nómadas

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uno. va una tesis: es imposible conectar con lo que algunos llaman las grandes tragedias de la humanidad. ¿el holocausto? ¿el derrumbe de las torres gemelas? ¿plaza de tlatelolco, méxico, dos de octubre de 1968? no, nada, lo siento pero no siento nada: como si me pincharan con una aguja un miembro muerto. mi alma no reacciona, mi corazón no se reblandece, en mis ojos no asoma ni una solitaria lágrima ni –mucho menos– un caudal incontenible de llanto. no conecto porque, simplemente, esas tragedias están muy lejos, son muy grandes, me rebasan: yo, aquí en mi rinconcito del mundo, no soy más que un insípido hilo mugroso en un tapete persa.

va otra tesis: buena parte de lo que algunos llaman la humanidad es igual que yo.

dos. lo que sí me pega, digamos, lo que de verdad me estremece, son las tragedias chiquitas. tragedias en miniatura, tristezas personales o privadas o si se quiere locales. cirugías menores del cuerpo que todos conformamos. un niño al que se le perdió un perro. un padre al que se le murió un hijo. una madre a la que le robaron la quincena. esas cosas sí las siento cercanas. acaso sea porque crecí en un barrio donde esas escenas pesaban y calaban hondo; donde vi a un par de amigos acomodarse una madriza considerable nomás porque uno se burló del renqueo de la abuela del otro; una cuadra en la que uno de mis vecinos abrazó a su perro atropellado a media calle mientras sollozaba como nunca en mi vida he escuchado sollozar a nadie más. son estas pequeñas tristezas las que me duelen, esos pálidos lloriqueos en el muro de los lamentos de la historia.

tres. hace poco vi desarrollarse una pequeña tragedia. fue tan minuciosa y tan paulatina que me da la impresión de que la bordaron a mano.

a dos cuadras de mi casa había dos perros. uno, capaz de brincar muros de un solo salto, era apodado “el volador”. el otro, idéntico al primero sólo que sin los dones aéreos, era conocido como “el falso volador”. “el falso”, una vez en contexto y para evitarse la fatiga de enunciar una palabra de tres sílabas. ambos canes yacían comúnmente bajo una barda gris y fea que lo mismo resguardaban que les servía de hogar. allí se sentaban a contemplar la existencia con esa mirada sabia y estúpida que tienen los perros. allí llegaba la gente a darles de comer. de vez en vez, ambas bestias recorrían un poco el mundo: correteaban dos cuadras a la redonda, olisqueaban a otros perros, jadeaban por allí, se metían a terrenos baldíos a olfatear las plantas. su vida era intrascendente, y en esa intrascendencia, en ese pasar nada, estaba su felicidad.

hace un mes comenzaron a derrumbar la construcción que tenía la barda de los voladores alrededor. el proceso inició desde la casa del terreno, fea y en apariencia vacía, carente de pintura de tanto descuido. poco a poco, la destrucción de la casa alcanzó a la barda de los perros. sin mucha alharaca, un día no estaba allí. era un montón de cascajo que fueron a botar junto con el de la casa a quién sabe dónde. la barda desapareció y, con ella, los perros.

pero los perros siguen en la ciudad. los he visto. una vez, muy lejos de su antiguo hogar. me sorprendí mucho; mi novia también. qué raro, me dijo, nunca los había visto tan lejos de la barda. no supe qué contestar. otro día, a unas cuadras muy al sur del pueblo. son exploradores, diagnosticó mi novia, no encuentran dónde estar. y era verdad. los perros vagaban pero no desahuciados; al contrario, parecían trotar con alguna premura. pero, ¿a dónde iban, si no tienen barda, si nunca los veo ya en el mismo lugar, si están perdidos en este pueblito de la provincia mexicana?

cuatro. ayer los volví a ver. me dirigía a la tienda de la esquina donde solía estar su barda. ellos estaban en la otra cuadra, sentados en la acera, flacos y quizá hambrientos, mirando con fijeza el sitio en el que antes se echaban a guarecerse del sol. ya no hay barda, y juraría que esos perros tenían algo de melancolía en la mirada, algo de extrañamiento, algo de incomprensión. es probable que me equivoque. ~

