“Insular” y el internet.

césar galicia leyó ‘insular’ y escribió una reseña al respecto ─

Aquí va un título

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A Luis Reséndiz-persona no lo conozco, pero a Luis Reséndiz-personaje, sí. Me explico: nos seguimos en twitter. A él lo sigo porque fue retuiteado en numerosas ocasiones por cuentas a las que yo seguía y él me sigue porque… bueno, lo ignoro. Así son las redes sociales. El punto es que como estamos conectados por el internet, puedo ser testigo en tiempo real de ciertos eventos o piensos o sientos o sentipiensos de su vida; los que elija compartir. Sucede que, en otro tiempo, todo lo que uno podía saber referente al autor de los libros que leía eran las palabras que dejaba escritas en sus textos y la fanboyeada tenía como límite lo que uno pudiera imaginar de aquel/aquella que escribía. Luego llegaron los medios masivos de comunicación, como revistas y televisión, y gracias a ellos podíamos leer entrevistas, ver fotografías de ellxs en fiestas, etc.

Ahora con el…

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un momentáneo lapso de vergonzosa autopromoción

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bueno, pues esto ocurrió en algún momento en que todo el mundo se distrajo y a mí me acometió un arrebato de escasa prudencia. insular es el nombre que lleva esta breve colección de ensayos breves. son quince textos que lo mismo hablan de futbol que de sueños que de nazis que de cocaína que de blogs y neurosis. algunos aparecieron aquí, otros en varia publicación (gracias, clarimondacuadrivio y algunas otras) y algunos más solo están en el librillo. por ahora solo está disponible en ebook. cuesta cincuenta modestos pesos y se encuentra aquí. (el envío tarda unos momentos, eh, no se desesperen, porque hubo gente que a los cinco minutos de que no les llegó el libro ya estaban dispuestos a acampar en reforma.)

les dejo algunas de las opiniones de los expertos respecto al libro (gracias a gabriel lara y a eduardo huchín por recopilarlas):

 “el futuro del ensayo depende de las nuevas generaciones.‪#‎librosparanodejarlaescuela‬. bien por los ensayos de reséndiz” –aleks syntek.

“sí está de risa pero en esta época, quien no escribe ensayo y sabe computación tiene mayores ventajas laborales ‪#‎vamosresendiz‬” –daniel bisogno.

“reséndiz sí cumple” –el piojo herrera.

★★★★★
“me da las fuerzas para no claudicar”. —ariana grande

★★★★★
“bienvenido al olimpo de las letras”. —revista ‘la tempestad’

Gene Siskel and Roger EbertAttending the N.A.T.P.E. TV Convention inNew OrleansJanuary 1990© Walter McBride / Retna Ltd.

—siskel & ebert

★★★★☆
“para ser mexicano, un logro; para ser veracruzano, un milagro”. —harold bloom

nostalgia del chupacabras

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debo comenzar diciendo que extraño al chupacabras. crecí con su presencia en las noticias: hace veinte años era común que alguien dijera haberlo visto e incluso capturado. esos avistamientos eran más bien improbables, movidos por el deseo del dinero fácil y la fama instantánea, o por las ganas de conocer en persona a jaime maussan. allí iba el provinciano, cargando un cadáver de perro callejero deformado por las inclemencias del sol y de los inviernos, a pararse en un set de televisión o a recibir al avispado reportero con chaleco de mil bolsillos, mientras afirmaba categóricamente ante las cámaras que sí, que ese era el chupacabras, que al fin habían capturado a la escurridiza creatura. el caso se transmitía en algún canal de televisón abierta y la conmoción era inmediata: la gente, boquiabierta, le hablaba a sus amigos o corría a contarle a los vecinos de la cuadra; los padres y abuelos movían la cabeza de arriba a abajo, certeros ante la confirmación de algo que nunca dudaron. «y decían que se lo había inventado salinas», apuntalaban. hoy esa efervescencia, como corresponde a sus orígenes químicos, se ha diluido, y no puedo menos que lamentarlo.

