciones, la conoció durante el rodaje de una película intrascendente llamada frau eva wird mondain!, alrededor de 1935: el ministro de propaganda tenía entre sus diversas ocupaciones la supervisión de los quehaceres fílmicos de la alemania del tercer reich. goebbels y krüger disfrutaron –se intuye que el primero más que la segunda— de cinco años de encuentros en la oscuridad, a espaldas del esposo de la actriz. en 1940, hilda llegó a estados unidos para probar suerte en hollywood, patrocinada por el estado alemán. su estancia en aquel país duró más bien poco, y se trasladó al poco tiempo a la ciudad de méxico. recorrió las calles del centro histórico, y su blanquísima mano tocó la morena piel de varios indigentes mientras que sus ojos de agua pálida cautivaron a varios paseantes de la calle de revillagigedo.

hilde krüger se instaló en un departamento pagado por los espías friedrich von schleebrugge y georg nicolaus, de la abwehr, quienes habían establecido en méxico y latinoamérica una nutrida red de espías que favorecían el avance del tercer reich: entre ellos se encontraba josé vasconcelos, quien no la conoció en persona, pero sí recibió noticias del supuesto libro alrededor de la malinche que la alemana estaba escribiendo. las actividades de krüger pronto dieron un giro social, y tras participar en algunas producciones cinematográficas menores, conoció en una fiesta a ramón beteta, por entonces subsecretario de hacienda y miembro del consejo del banco nacional de méxico. la relación con beteta fue efímera pero utilísima: a principios de 1941 acudió a una fiesta del brazo del economista y salió de la mano del joven secretario de gobernación, miguel alemán valdés. más de uno notó la feliz coincidencia entre el apellido del político y la nacionalidad de la espía.

fue durante ese año que la infiltrada alemana, bajo la protección del poderoso alemán valdés, se mudó a un lujoso departamento nuevo, ubicado en los edificios washington, en el número 42 de la calle dinamarca, en la colonia juárez. una mañana despejada de marzo, mientras el cielo formaba una planicie donde las nubes cumplían sus caprichos morfológicos, la señorita krüger, ahora llamada hilda, recibió la visita de un enviado del gobierno alemán. la inesperada llegada del hombre no fue notada por los vecinos, y mucho menos lo fue el detallado mapa de la república mexicana que el germano extendió sobre la mesa del comedor del departamento. sus dedos trazaron algunas rutas sobre el mapa y algunas otras sobre el vientre de hilda, lo que no obstaculizó la transmisión del plan: hilda krüger facilitaría los recursos económicos y políticos para que varios miembros de la red de espías a favor del tercer reich entraran a méxico a través del puerto de mazatlán y subieran hacia estados unidos con prominentes cargamentos de una fórmula derivada de la cocaína, dispuestos a inocular con ella a la juventud americana. los encargados de guiar a los simpatizantes alemanes no fueron otros que los hijos y nietos mestizos de los inmigrantes chinos encargados de introducir la amapola a méxico; estos hijos y nietos de inmigrantes chinos fueron, a su vez, los padres y abuelos de los guías que permitieron la reintroducción de la cocaína de los cárteles nacionales a través de los mismos caminos trazados con opio por sus antepasados. ~

testimonios de la invasión-archivo desclasificado 002

coatzacoalcos.

reviso mi blog de diciembre del año pasado y veo que me encontraba, no premonitoriamente, en un estado de particular interés en el apocalipsis. digamos que encontré este texto:

mi fascinación por el apocalipsis nació en la iglesia evangélica presbiteriana a la que mi madre me arrastró durante 12 años: en algún momento de mi temprana infancia, un presbítero hizo una lectura ilustrativa del apocalipsis de san juan. asombroso: había dragones y fuego y muerte y destrucción y abismos insondables en donde se perdían las almas. desde entonces he visto y vivido varios fines del mundo, pero mi preferido sigue siendo este: salir al centro del df con una resaca terrible, en una mañana de día de asueto, con calles habitadas apenas por fantasmas cocainómanos y gimme shelter de los rolling stones sonando tétricamente desde algún departamento desconocido.

y luego este otro:

(ni modo: el pinche mundo no se acabó en 2012, qué carajo. pero cada fin de año es en sí un simulacro de un fin del mundo; cosas mueren y se pudren y se queman y se van y nunca vuelven. no veamos el 2013 como la oportunidad de comenzar de nuevo sino como lo que es: una última vagancia por esta tierra quemada, poblada de zombis; sucia y desahuciada.)

acaso méxico, incluso antes de la invasión, era ya una tierra quemada, sucia y desahuciada. el mundo lleva ya varios años acabándose.