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civilización, barbarie y carne asada

si la civilización escogiera una serie de emblemas que la representaran al dedillo, pocas dudas albergo respecto a que uno de ellos sería un jugoso filete de carne bien asada. no hay que darle muchas vueltas: una investigación aparecida en proceedings of the national academy of sciences dio cuenta de ello recientemente, alegando mediante no sé qué estudios y comprobaciones craneales entre los homínidos de hace 2.5 millones de años y los de hace 1.9 millones de años, que el consumo de carne cocida proporcionó más energía a los que con cursilería se llama “nuestros ancestros”. esa energía, a su vez, permitió que se realizaran en relativo poco tiempo cambios evolutivos que necesitaban, digámoslo coloquialmente, traer el tanque más lleno. entre estos cambios estaban, previsiblemente, cierta ampliación en el tamaño de los cerebros y algún considerable incremento en la masa corporal. así, legitimada por la ciencia establecida, la carne bien podría erigirse como una de las instituciones que facilitaron los cambios evolutivos, las consecuentes mejoras de la especie y, casi por carambola, la civilización. (queda, sin embargo, la duda de cómo habría reaccionado ante la noticia josé vasconcelos, de quien se dice que dijo que la civilización terminaba donde comenzaba la cultura de la carne asada.)

no obstante, y con todos los métodos, ancestrales o novedosos, que existen para asar o cocer la carne a través de la venerable vía de la llama ardiente, el filete de carne asada también puede representar lo contrario. en las circunstancias correctas –apuntemos unas cuantas: un marinado apresurado, un parrillero torpe, un paquete al que se le borró la fecha de vencimiento, entre otras posibles desgracias gastronómicas–, la cocción de la carne no mejora la consistencia del tejido animal. al revés: de cumplir con alguna de esas características, o con otras tantas que aquí no se estipulan, la carne se pone tiesa, dura, correosa. cierto es que hay algunos tipos de carne que buscan esa condición adrede. algunas cecinas que comí en mi infancia, por ejemplo, orgullosamente traídas de oaxaca por mi padre, cumplían esa condición de resistencia al diente que se hincaba en ellas. con todo y eso, no es la dureza una de las características más comunes de la carne que se come y se procura en el día a día.

pensemos en una postal de la cotidianeidad: una joven pareja va a la carnicería. saludan cortésmente –son nuevos en el barrio y, como estipulan las normas sociales, desean agradar en los metros que rodean a su hogar recién estrenado. afablemente, piden una arrachera y, por un descuido del carnicero, se llevan una porción de chambarete de res. ninguno de los dos sabe distinguir entre uno y otro; han vivido a base de comidas corridas, pizza y hamburguesas los últimos años, lejos de casa; no han sido entrenados en las artes culinarias e ignoran cabalmente las diferencias de consistencia entre esos filetes. ante ellos, todo luce igual: tejido animal, rojo y ligeramente sanguinolento. llegan a casa y se dividen las labores de la cocina –un estudio afirma que las parejas jóvenes que viven juntas pero no están casadas suelen distribuir de manera más equitativa las ocupaciones caseras, una muestra de equidad admirable– : yo marino, dice él, entusiasta; yo aso, dice ella, convencida de sus dotes frente a la parrilla. el encargado de sazonar, entonces, se dirige a google y ‘cómo marinar arrachera voy a tener suerte’. encuentra un encabezado que lo convence en mexican-authentic-recipes.com y lo pone en práctica. prepara una salsa con naranja, limón, orégano, soya, salsa inglesa, aceite (que sustituye por aceite de oliva: sabe bien que el colesterol es, casi casi, sinónimo de barbarie y descuido) y media cucharadita de pimienta. baña bien la carne; a continuación, disfruta amasando y manipulando esa porción de tejido humedecido; después, la deja en un refractario. acto seguido, se va a leer a la sala.

dos horas después, ella corta la carne y la pone a la parrilla mientras vigila con esmero. el olor se alza como un incienso carnívoro y glotón y sacude los apetitos de ambos; unos cuantos minutos después, la carne está lista. la sirven, acompañándola con guacamole y tortillas de harina pasadas por el sartén; acto seguido, se sientan a comer en una mesa de diseñador mientras sus ojos bailan con lujuria alrededor de sus respectivos filetes. comienzan a cortar y pese a encontrar cierta dureza, continúan; una vez que liberan una porción de suculento filete, se lo introducen a la boca solo para encontrarse con una enconada resistencia en los dientes. se miran a los ojos, preocupados, y notan que esta carne es difícil: dura, con tendones y fibras, es, pese al buen sabor, complicada de cortar. se encogen los hombros y es allí, en medio de muebles de diseñador, en un departamento en un tercer piso con varios relucientes artículos comprados a crédito; es allí, pues, en el centro mismo de la civilización contemporánea, que esta joven pareja se aproxima sin saberlo a los albores de la raza humana: mientras trabajosamente mastican y arrancan las proteínas a mordidas a la correosa carne asada, es casi imposible distinguir si estamos frente a unos oficinistas del siglo xxi o a unos primigenios cromañones que recién descubren las conveniencias de domar al fuego. ~