la fama del chupacabras permanece, ahora, mayormente oculta. su nombre ya no ocupa primeras planas; algunos estudiosos afirman haber descifrado su linaje y aseguran que el chupacabras nunca fue tal: era una manada de coyotes con un virus que les carcomía la piel, dicen, o: fue producto de la imaginación de una muchacha que vio en demasiadas ocasiones las películas de species, a grado tal que la ficción de la película terminó superponiéndose a la realidad de su natal puerto rico, el primer lugar donde se avistó a la creatura. el chupacabras, palabras más, palabras menos, no existe, nunca existió, jamás pasó de ser un alucine colectivo. pero el chupacabras (o la idea del chupacabras) no se rinde, y sin previo aviso salta de vez en cuando a los titulares, sólo para comprobar su radical estático. de pronto se le ve asomarse en las páginas interiores de un ejemplar del semanario de lo insólito, o alguien, generoso, sube un video a internet en el que, tras decodificar lo que sugieren unos píxeles de ánimo impresionista, se alcanza a mirar el cuerpo ya sin vida de un supuesto ejemplar.

acaso el chupacabras se rehúse a morir porque en él confluyen ideas que nos son comunes. el chupacabras es, qué duda cabe, un heredero de aquel nahual mesoamericano cuyas correrías se siguen contando en pueblos, rancherías y demás zonas a las que el méxico del progreso no ha llegado en su totalidad. el nahual, en su acepción contemporánea, refiere a un brujo con la habilidad de transformarse en animal y, de esa forma, perpetrar robos, intimidaciones, simples y maliciosos sustos. como el nahual, el chupacabras ataca de noche; su refugio es el campo en el que todos duermen: su manto es la oscuridad y con ella se cubre para no ser capturado. como el nahual también, el chupacabras no tiene una forma precisa: su morfología es cambiante, mutatis mutandis; su aspecto es utilitario, se modifica según quien asegura haberlo visto (el chupacabras es una creatura de la subjetividad): un día parece un coyote y al día siguiente, un canguro pequeño. no en vano sus primeras apariciones ocurrieron en países con estrechos vínculos culturales: parecía que los únicos capacitados para verlo en acción éramos los hispanohablantes. si octavio paz aún viviera y decidiera internarse, de nuevo, en las profundidades del laberinto de la soledad, invariablemente tendría que psicoanalizar al chupacabras.

*

la más reciente incursión del chupacabras de la que tuve conocimiento apareció en un periódico del que nunca había escuchado y del que nunca volví a escuchar: como tantos otros, llevaba las palabras «crónica» y «veracruz» en su título. según contaba la nota, algunos habitantes, hartos ya de que su ganado desapareciera y de que sus exigencias a la policía no fueran tomadas en cuenta, emprendieron la cacería, internándose en los alrededores de su localidad. después de varios días siguiendo el rastro de la bestia, los locales terminaron por abatirlo a tiros; después de matarlo, lo fotografiaron y dieron aviso a las autoridades y a los periódicos de la zona. la nota se hizo merecedora a un breve espacio en la versión impresa del periódico y a una entrada en su página de internet, donde podía verse la foto a todo color. allí estaba el chupacabras: yacía en una porción de tierra de paso de ovejas, rodeado de hojas de plantas. era su cuerpo como el de un lagarto, no muy distinto al de un dragón de komodo, la mandíbula perruna, abierta en una última mueca delirante; sus extremidades, alargadas y con cinco dedos coronándolas, parecían más humanas que reptiles. el torso exhibía varios pequeños orificios, y su cola parecía desprenderse del resto del cuerpo, acaso por efecto de las balas. los habitantes de paso de ovejas estaban divididos: algunos tenían la certeza de estar ante el chupacabras; otros, los más, creían firmemente que el animal capturado era un nahual al que no le dieron tiempo de volver a su forma humana: las extremidades, decían, tan parecidas a manos humanas, lo confirmaban. nadie dio seguimiento al caso, y es probable que la bestia abatida haya sido ya asimilada por la tierra negra y húmeda donde abandonaron su cadáver.