* * *

pensaba lanzar una generalización aquí:  tenía en mi mente una idea que se me ocurrió podía atañer a todos los seres humanos e, irreflexivamente, quise ponerla por escrito. pero no es cierto: no tengo los datos, no tengo las pruebas, y mi pensamiento no es aplicable a todos, sino tan sólo a mi reducidísima parcela de realidad, al fragmento de existencia que me fue dado contemplar. así, pues, tendré que mostrar cautela al escribir la siguiente frase; tendré que ser prudente en pos de alcanzar, aunque sea con la punta de los dedos, cierto grado de precisión, esa abstracción inaferrable, imposible. ¿quién puede decir que su escritura es precisa? ¿quién puede jactarse de la precisión de su comunicación, de lo atinado de la formulación de sus frases, de lo agudo de su selección verbal? forzosamente han de perderse detalles en esa traducción de la mente a la lengua, de la lengua al oído, del oído al cerebro. pensaba, entonces, que todos los seres humanos habitan mentalmente en el presente; luego pensé que no, que forzosamente habría que hacer excepciones –considerándome yo mismo una de ellas— y decir que la mayoría de las personas viven mentalmente en el presente y algunas pocas en el pasado y el presente; instantes después reculé: no podía estimar si es una mayoría o una minoría, porque esos números no existen o si existen están fuera de mi alcance, o no los conozco y no sé dónde encontrarlos, así que finalmente tuve que acercarme a la afirmación más precisa de la que fui capaz: algunas personas viven mentalmente en el presente y algunas otras viven mentalmente en el presente y en el pasado. entonces me percaté que tampoco eso era del todo preciso, porque algunas personas pueden vivir mentalmente en el presente, otras en el presente y el pasado y aún otras en el presente, el pasado y el futuro –o cualquier otra combinación posible que resulte de esas tres. dicho lo cual, enunciaré lo siguiente con la convicción de saberme fallido, impreciso, incapaz de transmitir puntualmente lo que pienso:

algunas personas habitan mentalmente el presente. algunas otras, el presente, pero también el pasado y/o el futuro, o el pasado y el futuro, e incluso algún estado mental atemporal –aunque forzosamente deba estar enclavado en el presente. podríamos decir que es imposible no estar en el presente: lo habitamos físicamente, y nuestros pensamientos, aunque quizá no se encuentren centrados en el presente, inevitablemente parten de alguna forma de allí, para viajar sin atadura –o con ella, yo qué sé— por la, imagino, infinita posibilidad de tiempos de los que sea capaz la propia mente.

lo digo porque pertenezco decididamente al número de gente que no vive plenamente en el presente. es decir: nunca he sentido el vértigo de estar aquí ahora, de saber que ese momento solo durará un momento y que una vez terminado se habrá ido para siempre. habito una zona borrosa entre el presente y cualquier otro tiempo; añoro con constancia el futuro; exijo de él que sea mejor que el presente; deseo con fervor que se parezca al pasado. el presente no me entusiasma tanto, crudo como está. al presente le hacen falta capas de pasado o salpicaduras de futuro para que me parezca interesante.

todo lo anterior era cierto hasta la invasión, día en el que se convirtió en parcialmente cierto: una vez que los extraterrestres y los soldados irrumpieron en el edficio, me vi en la necesidad vital de no prestar atención a ningún tiempo que no fuera el presente: de ello dependía mi vida y, contra todo lo que había pensado en los años que me condujeron allí, no quería perderla.

testimonios de la invasión-archivo desclasificado 001

coatzacoalcos__ii.

 

el pasado febrero se levantó, después de una heroica acción del ejército mexicano en conjunción con la armada y la fuerza de aviación estadounidense, el cerco alienígena que aislaba a gran parte del territorio nacional del resto del mundo. el siguiente es el primero de una larga serie de archivos desclasificados –se salvaguardan los nombres de algunos involucrados en los eventos– relacionados con la invasión extraterrestre que asoló a nuestra nación durante dieciséis años:

a estas alturas ya todos conocen los eventos, pero no está de más relatarlos:

siendo las diez treintaidós del veintisiete de septiembre de dosmiltrece, una nave de silueta ovoide –una curva cerrada plana conformada por cuatro arcos de circunferencia: uno de ellos es una semicircunferencia y otros dos son iguales y simétricos— de alrededor de cincuenta millones de kilómetros cuadrados apareció sobre los estados unidos mexicanos. no se crea, de ninguna forma, que la llegada de la nave fue repentina y que semejante masa simplemente apareció colgada en el aire. por el contrario, se cree que su descenso comenzó desde las siete de la noche, paulatino, y que alcanzó a detenerse poco más de tres horas después. la razón por la que pasó desapercibida hasta la mañana siguiente es de una obviedad tal que, de haber tenido tiempo, el doctor ******** ******, de la universidad nacional autónoma de méxico, habría dibujado una elipse que comenzaría en su mesa y terminaría en su frente. (el instrumento para trazar tal elipse habría sido su mano izquierda.) la nave, decía antes de que el doctor ******** ****** se entrometiera en esta descripción, no fue notada de inmediato porque el metal del que estaba fabricada era una aleación particularísima que adoptaba el color del entorno que la rodeaba. las luces de la nave, casi todas blancas y azules –aunque había unos pocos foquitos rojos— simularon las estrellas, y el resultado fue un cielo negrísimo de septiembre, perfectamente estrellado. esto fue lo que nos dijeron los científicos de la universidad nacional autónoma de méxico, encabezados por el doctor ***** *********, pero en las calles del distrito federal, cuernavaca y xalapa corría otra versión entre los viejos. la auténtica razón por la que nadie se dio cuenta que una nave gigantesca se posó sobre nuestras cabezas, decían los de mayor edad, fue que esa noche nadie en el país alzó la vista para mirar al cielo.

 

–**** ********, octubre de 2013