desidiario personal

jueves. no sé si estoy procrastinando por desidia o por depresión. a lo mejor se trata de una ecuación de la que, como buen ignorante de las artes matemáticas que siempre he sido, me sé incapaz de despejar. no quiero trabajar, también, porque el tema de mi trabajo –una engorrosísima corrección de una tesis de derecho– me aburre y me fastidia. a veces, una anotación aquí, un apartado acá, un inciso más allá; una pincelada que se aleja de la cuadratura académica de la jerga leguleya, emite un resplandor que termina por deslumbrarme, acostumbrado como estoy a líneas y párrafos de una estremecedora opacidad. parpadeo, lampareado como un venado de la carretera, sólo para, unas letras después, sufrir el atropello de un camión de doble remolque cargado de legislación y derechos y reglamentos y títulos. me quedo tendido así en el asfalto del doloroso aburrimiento, incapaz de ponerme en pie pero odiándome profundamente por estar allí desparramado.

viernes. repita la anotación anterior, pero incluya hipérboles que intensifiquen las sensaciones allí descritas.

sábado. uno quisiera que el tedio y la desidia dieran, como pago, algo de sofisticación. no pasa así, y uno no sufre ni se aburre como sufren o se aburren los protagonistas de melancólicas películas francesas; nada sería más perfecto que lucirse de alguna manera mientras se fastidia. no sucede de esa forma y yo, lejos de parecerme a un pensativo louis garrel que mira al horizonte mientras lo filma bernardo bertolucci, luzco más bien como un prematuro cuarentón, abotagado y de torpes formas. (léase aquí formas tanto como manierismos, expresiones, como con criterio morfológico.) mi escritorio, por mucho que intente ponerlo en orden, sigue exhibiendo un caótico cuadro que acaso sea reflejo de la bruma mental que me aqueja: una taza vacía que solía albergar una porción de café con leche pero en la que ahora sólo anida un tímido charquito de líquido marrón; un platito en el que habitaron unas galletas polvorones pero de las que ahora nomás quedan unas moronas (o boronas o morusas); unas monedas sueltas que, sin necesidad de hacer un rastreo concienzudo, sé que provienen del primer adelanto que recibí de la corrección que, en medio de este pandémonium del que las monedas forman parte, mi cerebro se rehúsa a terminar. queda confirmado que a la realidad le gustan las simetrías.

domingo. el plazo para entregar vence mañana. es probable que debiera escribir que estoy desesperado, que he tomado conciencia del tiempo y que lo he hecho demasiado tarde, que no dormiré con tal de terminar. mentiría: lo cierto es que me importa más bien poco, aunque sé que tendría que importarme; la realidad es que estoy tan despreocupado, tan inerme como si mañana lunes fuera un día feriado. no lo es y debo trabajar. lo intento, que no se diga que no; me siento en el escritorio –que, al fin y sin saber de dónde saqué las fuerzas para hacerlo, he limpiado; tomo una ducha con agua fría a fin de desperezarme, abro el word –libreoffice, en realidad, soy un pobre con ideales y le instalé un sistema de código abierto a mi computadora a fin de tener todo mi software gratuito. comienzo a seguir con la vista esa hilera de incansables letras que caminan una tras de sí al agotador ritmo de los análisis legales y no puedo más. decido rendirme y me echo, apoltronado y calmoso, decididamente disperso, a ver una película de terror de la hammer. la disfruto con creces y, al terminar, comienza el milagro: el caldo culposo que he alojado en la base del estómago empieza a desprender sus primeros hervores y me impulsa a intentar trabajar. leo una: dos: tres líneas, un párrafo, pero no puedo seguir y me detengo: esta sopa todavía no está lista. tomo plena conciencia de mi chambonería y me echo a la cama a mirar seinfeld por el resto del día. hice una pausa, eso sí, antes de dormir: me fui a cenar unas alitas y una hamburguesa. penosamente, y tal vez como castigo de los dioses del trabajo ante mi incorregible holgazanería, la hamburguesa parecía hecha de carne vieja. esforzándome por sacar algo en claro de la desgracia, se la doy a comer a mi perra, que la engulle con algarabía y termina echada en la cama con la mirada perdida mientras digiere.