esa noticia apareció hace más de un año: desde entonces, no he visto ninguna nueva nota sobre el chupacabras. en ocasiones surge alguna que me devuelve la esperanza; una rápida lectura hacer ver que no es más que material reciclado de casos ya desmentidos. vuelvo así a sumirme en la nostalgia por el chupacabras: este punzante extrañamiento de la última creatura que albergó la posibilidad de otro méxico: uno en el que, bajo la aparente y aplanadora urbanización de concreto, habitaran seres extraños, últimos reductos del vínculo supersticioso que unía a muchos. este méxico, inserto en un mundo en el que la posibilidad de lo fantástico ha dado paso a la tangibilidad de lo plausible, preserva al chupacabras en su imaginario como una curiosa pieza de museo, un críptido que, como aquellos que poblaban los cuartos de maravillas de los siglos xvi y xvii, funciona como un recordatorio de las posibilidades de un planeta aún desconocido. el error, creo, radica en pensar que todo ha sido descubierto ya, que no existe nada más allá de esta racionalidad: que esta visión es la última frontera. «es un mundo extraño. mantengámoslo así», tenían como lema los personajes de planetary, aquel cómic de warren ellis y john cassaday que relataba las aventuras de un grupo de aventureros atemporales, permanentes retadores de lo fantástico. en algún rincón inexplorado de méxico, estoy seguro, el chupacabras suscribe esa afirmación, esperando el momento idóneo para abandonar, de nuevo y para siempre, su escondite.

publicado originalmente en performance no. 213, disponible aquí.

el extraño retorno de ben folds

cuando adolescente yo era pobrísimo y estaba aburridísimo. (no que ahora no lo sea, pero al menos tengo internet.) a veces iba al chedraui cercano a mi casa y perdía el tiempo en sus limitados pasillos, tan cortos de miras como mis bolsillos, como mi mundo adolescente. me gustaba (como hasta ahora; esto lo podrá atestiguar cualquier persona que me haya acompañado alguna vez al súper) ir a los discos y a las películas nomás por no dejar. alguna vez gasté unos pesos (diez de aquellos años que tiene ya unos doce o trece que sucedieron) en un disquito del que no conocía nada más que la portada. era rockin’ the suburbs, de ben folds. no sé si fue el título o la carátula lo que me hizo comprarlo; el caso es que llegué a mi casa de aquellos tiempos y lo puse en una grabadora madreadísima en la que escuchaba todos los cidís que compraba —muchos piratas, claro: recuerdos de los primeros discos que escuché: dark side of the moon de pink floyd, doolittle de pixies, green album de weezer; debo detenerme aquí porque unos guiones o unos paréntesis son tan amplios que en ellos caben buenas porciones la memoria, y no es mi intención aburrir aunque probablemente ese sea el resultado—, decía, pues, que puse rockin’ the suburbs y lo escuché y me encantó su poco atrevida mezcla entre pop convencional y piano rock y algunos sintetizadores muy simpáticos. hace poquito me acordé de él por alguna nimiedad que venía platicando por la calle; la nostalgia creció a grado tal que volvió la tonada de una de sus canciones a mi cabeza. el disquito tiempo ha que se perdió entre alguna de mis más de diez mudanzas, así que lo bajé de thepiratebay: sigue igual de convencional y encantador que hace tiempo. ben folds es, me entero ahora, jurado de the sings off, un concurso de televisión gringo de cantantes a capella. me deprimí tantito de ver cómo mi adolescencia se vino a encarnar en la imagen de un señor que se ha divorciado cuatro veces y que ya no saca discos. ~

quince de septiembre

Demián-Bichir-es-Miguel-Hidalgo

«[…] con el culto a los héroes, lo único que se ha logrado es volverlos aburridísimos. tanto se les ha depurado y se han suprimido con tanto cuidado sus torpezas, sus titubeos y sus debilidades, que lo único que les queda es el pañuelo que llevan amarrado en la cabeza, la calva, o alguna frase célebre, como la de “vamos a matar gachupines”, o “si tuviéramos parque, no estarían ustedes aquí”, etcétera.

en este sentido, hidalgo es de los que salen más perjudicados. hasta físicamente. es de los pocos casos conocidos de personas que han seguido envejeciendo después de muertas. fue fusilado a los cincuenta y ochos años, pero no ha faltado quien, arrastrado por la elocuencia, diga: “quisiera besar los cabellos plateados de este anciano venerable”.»