lunes. desperté a las seis a.m. no desprovisto de rigor militar. preparé café con presteza; saqué la basura y di una vuelta a la manzana con mi perra. el frío de la mañana probablemente contribuyó a ponerme en forma. al volver a casa, me tomé una taza de café negro y encendí la computadora. entonces lo noté: ya no había más pereza. finalmente, se acabó la desidia por trabajar, pero también el plazo. ni modo: escribo a mi comprensivo empleador para solicitarle, como un preso condenado a la silla eléctrica, más tiempo. pedir prórroga es, en este caso, una celebración del ánimo de trabajar: ahora sí estoy chambeando, reza la línea con la que termino mi correo petitorio. ~

los últimos dinosaurios

manganelli dijo que un día –a lo mejor un jueves lluvioso– un dinosaurio genio llegó a la conclusión de que ser dueños de un mundo incomprensible exigía demasiado trabajo; y entonces comenzaron todos, de común acuerdo, a morir. a mí se me hace que no. los dinosaurios no murieron de común acuerdo; a los dinosaurios me los mataron. poquito a poco; no sé cuándo ni sé cómo, pero sé que me los mataron. acaso fuera una nave extraterrestre, nodriza y arrogante, la que disparó fulgurantes rayos láser que dejaron huellas de meteoros por todo el mundo; acaso fue un crononauta despistado el que tropezó y provocó una reacción en cadena que pudo deformar la continuidad de tiempo y espacio y destruir todo nuestro universo, pero que se conformó con matar a los dinosaurios.

sé con la certeza de un condenado a muerte que a los dinosaurios alguien me los mató: tímidos y pensativos como eran, no los creo capaces del suicidio.

* * *

no es capaz la raza humana de profesar un amor más puro que el que un niño siente hacia los dinosaurios.

dos balas perdidas

la gente se come los mocos, sorbe sus lágrimas, se muerde las uñas: está claro que el hombre muere de ganas por (auto) canibalizarse.

* * *

en pocas ocasiones se desvanece tanto la propia dignidad como al esperar en una fila, cargado de maletas. la dignidad es el deseo de no ser atrapado a mitad de una acción vergonzosa. es, digamos, el temor paralizante al sonrojo público. así, poca gente auténticamente digna: en realidad lo que hay es una escala de uno a diez del desparpajo.

holanda-méxico

holanda-méxico

1. (previa)

naturalmente, la superioridad holandesa intimidaba; méxico venía de menos a más y la esperanza, aunque creciente gracias al desempeño cada vez mejor de la selección, no puede despojarse en unas semanas de su calidad de flor de un día. el optimismo nacional siempre pende de un hilo: la zurda de un mediocampo, los reflejos de un portero, el impredecible esquema de un director técnico.

1.1   (postal de la memoria)

(del holanda-méxico de francia ’98 tengo varios recuerdos: los maestros de la lic. benito juárez donde estudié llevaron televisiones; las televisiones se pusieron en los pasillos de la escuela; todos vimos el partido al aire libre, vimos a ricardo pélaez y a luis hernández. los niños corrimos por toda la escuela con banderas de méxico: el júbilo a los diez años es una cosa nueva y fascinante que no se entera de ridículos.)

2. (primer tiempo)

el partido comenzó con una endeble superioridad mexicana, y la cosa no pudo pintar mejor cuando de jong salió apenas al minuto nueve, después de lastimarse de forma idiota y autónoma ante una impecable bicicleta del mexicano herrera. así, con ochenta minutos de juego por delante, holanda ya había consumido un cambio de a gratis. sucedió el primer tiempo: méxico dominaba, creaba jugadas, se animaba a tirar de afuera del área (quizá la mejor forma de anotarle a los holandeses). hacia el final de esa mitad, la desgracia inaugural: héctor moreno se lesionó después de una fuerte llegada sobre robben —un penal legítimo que el árbitro no marcó y que, quizá fortuitamente, selló el destino del equipo mexicano—. su lesión no fue cualquier cosa: una fractura de tibia que lo mantendrá lejos de la cancha durante cuatro o seis meses.

3. (medio tiempo)

no teníamos nada para ofrecerle a los invitados (ni a ellos parecía interesarles comer algo), así que picamos unos modestos cacahuates y bebimos una variedad de refrescos cuya enumeración es prescindible. joviales, nos lanzamos a la tienda por otras botanas: llevaba yo mi playera negra de la selección. en la calle había otros esperanzados: con la playera roja, con la verde, con la del sol azteca. era lo de menos: el chiste radica en sumarse a la colectividad del entusiasmo aunque sea por un día. el medio tiempo sirvió para contrastar ángulos en nuestra tribuna de cuatro asistentes: había quien no sentía el menor compromiso con el juego (“sirve para enmascarar cualquier otra deficiencia del gobierno en turno”, y la postura, aunque aguafiestas, no es precisamente mentirosa); había quien, mitad alemán y mitad mexicano, se sabía seguro: aunque méxico pierda, siempre tendrá de equipo alterno a la alemania, esa máquina asesina. los otros éramos conversos, dos escépticos del inicio del mundial: dos a quienes convenció el planteamiento del piojo, aunque el piojo nos desagrade; dos que aprendimos a estimar a layún y su ímpetu y su imposibilidad de concretar un centro; dos que decidimos darle la confianza a rafael márquez en su cuarto mundial. dos que, ese día, creíamos en el equipo mexicano sin pensar en televisoras o en imposiciones o en federaciones: dos que, despojados ya de ambages y prejuicios, sólo queríamos verlos ganar.

4. (segundo tiempo)

el juego se reanudó con reyes en lugar de moreno; tres minutos de dominación mexicana desembocaron en un golazo desde fuera del área de giovani dos santos. gio, el más inconsistente de nuestros héroes, anotaba lo que parecía un temprano gol de la victoria. trece minutos después, ante la mirada atónita de [desconozco cifra y no pienso ponerme a investigar, así que calculen a ojo de buen cubero cuál es el rating de un partido de octavos de final de copa del mundo] de televidentes, el piojo herrera sacó a dos santos y metió, válgame dios, a javier aquino, lo que significaba una claudicación expresa de la delantera. con aquino, acostumbrado a jugar ligeramente más atrás que dos santos, parecía que herrera no pretendía reforzar la delantera ni generar más jugadas sino, quizá, frenar el avance holandés. el cambio se antojó prematuro; un tantito medroso; detener la ofensiva mexicana en un momento en el que holanda era menos no lucía como la mejor de las opciones. sin embargo, qué hacerle: en el partido anterior, contra croacia, herrera metió a javier hernández y, aunque muchos le mentaron la madre, el cambio surtió efecto: derivó en un gol y en una jugada de gol. habría que esperar y darle la confianza al piojo. a fin de cuentas, no quedaba de otra.

pero el cambio no resultó afortunado. todo lo contrario: el mensaje fue escuchado fuerte y claro por el equipo mexicano, que no dudó en echarse atrás y ceder, maldita sea, el control de la pelota a holanda. una y otra vez, como al compás de un amenazante crescendo wagneriano, los oranjes comenzaron a disparar con firmeza a la portería resguardada por el casi canonizado ochoa. nada lo traspasaba: paco memo era un muro, era una fortaleza, era un castillo medieval. pero es imposible defender una fortaleza por siempre, por muy bien cimentados que estén sus muros: a dos minutos del final —dos míseros minutos; ciento veinte segundos en los que, de no hablar de un partido de futbol, poco o nada pasaría— sobrevino una segunda desgracia: sneijder pescó un balón al vuelo y lo fustigó con el empeine de su pie derecho. digámoslo sin romanticismos: esa pelota no flotó, no se sostuvo en el aire, no fue contemplada por la defensa sin que pudiera hacer nada. pocos la vieron y aún menos reaccionaron; el balón pasó como diablo entre los jugadores y acabó, sin que ochoa alcanzara siquiera a pestañear, en el fondo de las redes. a dos minutos del final, la pesadilla: el empate. holanda, que hacía un minuto se ahogaba en desesperación, ahora hundía a méxico en una negrura insondable. si el marcador se sostenía así, tiempos extra y a ver quién aguanta más. el panorama era oscurísimo.

4.1 (reajuste emocional)

(hablemos de la descompensación de ganar un partido en un minuto y empatarlo —o, peor aún, perderlo— al siguiente. conozco la sensación: cruz azul me la ha suministrado en varias ocasiones. recuerdo la final de concachampions de 2010, contra pachuca. cruz azul había ganado el partido de ida, jugado en el azul, dos goles contra uno, y empataba el de vuelta, jugando en el hidalgo, cero a cero, lo que le daba la victoria por marcador global. en el minuto 92—de tres que se agregaron—, benítez se dio una imprevisible vuelta en el área de cruz azul y fustigó a corona. gol de visitante vale doble, los tuzos del pachuca ganaban la concachampions. algo parecido pasó con la final cruz azul-américa del 2013, aquella del célebre festejo del piojo, carne de meme donde las haya. el empate en último minuto implica un reacomodo del corazón y los nervios para el que pocos están preparados. esos goles saben horrible: son la evidencia de que todo en lo que creíamos hacía apenas unos minutos era puro polvo, puro humo, pura pinche sombra.)