 —jorge ibargüengoitia

 

nómadas

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uno. va una tesis: es imposible conectar con lo que algunos llaman las grandes tragedias de la humanidad. ¿el holocausto? ¿el derrumbe de las torres gemelas? ¿plaza de tlatelolco, méxico, dos de octubre de 1968? no, nada, lo siento pero no siento nada: como si me pincharan con una aguja un miembro muerto. mi alma no reacciona, mi corazón no se reblandece, en mis ojos no asoma ni una solitaria lágrima ni –mucho menos– un caudal incontenible de llanto. no conecto porque, simplemente, esas tragedias están muy lejos, son muy grandes, me rebasan: yo, aquí en mi rinconcito del mundo, no soy más que un insípido hilo mugroso en un tapete persa.

va otra tesis: buena parte de lo que algunos llaman la humanidad es igual que yo.

dos. lo que sí me pega, digamos, lo que de verdad me estremece, son las tragedias chiquitas. tragedias en miniatura, tristezas personales o privadas o si se quiere locales. cirugías menores del cuerpo que todos conformamos. un niño al que se le perdió un perro. un padre al que se le murió un hijo. una madre a la que le robaron la quincena. esas cosas sí las siento cercanas. acaso sea porque crecí en un barrio donde esas escenas pesaban y calaban hondo; donde vi a un par de amigos acomodarse una madriza considerable nomás porque uno se burló del renqueo de la abuela del otro; una cuadra en la que uno de mis vecinos abrazó a su perro atropellado a media calle mientras sollozaba como nunca en mi vida he escuchado sollozar a nadie más. son estas pequeñas tristezas las que me duelen, esos pálidos lloriqueos en el muro de los lamentos de la historia.

tres. hace poco vi desarrollarse una pequeña tragedia. fue tan minuciosa y tan paulatina que me da la impresión de que la bordaron a mano.

a dos cuadras de mi casa había dos perros. uno, capaz de brincar muros de un solo salto, era apodado “el volador”. el otro, idéntico al primero sólo que sin los dones aéreos, era conocido como “el falso volador”. “el falso”, una vez en contexto y para evitarse la fatiga de enunciar una palabra de tres sílabas. ambos canes yacían comúnmente bajo una barda gris y fea que lo mismo resguardaban que les servía de hogar. allí se sentaban a contemplar la existencia con esa mirada sabia y estúpida que tienen los perros. allí llegaba la gente a darles de comer. de vez en vez, ambas bestias recorrían un poco el mundo: correteaban dos cuadras a la redonda, olisqueaban a otros perros, jadeaban por allí, se metían a terrenos baldíos a olfatear las plantas. su vida era intrascendente, y en esa intrascendencia, en ese pasar nada, estaba su felicidad.

hace un mes comenzaron a derrumbar la construcción que tenía la barda de los voladores alrededor. el proceso inició desde la casa del terreno, fea y en apariencia vacía, carente de pintura de tanto descuido. poco a poco, la destrucción de la casa alcanzó a la barda de los perros. sin mucha alharaca, un día no estaba allí. era un montón de cascajo que fueron a botar junto con el de la casa a quién sabe dónde. la barda desapareció y, con ella, los perros.

pero los perros siguen en la ciudad. los he visto. una vez, muy lejos de su antiguo hogar. me sorprendí mucho; mi novia también. qué raro, me dijo, nunca los había visto tan lejos de la barda. no supe qué contestar. otro día, a unas cuadras muy al sur del pueblo. son exploradores, diagnosticó mi novia, no encuentran dónde estar. y era verdad. los perros vagaban pero no desahuciados; al contrario, parecían trotar con alguna premura. pero, ¿a dónde iban, si no tienen barda, si nunca los veo ya en el mismo lugar, si están perdidos en este pueblito de la provincia mexicana?

cuatro. ayer los volví a ver. me dirigía a la tienda de la esquina donde solía estar su barda. ellos estaban en la otra cuadra, sentados en la acera, flacos y quizá hambrientos, mirando con fijeza el sitio en el que antes se echaban a guarecerse del sol. ya no hay barda, y juraría que esos perros tenían algo de melancolía en la mirada, algo de extrañamiento, algo de incomprensión. es probable que me equivoque. ~