4.2 (últimos minutos)

vino la compensación —seis minutos que se antojaban como todo un partido nuevo, como un reinicio, vaya: como una eternidad— y, al minuto noventa y tres, la tragedia: arjen robben se dejaba caer después de un inexistente contacto con rafael márquez en el área mexicana. el árbitro le recetó a márquez su segunda tarjeta amarilla del torneo y decretó penal, que es lo mismo que anunciar que la propia cabeza le sirve de habitación a un aneurisma a punto de estallar.

4.3 (volver al futuro)

otra breve interrupción: conocí el resultado de la jugada —que tardó unos instantes en volverse penal— gracias a tuiter. nuestro streaming iba retrasado por un minuto o dos, así que, desesperado, consulté con mi teléfono y supe, gracias a un despiadado tuit de sopitas o de faitelson o alguno de esos inefables, que el árbitro había decidido que sí, que era penal, y que ese penal había sido transformado en el gol de la victoria holandesa y en el de la descalificación mexicana. dejé el teléfono sobre la mesa y enterré la mirada en el piso de la habitación. aunque éramos tan sólo cuatro, los ánimos bullían a tal grado que sólo pudo notarlo mi novia, quien me regaló una solidaria mano en la rodilla mientras los hechos sucedían en nuestra pantalla, diferidos e inalterables.

4.4 (dos a uno)

vi el penal de huntelaar nomás por no dejar. vi el balón girar en las redes, vi caer a paco memo, vi cómo los cuartos de final se nos desmoronaban en literales cinco minutos. el partido acabó y la pantalla mostró el marcador final: dos a uno. nuestros invitados se fueron, con los hombros encogidos pero indemnes. me habló gabriel: la voz se le adelgazaba por momentos, se le deshacía en risas forzadas en otros. javier, josé y víctor, mis perennes amigos de la preparatoria, se lamentaban amargamente en “mundialito”, el grupo de whatsapp en el que platicamos todo lo que sucede en brasil 2014. yo andaba igual. me fui a tirar a un sillón. la realidad no me dolía: más bien sentía el cráneo embotado, como si todo alrededor mío fuera bruma o agua evaporándose muy lentamente. como si estuviera rodeado por una densa nube de cenizas flotantes.

5. (arjen robben)

apareció un video en internet: una cámara siguió a arjen robben durante tres minutos que incluyen su clavado —al inicio del video— y su posterior reacción ante el penal, el momento en que le cede el balón a huntelaar para cobrar y cómo responde al gol de la victoria. leí varios comentarios al respecto, incluyendo algunos que apelaban al lenguaje corporal —“en el minuto 2:18 hace el gesto casual de un hijo de la chingada”, dijo alguien— y a la ausencia de celebración del jugador. yo no veo eso. no creo que robben le haya vendido el alma al diablo con ese clavado; no creo tampoco que, arrepentido por su acción, se haya visto imposibilitado para celebrar. el futbol no es así. si acaso, robben sabrá que márquez no lo tocó, pero entenderá —como entendería el mismo márquez, como debería entender el piojo herrera— que para ganar a veces hay que hacer trampa, jugar sucio, y que eso es, acaso irónicamente, un elemento muy válido del juego. la culpa no es de robben ni de su clavado; para entender esa actuación habría quizá que ahondar en la derrota de holanda a manos de españa en la final hace cuatro años; la culpa no es tampoco de la decisión del árbitro; para entender esa tarjeta amarilla y ese penal habría que remontarnos tal vez al primer tiempo del juego, en el que el silbante dejó de marcar un penal, jugada que, seguramente, vio en repetición durante el medio tiempo y que acaso lo empujó a marcar esa segunda jugada como falta y penal. la pantalla y la repetición nos hacen creer que conocemos el juego a fondo, que comprendemos lo que sucede en el campo, pero eso es sólo otro producto de la televisión, creada expresamente para mostrar ilusiones. la cámara lenta, el zoom, la repetición, el análisis detallado con gráficas y efectos especiales: sofisticadas mentiras para hacernos sentir expertos. por muchas pulgadas de largo que tenga la pantalla de nuestra sala, nunca tendrá los (más o menos) cien metros de la cancha oficial. por más alta que sea la definición de nuestra transmisión, jamás nos hará sentir las briznas del pasto que volaron con la caída de robben, el sudor de huntelaar antes de cobrar, el viento que desprendió ochoa al saltar hacia la derrota, el ruido que hizo el balón al revolcarse entre las redes de la portería, el llanto de miguel layún al escuchar el silbatazo final.

en fin. cuatro años para ver la película otra vez. rolling credits. fade to black. ~

 

[póster salido de acá.]

flujo interrumpido

back-to-the-future-

1.

alguien lo dejó sobre la mesita del cubículo que por entonces solía yo ocupar en la redacción de una revista de divulgación científica: marcado con plumón rojo, un rincón del diario anunciaba, con un encabezado de letras gruesas y mayúsculas, “viajar en el tiempo es posible”. la nota giraba en torno a un ingeniero, recién egresado de la universidad nacional autónoma de méxico, que afirmaba haber encontrado la clave del desplazamiento temporal. con todo y que el contenido parecía salido de una novela de ciencia ficción de aquellas que a principios del siglo xx se imprimían con tintas baratas sobre papel grueso, la noticia lucía fidedigna; el científico, real; sus ambiciones, firmes. acicateado por la posibilidad de una gran noticia en la que pocos hubieran reparado, decidí investigar más: copié el nombre del entusiasta ingeniero que se creía capaz de hacer retroceder el flujo de un reloj y marqué el número del instituto de investigaciones espacio-temporales de la unam. concertar una entrevista me tomó  tan sólo un par de transferencias a oscuras extensiones burocráticas.

2.

frente a mí se encontraba un hombre (si fuera más preciso debería escribir muchacho) que no superaba mi edad; lampiño, de rostro franco y afable, emisor de sonrisas sin mucho esfuerzo. su laboratorio, de impolutas paredes blancas, alojaba muy pocos objetos: de un lado, un escritorio minúsculo atiborrado de planos; en el otro extremo, una cabina de color azul en la que con facilidad podría introducirse un hombre adulto de pie. el doctor —tenía ya el título gracias a un método de estudio voraz y totalizante que me hizo preguntarme si mi carrera como periodista sin título tendría alguna clase de futuro— hablaba con soltura y explicaba a toda velocidad sus teorías. «no es tan difícil: si lo piensas un momento, el viaje en el tiempo existe y se realiza a diario: su velocidad es de un segundo por segundo hacia el futuro. todo el tiempo estamos avanzando hacia el futuro, desplazándonos en el tiempo. esa es la fuerza, digámoslo así, “natural” con la que el tiempo se mueve. sin embargo, hemos logrado doblegar otras fuerzas a través de la tecnología: hemos cambiado el rumbo de ríos; hemos manipulado las corrientes de viento a nuestra voluntad y hemos separado el átomo. frente a eso, cambiar de dirección y acelerar la velocidad a la que el tiempo se desplaza parece un reto más: ni mayor ni menor», culminaba, entusiasmado, casi jadeante. su discurso lo dejaba bien claro: el doctor era lo que se llama un true believer, un creyente convencido de su propia causa. dentro de él yacía una fuerza y un entusiasmo capaz de doblegar por sí mismo el curso del tiempo. al preguntarle por la motivación de su experimento, el joven doctor no titubeó: «pues como todos, ¿no? de niño vi volver al futuro y quedé fascinado. nomás que yo —a diferencia de la mayoría de los niños de mi edad, supongo— llevé mi obsesión hasta sus últimas consecuencias. me encantaría viajar en el tiempo y visitar la filmación de esa película», concluyó mientras calibraba unos controles ubicados en la parte posterior de la cabina. asentí con vigor: el periodismo científico me ha emborronado esa afición, pero yo mismo soy un fanático irredento de volver al futuro.

3.

poco más de un año después de esa entrevista, el resultado de las investigaciones del científico aficionado a volver al futuro apareció en primera plana nacional. después de que la gaceta de la unam anunciara que uno de los miembros del instituto de investigaciones espacio-temporales intentaría, finalmente, un viaje en el tiempo, la prensa del país se volcó sobre el laboratorio que yo había conocido tiempo atrás. en una conferencia a los medios, el joven doctor explicó con peras y manzanas el funcionamiento de su máquina, incluido el de un motor diminuto (“condensador de flujo”, lo llamó) que generaría un agujero de gusano en el que la cabina azul se despeñaría, “cayendo” —o “deslizándose”, porque caer implica un movimiento vertical, de espacio, y el movimiento sería más bien horizontal, de tiempo, por decirlo de una forma burda e inexacta— hasta aparecer en otra época, una no muy lejana, situada tan solo veintinueve años atrás: 1985. el doctor fijó la fecha para el inicio del viaje —o del intento del viaje—: sería transmitido en cadena nacional y con científicos invitados de toda parte del mundo. súbitamente, nuestro país se convirtió en el ombligo del mundo.

4.

delante de un cúmulo notable de políticos, redactores, fotógrafos y científicos de diversas nacionalidades —se rumoraba incluso que stephen hawking estaba siguiendo el experimento a través de una transmisión remota, pero nunca pudo corroborarse—, el científico aspirante a crononauta cruzó una línea azul dibujada en el suelo de su laboratorio. las notas de prensa consignan el relato con cierta claridad: el silencio se impuso en la habitación, mientras los flashes de las cámaras titilaban aquí y allá; los reporteros encargados de la transmisión por televisión guardaban también un respetuoso e inusual mutis; las crónicas reportaban gente en sus casas que torcía la boca en una mueca asimétrica que apenas y alcanzaría a tragarse el asombro despertado ante la posibilidad de viajar en el tiempo. los ratings televisivos superaron a los de la llegada a la luna e, incluso, los de la primera aparición de los beatles con ed sullivan. el crimen descendió hasta casi desaparecer. el índice de actividad de las oficinas burocráticas llegó al cero exacto (y algunos avezados periodistas reportaron que llegó aun más bajo). el metro de la ciudad circuló sin contratiempos durante el tiempo que duró el experimento. de alguna forma, el experimento ya había logrado su cometido antes de iniciar: alterar, a través de la suspensión, el flujo del tiempo.

en el laboratorio se facilitaron unas gafas oscuras a todos los asistentes, a fin de protegerlos de la radiación que emitiría la cabina al comenzar el procedimiento; el científico daba unas últimas indicaciones previas al inicio de su travesía. miró a su alrededor —acaso se despedía; tal vez buscaba conservar en la memoria el brillo metálico de la mirada de los hombres en esta época— y, tras unos segundos de expectación, agitó la mano en señal de despedida, abrió la puerta de su cabina y se introdujo sin mayor preámbulo. la cabina no giró sobre sí misma, no desprendió haces de luz, no emitió ninguna clase de olor: solo permaneció allí, inerte. quince minutos pasaron para que el resto del equipo se acercara a la puerta, que opuso casi nula resistencia y reveló, al abrirse, una cabina vacía, deshabitada. del científico solo quedaba un diminuto cúmulo de cenizas; sus colaboradores dieron por sentado que la energía de la operación había sido excesiva, y que habría terminado por calcinar cualquier cuerpo dentro de la cabina. las notas de prensa no supieron explicar el vacío los momentos siguientes; decepcionados, los redactores se limitaron a afirmar que el experimento había sido un fracaso, que el científico jamás sería visto de nuevo, que el viaje del tiempo nunca dejó de ser una imposible quimera perseguida por algunos cuantos necios. cabizbajos, los reporteros internacionales volvieron a sus países con la noticia de una derrota.

méxico, d.f., 2014

post scríptum de septiembre de 2015. si bien el relato anterior apareció en un número dedicado a los viajes en el tiempo de la revista de divulgación en la que solía trabajar, la última parte de la historia  no está contada de primera mano por la sencilla razón de que cuando sucedió yo ya no estaba en el equipo de aquella publicación. un par de semanas después de entrevistar al fallido crononauta, pedí mi transferencia a una revista de cine que pertenecía a los mismos dueños que la publicación en la que me encontraba, y estos aceptaron gustosos. así, mediante la intervención de este joven científico a quien nunca pude agradecer por encauzarme de nuevo hacia mis auténticos gustos, me encontré en poco tiempo viendo películas, escribiendo crítica, entrevistando a directores y actores. no tardé en adaptarme, y más pronto que tarde ascendí en el equipo editorial. hace apenas dos meses se conmemoraron los treinta años del lanzamiento de volver al futuro, y la revista, movida en parte por mis impulsos, lanzó un número dedicado a la película. me correspondió escribir una crítica de aquella cinta, responsable en gran parte de mi obsesivo amor al cine, así que tuve que revisarla. instalado en el sillón de mi departamento, con una libreta para anotar a un lado, comencé a verla después de varios años. tuve que detenerla cuando noté, en la escena en la que marty mcfly escapa de biff tannen, deslizándose sobre una patineta por todo hill valley, un rostro conocido: en medio de la multitud que resplandecía en mi pantalla, se encontraba el joven crononauta que todo el mundo daba por muerto. pausé la película en el acto y me concentré en lo que veía: su cara, extática, estaba semicongelada en una expresión de júbilo y dicha inconmensurable. puse pausa, retrocedí y volví a correr la escena: esa expresión franca me era totalmente familiar; sus vítores eran casi más audibles que los del grupo de extras que lo acompañaban, y me resultaba entonces claro que aquel científico de la unam había logrado cabalmente su cometido. por supuesto, no puedo contar esto a nadie sin que parezca que me chiflé por completo, y es por ello que prefiero relatar los hechos en esta posdata: mi historia peca, entre otras cosas, de ser absolutamente imposible de comprobar, y sus formas se parecen más a las de un relato fantástico que a las de una crónica, aunque los hechos estén más cerca de la realidad que de la ficción. ~